/ viernes 21 de febrero de 2020

15 meses de industria mermada

A propósito del dato demoledor, dado a conocer en días pasados, que señala que la producción industrial ha tenido un desempeño negativo durante los últimos 15 meses, es muy vital volver a poner sobre la mesa la importancia de la industria como motor económico de largo plazo; es decir, un país con una industria que es capaz de crecer e innovar, es un país cuyo desempeño económico está destinado al éxito porque agregar valor a la producción manufacturera aumenta la aportación al Producto Interno Bruto, añade valor a las exportaciones y crea empleos especializados mejor pagados.

Si bien es cierto que los vaivenes económicos internacionales siempre impactan en las economías nacionales, es innegable que el peso de la industria colabora en el fortalecimiento del mercado interno.

Ahora bien, una disminución del 1.0% a tasa anual en la industria nacional (datos de INEGI), nos lleva a revisar la propuesta de política industrial que presentó la Subsecretaría de Industria, Comercio y Competitividad y preguntarnos qué nos está haciendo falta para romper la tendencia negativa. Es importante destacar que el Decálogo presentado por dicha Subsecretaría incluye elementos muy positivos como la formalización laboral, la inclusión de más PyMES en cadenas productivas, la creación de proyectos industriales en el sureste y el uso de tecnologías 4.0; sin embargo, los números muestran que hay retrocesos que urge atender desde el interior, especialmente con un TMEC en puerta.

Para quien escribe estas líneas, la política industrial en México ha arrastrado ciertas inercias que nos impiden crear un espiral productivo; la primera es que, con todo y la política nacionalista que se expresa en el discurso, en los hechos sigue privando la lógica errónea de que “la mejor política industrial es la que no existe” y esto no es cuestión de ideologías sino de hechos:

1) La industria mexicana depende casi en su totalidad de insumos intermedios que importamos de países asiáticos y no hay todavía una directriz clara de qué subsectores industriales serán impulsados desde el sector público.

2) No se observan proyectos de infraestructura que permitan el desarrollo de las industrias: es decir que no se está ejerciendo dinero público en el desarrollo de carreteras, puertos, vías férreas o suministro de energía.

3) Si bien la Secretaría de Economía ha reconocido que la política industrial debe diversificarse desde una perspectiva regional, no queda claro si existe un mapeo sectorial; es decir que no existen documentos (públicos, al menos) donde las autoridades establezcan qué sectores tendrán más impulso y a partir de qué indicadores. Tampoco queda muy claro si el financiamiento será con base en las nuevas necesidades del mercado o si se impulsarán financiamientos basados en uso de tecnologías limpias, por ejemplo. En resumen, toda política industrial debe ser regional y sectorial al mismo tiempo, para lograr ser incluyente.

La segunda gran inercia que debemos vencer para empezar a crear una tendencia favorable para la industria en México, es que la política industrial debe dejar de estar supeditada a la política comercial. Quiero ser claro en éste punto, no puede una política estar por encima de otra, deben ir a la par para poder aprovechar asertivamente los acuerdos comerciales que nuestro país ha firmado, pero especialmente para que acuerdos como el TPP 11 y el TMEC generen los beneficios que ofrecen en el papel para todos sus miembros.

Si bien es cierto que México apostó por la cooperación con América del Norte (lo cual fue acertado en su momento), en un mundo hiper-conectado como el de hoy, no basta con trabajar sólo con una región, especialmente cuando uno de los países de esa región es gobernado por Donald Trump.

En lo que concierne a la relación con América Latina, la Alianza del Pacífico ha sido muy fructífera en términos de intercambio comercial y flujo de inversiones, pero no ha logrado afianzarse como política de Estado en ninguno de los 4 países miembros originales (a saber Chile, México, Perú y Colombia) porque los vaivenes políticos no le han permitido asentarse y generar una dinámica continua propia.

Adicionalmente, en América Latina no hay esquemas de cooperación clara para hacer frente al fenómeno productivo chino. En otras palabras, mientras Alemania y Francia renovaron un acuerdo integral en enero de 2019 para reforzarse mutuamente y seguir siendo los motores de la Unión Europea en todos los campos, incluido el económico, en México seguimos actuando como si China no fuera el principal proveedor de bienes de capital, insumos, bienes intermedios y productos terminados y como si los países del Asia Pacífico no fueran una competencia directa contra la que no sabemos si estamos preparados. Este es uno de los más grandes retos que debe resolver la política comercial y la industrial en conjunto; si seguimos postergando este tema, la factura será impagable.

Finalmente, la reflexión que dejamos en el aire, para cada uno de nuestros lectores es la siguiente: una industria mermada puede ser sinónimo de baja demanda interna, de poca inversión productiva y de deterioro de la participación de un país en las cadenas globales de valor. Esto no es una regla pero en el caso mexicano sí son síntomas que el sector privado y el gobierno, no podemos ignorar.

