/ sábado 10 de octubre de 2015

Náuseas / Pablo Marentes

Aún al escribir sus memorias, los políticos son deshonestos, procaces, mentirosos. Nixon en Líderes -las suyas- con descaro recomienda que aquéllos a quienes les interesa la política y la confección de las leyes, deben mantenerse alejados de los procesos reales de concertación, discusión y aprobación. “Presenciarlos produce náuseas, incertidumbres éticas, confusiones ineludibles”, señala el tremebundo Tricky Dick. “Los políticos y las subespecies legisladoras que los rodean son admirados y ¡respetados! por sus triunfos. Pero conviene cerrar los ojos y taparse las narices para no ver ni oler lo que hacen para alcanzarlos”.

Nixon, el destituido presidente de Estados Unidos, habla desde su perspectiva y su realidad. Dentro de ellas, los políticos actúan acompañados siempre por el riesgo del castigo que se les impondrá si les descubren sus maniobras. Él, Nixon, es prueba evidente del riesgo permanente en que se desenvuelven “allá” las carreras políticas. Tienen que ser eficaces mentirosos, buenos estrategas en la guerra que libran en contra de los castigos que pueden padecer, porque hay leyes que desembocan en sanciones que se aplican por igual al oscuro burócrata que aspira transitar hacia la contienda, la discrepancia, o al arreglo “político”, que al Presidente que se atreve a lo irrealizable para alcanzar lo que persigue. Eso le ocurrió a él. Y lo destituyeron. En la gran mayoría de los casos, los políticos en estos tiempos eluden el castigo que los llevaría a la ignominia. Nixon profundiza: “El político se desenvuelve frente a personas que se comportan como tienen que comportarse, no como deben comportarse. Sus cualidades no son las que quisiéramos que nuestros hijos emulen”.

En México, la élite política, actúa sin recato, sin temor, a lo ancho y en lo profundo de los tres órdenes de Gobierno, porque saben que no hay castigo para sus maniobras, sus mentiras, sus ardides, sus latrocinios, sus fraudes. Padecen un momento cuando surden a través de la prensa escrita, la radio o la TV, algunos datos de sus ardides. Unos cuántos días después, ¡todo vuelve a la normalidad!

Ortega y Gasset, eludió el cinismo. Excepto en su tríptico donde afirma que Mirabeau es el arquetipo del político: “Arquetipo, no ideal. Los ideales son las cosas según estimamos que debieran ser. Los arquetipos son las cosas según su ineluctable realidad. Cuando alguien habla del político ideal, tiene en mente un hombre que “además de ser estadista es…una buena persona.” Los ideales son Desiderata. ¿Tenemos derecho a desear lo imposible? pregunta Ortega. “El atributo de buena persona que imponemos al político ideal es fácil de imaginar y definir. En cambio, lo demás que constituye al gran político no podríamos extraerlo de nuestra minerva sino que necesitamos esperar a que la naturaleza tenga a bien parir un titán como Mirabeau.” Sin embargo, una vez que está allí nos apresuramos a rechazar el engendro. La sociedad civil, dice, es como la mujer que se casa con un artista porque es artista y luego se queja porque no se comporta como administrador de empresa.

Mirabeau no actuó en la obscuridad. En enero de 1791 pronunció un discurso que lo colocó al día siguiente en la presidencia de la Asamblea. Propuso entonces la Primacía Constitucional sobre cualquier tipo de Gobierno. Ortega señala que inauguró el empleo del formidable instrumento de la discrepancia y el enfrentamiento parlamentario: “la vociferante musa que sopla sobre el alma líquida de las muchedumbres haciendo tormentas o imponiendo calmas.” La discrepancia es el encanto de los hombres reunidos. Mirabeau no resolvió sus propuestas en las quejas. Los males los elevó al rango de causas. El único mal que padecemos, señaló Mirabeau “es una administración medrosa que teme recurrir a la nación para construir la nación.”El Congreso no es reunión de plañideras. Es enfrentamiento que evita los arreglos sucios en lo oscuro. Los políticos en los ejecutivos y en las legislaturas deberían presentarse como son y enfrentarse abiertamente por lo que proponen. ¡Ya!

