/ viernes 3 de enero de 2020

2019 y la ola de protestas

Por: Maite Santos

El año de 1968, se caracterizó por una serie de protestas que terminaron por formar un movimiento social global. No se puede establecer un lugar exacto en el que se dio pie a estas manifestaciones. Sin embargo, cada una formó parte de un efecto dominó, que se fue expandiendo alrededor del mundo.

Al igual que en esos tiempos, el año que acaba de terminar vivió el surgimiento de una ola de protestas que por diversas causas lo caracterizaron. Ciudadanos y ciudadanas de México, Chile, Líbano, Colombia, Egipto, Ecuador, Estados Unidos entre otros, se manifestaron en contra de sus gobiernos por razones de género, cambio climático, democracia, desigualdad, anti corrupción y justicia. Sin embargo, a pesar de la gran variedad de factores que impulsaron estas protestas, todas apuntan como detonante principal, a la desconfianza y descontento con el status-quo y con la poca efectividad de los gobiernos para responder a problemas comunes.

El barómetro de Confianza de Edelman, muestra que en 75% de los países a nivel mundial, los gobiernos son percibidos como incompetentes y corruptos. En otras palabras, no existe un sentimiento de acercamiento de los gobiernos hacia sus ciudadanos que nos haga sentir escuchados.

Aunado a esto, según el Instituto para la Economía y la Paz (IEP), “el buen funcionamiento del gobierno”, constituye uno de los ocho pilares de paz. Éste engloba desde la forma en la que se eligen los gobiernos y la cultura política que engendran, hasta la calidad de los servicios públicos y la estabilidad política; medidas constantemente vinculadas con la paz. Las protestas del año pasado, evidencian un bajo nivel de efectividad gubernamental en distintas partes del mundo. Peor aún, las respuestas de los gobernantes ante reclamos legítimos de los ciudadanos muestran poca o nula evolución desde el 68. Reprimir o simplemente ignorar a los ciudadanos pareciera ser el común denominador.

Mientras que el mundo ha evolucionado, los sistemas políticos no lo han hecho de la misma manera. Han sido lentos en adaptarse a las nuevas circunstancias y en atender las demandas sociales fundamentales. Si algo ha probado esta ola de protestas es la frustración de las sociedades ante la falta de transformaciones en el orden político, económico y social. En 1968, en un contexto de mayor autoritarismo, el mundo comenzó a temblar por el valor de muchos de expresar su descontento.

Como evidenció el 2019, hoy, el mundo parece enfrentar una situación similar en donde los ciudadanos y ciudadanas no tienen miedo de exigir sus derechos hasta ver resultados. La pregunta es ¿cómo responderán los gobiernos ante estas exigencias?

Por: Maite Santos

El año de 1968, se caracterizó por una serie de protestas que terminaron por formar un movimiento social global. No se puede establecer un lugar exacto en el que se dio pie a estas manifestaciones. Sin embargo, cada una formó parte de un efecto dominó, que se fue expandiendo alrededor del mundo.

Al igual que en esos tiempos, el año que acaba de terminar vivió el surgimiento de una ola de protestas que por diversas causas lo caracterizaron. Ciudadanos y ciudadanas de México, Chile, Líbano, Colombia, Egipto, Ecuador, Estados Unidos entre otros, se manifestaron en contra de sus gobiernos por razones de género, cambio climático, democracia, desigualdad, anti corrupción y justicia. Sin embargo, a pesar de la gran variedad de factores que impulsaron estas protestas, todas apuntan como detonante principal, a la desconfianza y descontento con el status-quo y con la poca efectividad de los gobiernos para responder a problemas comunes.

El barómetro de Confianza de Edelman, muestra que en 75% de los países a nivel mundial, los gobiernos son percibidos como incompetentes y corruptos. En otras palabras, no existe un sentimiento de acercamiento de los gobiernos hacia sus ciudadanos que nos haga sentir escuchados.

Aunado a esto, según el Instituto para la Economía y la Paz (IEP), “el buen funcionamiento del gobierno”, constituye uno de los ocho pilares de paz. Éste engloba desde la forma en la que se eligen los gobiernos y la cultura política que engendran, hasta la calidad de los servicios públicos y la estabilidad política; medidas constantemente vinculadas con la paz. Las protestas del año pasado, evidencian un bajo nivel de efectividad gubernamental en distintas partes del mundo. Peor aún, las respuestas de los gobernantes ante reclamos legítimos de los ciudadanos muestran poca o nula evolución desde el 68. Reprimir o simplemente ignorar a los ciudadanos pareciera ser el común denominador.

Mientras que el mundo ha evolucionado, los sistemas políticos no lo han hecho de la misma manera. Han sido lentos en adaptarse a las nuevas circunstancias y en atender las demandas sociales fundamentales. Si algo ha probado esta ola de protestas es la frustración de las sociedades ante la falta de transformaciones en el orden político, económico y social. En 1968, en un contexto de mayor autoritarismo, el mundo comenzó a temblar por el valor de muchos de expresar su descontento.

Como evidenció el 2019, hoy, el mundo parece enfrentar una situación similar en donde los ciudadanos y ciudadanas no tienen miedo de exigir sus derechos hasta ver resultados. La pregunta es ¿cómo responderán los gobiernos ante estas exigencias?

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