A propósito del dato demoledor, dado a conocer en días pasados, que señala que la producción industrial ha tenido un desempeño negativo durante los últimos 15 meses, es muy vital volver a poner sobre la mesa la importancia de la industria como motor económico de largo plazo; es decir, un país con una industria que es capaz de crecer e innovar, es un país cuyo desempeño económico está destinado al éxito porque agregar valor a la producción manufacturera aumenta la aportación al Producto Interno Bruto, añade valor a las exportaciones y crea empleos especializados mejor pagados.

Si bien es cierto que los vaivenes económicos internacionales siempre impactan en las economías nacionales, es innegable que el peso de la industria colabora en el fortalecimiento del mercado interno.

Ahora bien, una disminución del 1.0% a tasa anual en la industria nacional (datos de INEGI), nos lleva a revisar la propuesta de política industrial que presentó la Subsecretaría de Industria, Comercio y Competitividad y preguntarnos qué nos está haciendo falta para romper la tendencia negativa. Es importante destacar que el Decálogo presentado por dicha Subsecretaría incluye elementos muy positivos como la formalización laboral, la inclusión de más PyMES en cadenas productivas, la creación de proyectos industriales en el sureste y el uso de tecnologías 4.0; sin embargo, los números muestran que hay retrocesos que urge atender desde el interior, especialmente con un TMEC en puerta.

Para quien escribe estas líneas, la política industrial en México ha arrastrado ciertas inercias que nos impiden crear un espiral productivo; la primera es que, con todo y la política nacionalista que se expresa en el discurso, en los hechos sigue privando la lógica errónea de que “la mejor política industrial es la que no existe” y esto no es cuestión de ideologías sino de hechos:

1) La industria mexicana depende casi en su totalidad de insumos intermedios que importamos de países asiáticos y no hay todavía una directriz clara de qué subsectores industriales serán impulsados desde el sector público.

2) No se observan proyectos de infraestructura que permitan el desarrollo de las industrias: es decir que no se está ejerciendo dinero público en el desarrollo de carreteras, puertos, vías férreas o suministro de energía.

3) Si bien la Secretaría de Economía ha reconocido que la política industrial debe diversificarse desde una perspectiva regional, no queda claro si existe un mapeo sectorial; es decir que no existen documentos (públicos, al menos) donde las autoridades establezcan qué sectores tendrán más impulso y a partir de qué indicadores. Tampoco queda muy claro si el financiamiento será con base en las nuevas necesidades del mercado o si se impulsarán financiamientos basados en uso de tecnologías limpias, por ejemplo. En resumen, toda política industrial debe ser regional y sectorial al mismo tiempo, para lograr ser incluyente.

La segunda gran inercia que debemos vencer para empezar a crear una tendencia favorable para la industria en México, es que la política industrial debe dejar de estar supeditada a la política comercial. Quiero ser claro en éste punto, no puede una política estar por encima de otra, deben ir a la par para poder aprovechar asertivamente los acuerdos comerciales que nuestro país ha firmado, pero especialmente para que acuerdos como el TPP 11 y el TMEC generen los beneficios que ofrecen en el papel para todos sus miembros.

Si bien es cierto que México apostó por la cooperación con América del Norte (lo cual fue acertado en su momento), en un mundo hiper-conectado como el de hoy, no basta con trabajar sólo con una región, especialmente cuando uno de los países de esa región es gobernado por Donald Trump.

En lo que concierne a la relación con América Latina, la Alianza del Pacífico ha sido muy fructífera en términos de intercambio comercial y flujo de inversiones, pero no ha logrado afianzarse como política de Estado en ninguno de los 4 países miembros originales (a saber Chile, México, Perú y Colombia) porque los vaivenes políticos no le han permitido asentarse y generar una dinámica continua propia.

Adicionalmente, en América Latina no hay esquemas de cooperación clara para hacer frente al fenómeno productivo chino. En otras palabras, mientras Alemania y Francia renovaron un acuerdo integral en enero de 2019 para reforzarse mutuamente y seguir siendo los motores de la Unión Europea en todos los campos, incluido el económico, en México seguimos actuando como si China no fuera el principal proveedor de bienes de capital, insumos, bienes intermedios y productos terminados y como si los países del Asia Pacífico no fueran una competencia directa contra la que no sabemos si estamos preparados. Este es uno de los más grandes retos que debe resolver la política comercial y la industrial en conjunto; si seguimos postergando este tema, la factura será impagable.

Finalmente, la reflexión que dejamos en el aire, para cada uno de nuestros lectores es la siguiente: una industria mermada puede ser sinónimo de baja demanda interna, de poca inversión productiva y de deterioro de la participación de un país en las cadenas globales de valor. Esto no es una regla pero en el caso mexicano sí son síntomas que el sector privado y el gobierno, no podemos ignorar.

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