Aún al escribir sus memorias, los políticos son deshonestos, procaces, mentirosos. Nixon en Líderes -las suyas- con descaro recomienda que aquéllos a quienes les interesa la política y la confección de las leyes, deben mantenerse alejados de los procesos reales de concertación, discusión y aprobación. “Presenciarlos produce náuseas, incertidumbres éticas, confusiones ineludibles”, señala el tremebundo Tricky Dick. “Los políticos y las subespecies legisladoras que los rodean son admirados y ¡respetados! por sus triunfos. Pero conviene cerrar los ojos y taparse las narices para no ver ni oler lo que hacen para alcanzarlos”.

Nixon, el destituido presidente de Estados Unidos, habla desde su perspectiva y su realidad. Dentro de ellas, los políticos actúan acompañados siempre por el riesgo del castigo que se les impondrá si les descubren sus maniobras. Él, Nixon, es prueba evidente del riesgo permanente en que se desenvuelven “allá” las carreras políticas. Tienen que ser eficaces mentirosos, buenos estrategas en la guerra que libran en contra de los castigos que pueden padecer, porque hay leyes que desembocan en sanciones que se aplican por igual al oscuro burócrata que aspira transitar hacia la contienda, la discrepancia, o al arreglo “político”, que al Presidente que se atreve a lo irrealizable para alcanzar lo que persigue. Eso le ocurrió a él. Y lo destituyeron. En la gran mayoría de los casos, los políticos en estos tiempos eluden el castigo que los llevaría a la ignominia. Nixon profundiza: “El político se desenvuelve frente a personas que se comportan como tienen que comportarse, no como deben comportarse. Sus cualidades no son las que quisiéramos que nuestros hijos emulen”.

En México, la élite política, actúa sin recato, sin temor, a lo ancho y en lo profundo de los tres órdenes de Gobierno, porque saben que no hay castigo para sus maniobras, sus mentiras, sus ardides, sus latrocinios, sus fraudes. Padecen un momento cuando surden a través de la prensa escrita, la radio o la TV, algunos datos de sus ardides. Unos cuántos días después, ¡todo vuelve a la normalidad!

Ortega y Gasset, eludió el cinismo. Excepto en su tríptico donde afirma que Mirabeau es el arquetipo del político: “Arquetipo, no ideal. Los ideales son las cosas según estimamos que debieran ser. Los arquetipos son las cosas según su ineluctable realidad. Cuando alguien habla del político ideal, tiene en mente un hombre que “además de ser estadista es…una buena persona.” Los ideales son Desiderata. ¿Tenemos derecho a desear lo imposible? pregunta Ortega. “El atributo de buena persona que imponemos al político ideal es fácil de imaginar y definir. En cambio, lo demás que constituye al gran político no podríamos extraerlo de nuestra minerva sino que necesitamos esperar a que la naturaleza tenga a bien parir un titán como Mirabeau.” Sin embargo, una vez que está allí nos apresuramos a rechazar el engendro. La sociedad civil, dice, es como la mujer que se casa con un artista porque es artista y luego se queja porque no se comporta como administrador de empresa.

Mirabeau no actuó en la obscuridad. En enero de 1791 pronunció un discurso que lo colocó al día siguiente en la presidencia de la Asamblea. Propuso entonces la Primacía Constitucional sobre cualquier tipo de Gobierno. Ortega señala que inauguró el empleo del formidable instrumento de la discrepancia y el enfrentamiento parlamentario: “la vociferante musa que sopla sobre el alma líquida de las muchedumbres haciendo tormentas o imponiendo calmas.” La discrepancia es el encanto de los hombres reunidos. Mirabeau no resolvió sus propuestas en las quejas. Los males los elevó al rango de causas. El único mal que padecemos, señaló Mirabeau “es una administración medrosa que teme recurrir a la nación para construir la nación.”El Congreso no es reunión de plañideras. Es enfrentamiento que evita los arreglos sucios en lo oscuro. Los políticos en los ejecutivos y en las legislaturas deberían presentarse como son y enfrentarse abiertamente por lo que proponen. ¡Ya!

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