/ lunes 21 de noviembre de 2016

Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

La realidad es clara: Rusia nunca ha sido potencia del balón, ni antes como Unión Soviética (donde casi todo el brillo era ucraniano), ni en la actualidad.

Sí, ha visto pasar a algunas generaciones importantes (la de los ochenta que brilló en México 86 y Eurocopa 88). Sí, ha disfrutado de algunos destacados futbolistas como Lev Yashin u OlegBlokhin. Sí, tuvo la influencia de personajes emblemáticos como el director técnico Valery Lobanovski.

Como sea, jamás ha ganado un título y por siempre ha lucido lejos de los genuinos gigantes europeos, a diferencia de lo que sucede en buena parte del resto de los deportes. Basta con decir que desde la disolución de la URSS, la selección rusa jamás ha avanzado de la ronda preliminar de Copas del Mundo y sólo una vez lo hizo en la Eurocopa (2008, cuando accedió a semifinales).

De cara al Mundial que será en su casa, pretendió elevarse un gran proyecto. Cuando apenas se buscaba la sede, se pensó que GuusHiddink podía sembrar las bases; con el holandés se hizo la gran Eurocopa de 2008, pero la no calificación a Sudáfrica 2010 (Eslovenia los eliminó), le privó del cargo. Entonces se probó con otro estratega de ese país, Dick Advocaat, cuyo desastre en la Euro 2012 también implicó su pronta salida. Ahí llegó Fabio Capello, recién apartado de la selección inglesa; su pésimo Mundial en Brasil 2014, lejos de octavos de final pese a su accesible grupo, le destituyó.

Así, el anfitrión del próximo Mundial tiene una severa crisis, evidenciada la semana pasada en su derrota a manos del débil Qatar y potenciada por un problema que padecen todos quienes recibirán el certamen: no disputar eliminatorias priva al equipo de ritmo competitivo, de genuinas pruebas, de un laboratorio que muestre la mejor versión del colectivo.

Sin el barómetro de las eliminatorias, sin proyecto alguno que logre identificarse, sin futbolistas con condiciones de encabezar una alineación, no se ve cómo Rusia pueda plantar un cuadro sensato en la inminente Copa Confederaciones 2017 y mucho menos en el Mundial 2018.

Un caso que me recuerda al de Sudáfrica 2010: muchas ganas y nada más, con una diferencia; entonces los apodados BafanaBafana asumían su debilidad; hoy los rusos pretenden engañarse.

Twitter/albertolati

  • Alberto Lati

La realidad es clara: Rusia nunca ha sido potencia del balón, ni antes como Unión Soviética (donde casi todo el brillo era ucraniano), ni en la actualidad.

Sí, ha visto pasar a algunas generaciones importantes (la de los ochenta que brilló en México 86 y Eurocopa 88). Sí, ha disfrutado de algunos destacados futbolistas como Lev Yashin u OlegBlokhin. Sí, tuvo la influencia de personajes emblemáticos como el director técnico Valery Lobanovski.

Como sea, jamás ha ganado un título y por siempre ha lucido lejos de los genuinos gigantes europeos, a diferencia de lo que sucede en buena parte del resto de los deportes. Basta con decir que desde la disolución de la URSS, la selección rusa jamás ha avanzado de la ronda preliminar de Copas del Mundo y sólo una vez lo hizo en la Eurocopa (2008, cuando accedió a semifinales).

De cara al Mundial que será en su casa, pretendió elevarse un gran proyecto. Cuando apenas se buscaba la sede, se pensó que GuusHiddink podía sembrar las bases; con el holandés se hizo la gran Eurocopa de 2008, pero la no calificación a Sudáfrica 2010 (Eslovenia los eliminó), le privó del cargo. Entonces se probó con otro estratega de ese país, Dick Advocaat, cuyo desastre en la Euro 2012 también implicó su pronta salida. Ahí llegó Fabio Capello, recién apartado de la selección inglesa; su pésimo Mundial en Brasil 2014, lejos de octavos de final pese a su accesible grupo, le destituyó.

Así, el anfitrión del próximo Mundial tiene una severa crisis, evidenciada la semana pasada en su derrota a manos del débil Qatar y potenciada por un problema que padecen todos quienes recibirán el certamen: no disputar eliminatorias priva al equipo de ritmo competitivo, de genuinas pruebas, de un laboratorio que muestre la mejor versión del colectivo.

Sin el barómetro de las eliminatorias, sin proyecto alguno que logre identificarse, sin futbolistas con condiciones de encabezar una alineación, no se ve cómo Rusia pueda plantar un cuadro sensato en la inminente Copa Confederaciones 2017 y mucho menos en el Mundial 2018.

Un caso que me recuerda al de Sudáfrica 2010: muchas ganas y nada más, con una diferencia; entonces los apodados BafanaBafana asumían su debilidad; hoy los rusos pretenden engañarse.

Twitter/albertolati

miércoles 19 de julio de 2017

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