/ martes 13 de junio de 2017

Desde tierras mundialistas

Noticias que regresan y se mantienen por encima del tiempo: hoy, como a mediados de los años noventa, Corea del Sur sustenta su candidatura a albergar un Mundial en el compartirlo con Corea del Norte; hoy, como en 1995, la sola mención parece tan ilusa como absurda.

Dimensionemos lo que esa idea implica: las dos Coreas no sólo han estado separadas desde 1950, sino que formalmente siguen en guerra, jamás firmaron la paz.

Todavía hace un par de décadas, había cierto atisbo de esperanza respecto a lo que el deporte pudiera sanar en esa relación; atletas de los dos países desfilaban juntos en las inauguraciones olímpicas y rumbo a Beijing 2008 se pretendía elevar la apuesta: competirían representando a un solo país, con bandera e himno unificados.

A unas semanas de iniciar esos Juegos, Corea del Norte cambió de opinión y se fue a la basura lo logrado por la diplomacia deportiva.

Han transcurrido casi diez años desde ese episodio y todo ha ido a peor: las pruebas de armamento norcoreano, la verborragia de quien sea que encabece su gobierno (antes Kim Jong-il; hoy, su hijo Kim-Jong-un), la tensión permanente, el más ridículo de los regímenes del planeta.

Por supuesto que a la FIFA le seduce esa posibilidad de una Copa del Mundo compartida entre enemigos. Gianni Infantino mantiene ese viejo sueño de Joseph Blatter de conquistar un Premio Nobel de la Paz y entiende que ningún atajo más eficaz que ese: tras años de mala prensa y escándalos, una muestra del poder del balón como catalizador de armonía.

Sin embargo, seamos realistas: la política norcoreana tiene que cambiar a proporciones diametrales para acceder a compartir algo con sus vecinos del sur (ya no decir para abrir sus fronteras a los “contaminantes” extranjeros y permitir ser vistos al tiempo que sus habitantes ven a personas de otros confines). Esa es la primera razón por la que un Mundial 2030 albergado de la mano por las dos Coreas resulta del todo inviable. La segunda parece igual de fuerte: que la única manera de que Europa occidental pierda ese certamen (el primero que recibiría desde Alemania 2006), sería derrotado por China, lanzadísima por su líder Xi Jinping y por sus poderosos patrocinadores. La opción pan-coreana vendría incluida en la candidatura china, intentando beneficiarse de la relativa ascendencia que tienen los chinos sobre Corea del Norte…, siempre y cuando China acceda a compartir el torneo.

Parte de la agenda del nuevo presidente sudcoreano es acercarse a Corea del Norte. Un Mundial compartido sería ciertamente fenomenal y marcaría un hito sin precedentes en la historia del deporte.

Como sea, hoy como en 1995, ni siquiera existe manera de imaginarlo.

Twitter: @albertolati

Noticias que regresan y se mantienen por encima del tiempo: hoy, como a mediados de los años noventa, Corea del Sur sustenta su candidatura a albergar un Mundial en el compartirlo con Corea del Norte; hoy, como en 1995, la sola mención parece tan ilusa como absurda.

Dimensionemos lo que esa idea implica: las dos Coreas no sólo han estado separadas desde 1950, sino que formalmente siguen en guerra, jamás firmaron la paz.

Todavía hace un par de décadas, había cierto atisbo de esperanza respecto a lo que el deporte pudiera sanar en esa relación; atletas de los dos países desfilaban juntos en las inauguraciones olímpicas y rumbo a Beijing 2008 se pretendía elevar la apuesta: competirían representando a un solo país, con bandera e himno unificados.

A unas semanas de iniciar esos Juegos, Corea del Norte cambió de opinión y se fue a la basura lo logrado por la diplomacia deportiva.

Han transcurrido casi diez años desde ese episodio y todo ha ido a peor: las pruebas de armamento norcoreano, la verborragia de quien sea que encabece su gobierno (antes Kim Jong-il; hoy, su hijo Kim-Jong-un), la tensión permanente, el más ridículo de los regímenes del planeta.

Por supuesto que a la FIFA le seduce esa posibilidad de una Copa del Mundo compartida entre enemigos. Gianni Infantino mantiene ese viejo sueño de Joseph Blatter de conquistar un Premio Nobel de la Paz y entiende que ningún atajo más eficaz que ese: tras años de mala prensa y escándalos, una muestra del poder del balón como catalizador de armonía.

Sin embargo, seamos realistas: la política norcoreana tiene que cambiar a proporciones diametrales para acceder a compartir algo con sus vecinos del sur (ya no decir para abrir sus fronteras a los “contaminantes” extranjeros y permitir ser vistos al tiempo que sus habitantes ven a personas de otros confines). Esa es la primera razón por la que un Mundial 2030 albergado de la mano por las dos Coreas resulta del todo inviable. La segunda parece igual de fuerte: que la única manera de que Europa occidental pierda ese certamen (el primero que recibiría desde Alemania 2006), sería derrotado por China, lanzadísima por su líder Xi Jinping y por sus poderosos patrocinadores. La opción pan-coreana vendría incluida en la candidatura china, intentando beneficiarse de la relativa ascendencia que tienen los chinos sobre Corea del Norte…, siempre y cuando China acceda a compartir el torneo.

Parte de la agenda del nuevo presidente sudcoreano es acercarse a Corea del Norte. Un Mundial compartido sería ciertamente fenomenal y marcaría un hito sin precedentes en la historia del deporte.

Como sea, hoy como en 1995, ni siquiera existe manera de imaginarlo.

Twitter: @albertolati

jueves 20 de julio de 2017

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