/ miércoles 6 de enero de 2016

Desde tierras olímpicas | Alberto Lati

El transporte público no será gratuito para quienes tengan boletos o acreditaciones para los próximos Juegos, aunque sí será especialmente barato: 25 reales (equivalentes a unos seis dólares) costará el pase para trayectos ilimitados en un día, sea metro, tren, teleférico o autobús.

Una cantidad sensata, pero desapegada de aquella promesa de permitir traslado sin costo para todo aquel acreditado para el evento o portador de entradas para los estadios.

Se entiende que la situación económica en Brasil es en específico complicada y que esa medida puede llegar a representar un ingreso no menor a diez millones de dólares.

Cuatro años atrás, en Londres 2012, sí se brindó un servicio gratuito e ilimitado a las personas que lograban probar con su credencial o sus boletos su vinculación con los Olímpicos. Un par de semanas antes de la inauguración recibimos una tarjeta válida para metro y autobuses, misma que caducó una semana después: más de un mes en el que pudimos movernos sin reparar en lo costoso que es desplazarse por la capital británica.

En el caso de Beijing 2008, el sistema de camiones trazado por el Comité Organizador fue espléndido, con lo que poca relevancia tenía apoyarse en el transporte público, de por sí muy barato al igual que los taxis pequineses.

Es decir, que Río de Janeiro apunta al transporte menos exitoso y más caro de los últimos años. Mi crítica no es hacia el Comité Organizador, el Ministerio de Transporte o la Prefectura carioca, sino hacia la candidatura de esta ciudad: no prometer lo que no es costeable cumplir. Claro que después vino en Brasil una crisis que desplomó a lo que parecía (y sólo parecía) un gigante; claro que después colapsó un modelo de rutilancia económica y social; claro que después se probó que los brasileños, fastidiados por la corrupción, no querían los mega eventos que tanto se emocionaron al recibir. No obstante, antes hicieron promesas que no consumarán.

En fin, la buena es que los seis dólares por día lucen lógicos; la mala, es que se defraudó una propuesta de campaña.

Twitter/albertolati

/arm

El transporte público no será gratuito para quienes tengan boletos o acreditaciones para los próximos Juegos, aunque sí será especialmente barato: 25 reales (equivalentes a unos seis dólares) costará el pase para trayectos ilimitados en un día, sea metro, tren, teleférico o autobús.

Una cantidad sensata, pero desapegada de aquella promesa de permitir traslado sin costo para todo aquel acreditado para el evento o portador de entradas para los estadios.

Se entiende que la situación económica en Brasil es en específico complicada y que esa medida puede llegar a representar un ingreso no menor a diez millones de dólares.

Cuatro años atrás, en Londres 2012, sí se brindó un servicio gratuito e ilimitado a las personas que lograban probar con su credencial o sus boletos su vinculación con los Olímpicos. Un par de semanas antes de la inauguración recibimos una tarjeta válida para metro y autobuses, misma que caducó una semana después: más de un mes en el que pudimos movernos sin reparar en lo costoso que es desplazarse por la capital británica.

En el caso de Beijing 2008, el sistema de camiones trazado por el Comité Organizador fue espléndido, con lo que poca relevancia tenía apoyarse en el transporte público, de por sí muy barato al igual que los taxis pequineses.

Es decir, que Río de Janeiro apunta al transporte menos exitoso y más caro de los últimos años. Mi crítica no es hacia el Comité Organizador, el Ministerio de Transporte o la Prefectura carioca, sino hacia la candidatura de esta ciudad: no prometer lo que no es costeable cumplir. Claro que después vino en Brasil una crisis que desplomó a lo que parecía (y sólo parecía) un gigante; claro que después colapsó un modelo de rutilancia económica y social; claro que después se probó que los brasileños, fastidiados por la corrupción, no querían los mega eventos que tanto se emocionaron al recibir. No obstante, antes hicieron promesas que no consumarán.

En fin, la buena es que los seis dólares por día lucen lógicos; la mala, es que se defraudó una propuesta de campaña.

Twitter/albertolati

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