/ miércoles 6 de enero de 2016

Víctimas de la “afluenza” / Numerados / Camilo Kawage Vera

1.- En los inicios de la televisión, de 1955 a 1959 se transmitió una serie que alcanzó fama por su argumento y su audiencia, así como por la actuación estelar de Broderick Crawford. En español se llamó Patrulla de Caminos y al final de cada capítulo el policía, que había ya dado alcance a delincuentes y amonestado a conductores insensatos, cerraba con alguna frase recordable sobre la prudencia y la seguridad al manejar; una de ésas era “deje su sangre en el hospital, no en la carretera”, y todas llevaban una moraleja. Parece que incluso el índice de accidentes y muertes en las autopistas de Estados Unidos bajó entre personas asiduas a la serie. La que parece venir justo al caso en este Año Nuevo dice “los payasos al circo, no al volante”.

2.- Numerosos países, divisiones territoriales y ciudades del mundo padecen de los payasos en el Gobierno, y la amenaza que se cierne al futuro inmediato no es menor. En el circo y no en la altísima responsabilidad del Estado debería verse a dictadorcillos como aún tenemos en la América nuestra; unos que por el momento se han ido como los de Argentina, otros que por instancia propia perdurarán más allá de su muerte, como en Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Venezuela. En otras latitudes, en este punto de la era moderna, existen gobernantes de vaudeville, como en Italia, donde siguen azorados con su capo, o Grecia, que un malabarista llevó a la quiebra.

3.- Por encima de los botones mencionados todos sabemos, incluso los norteamericanos, acaso, el grave riesgo de que el mayor payaso que haya aparecido en la vida política de Estados Unidos pueda ser libre y soberanamente votado a la Casa Blanca en noviembre próximo. De ser así, nuestros vecinos –y nosotros de pasada–, habríamos añorado a la señora Palin y al Tea Party por su liberalismo, y el mundo vería una clase de extremismo de la que no podría arrepentirse, porque no fue culpable de su elección.

4.- Es claro que el sistema de pesos y contrapesos vigente en ese país es tan fuerte y depurado que haría difícil al cirquero de Queens hacer su voluntad plena. Este paciente de afluenza, la nueva enfermedad de los ricos idiotas que no distinguen en sus actos la diferencia entre el bien y el mal revelaría, de llegar a la oficina oval, no un reflexivo arrojo ni una genuina voluntad de cambio sino, más peligroso, una temeraria ignorancia y una boba debilidad por un carisma al revés, al poder apabullante que compra la propaganda más hueca y letal que fantoche alguno podría pagar, de su bolsillo, además.

5.- Uno de los defectos de la democracia, en efecto, es que cualquiera puede llegar al poder; uno más serio, como nos consta en décadas recientes, es que ese cualquiera puede lograr cambios constitucionales para reelegirse por siempre y luego dejar al hijo, al hermano, la querida o el chofer en el cargo. Otro, es que una sociedad estuprada por la propaganda, arrobada en el espejismo del que se cree iluminado, se postre extática ante la magia del maniquí: eso es mercadotecnia, lo demás, son tonterías. Consecuencias del populismo que aquí hemos sufrido en todas sus facetas.

6.- En la justa proporción que le corresponde, nuestra adorada Cuernavaca eligió para el volante a un payaso que siempre había sido futbolista. Llevaba seis meses en la palestra y apenas asumió el cargo; rompió con el Mando Único y con todos los órdenes y a Cuernavaca se la lleva la trampa. Extraña mezcla de caudillo, de pequeñómeno y de número equivocado. camilo@kawage.com

1.- En los inicios de la televisión, de 1955 a 1959 se transmitió una serie que alcanzó fama por su argumento y su audiencia, así como por la actuación estelar de Broderick Crawford. En español se llamó Patrulla de Caminos y al final de cada capítulo el policía, que había ya dado alcance a delincuentes y amonestado a conductores insensatos, cerraba con alguna frase recordable sobre la prudencia y la seguridad al manejar; una de ésas era “deje su sangre en el hospital, no en la carretera”, y todas llevaban una moraleja. Parece que incluso el índice de accidentes y muertes en las autopistas de Estados Unidos bajó entre personas asiduas a la serie. La que parece venir justo al caso en este Año Nuevo dice “los payasos al circo, no al volante”.

2.- Numerosos países, divisiones territoriales y ciudades del mundo padecen de los payasos en el Gobierno, y la amenaza que se cierne al futuro inmediato no es menor. En el circo y no en la altísima responsabilidad del Estado debería verse a dictadorcillos como aún tenemos en la América nuestra; unos que por el momento se han ido como los de Argentina, otros que por instancia propia perdurarán más allá de su muerte, como en Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Venezuela. En otras latitudes, en este punto de la era moderna, existen gobernantes de vaudeville, como en Italia, donde siguen azorados con su capo, o Grecia, que un malabarista llevó a la quiebra.

3.- Por encima de los botones mencionados todos sabemos, incluso los norteamericanos, acaso, el grave riesgo de que el mayor payaso que haya aparecido en la vida política de Estados Unidos pueda ser libre y soberanamente votado a la Casa Blanca en noviembre próximo. De ser así, nuestros vecinos –y nosotros de pasada–, habríamos añorado a la señora Palin y al Tea Party por su liberalismo, y el mundo vería una clase de extremismo de la que no podría arrepentirse, porque no fue culpable de su elección.

4.- Es claro que el sistema de pesos y contrapesos vigente en ese país es tan fuerte y depurado que haría difícil al cirquero de Queens hacer su voluntad plena. Este paciente de afluenza, la nueva enfermedad de los ricos idiotas que no distinguen en sus actos la diferencia entre el bien y el mal revelaría, de llegar a la oficina oval, no un reflexivo arrojo ni una genuina voluntad de cambio sino, más peligroso, una temeraria ignorancia y una boba debilidad por un carisma al revés, al poder apabullante que compra la propaganda más hueca y letal que fantoche alguno podría pagar, de su bolsillo, además.

5.- Uno de los defectos de la democracia, en efecto, es que cualquiera puede llegar al poder; uno más serio, como nos consta en décadas recientes, es que ese cualquiera puede lograr cambios constitucionales para reelegirse por siempre y luego dejar al hijo, al hermano, la querida o el chofer en el cargo. Otro, es que una sociedad estuprada por la propaganda, arrobada en el espejismo del que se cree iluminado, se postre extática ante la magia del maniquí: eso es mercadotecnia, lo demás, son tonterías. Consecuencias del populismo que aquí hemos sufrido en todas sus facetas.

6.- En la justa proporción que le corresponde, nuestra adorada Cuernavaca eligió para el volante a un payaso que siempre había sido futbolista. Llevaba seis meses en la palestra y apenas asumió el cargo; rompió con el Mando Único y con todos los órdenes y a Cuernavaca se la lleva la trampa. Extraña mezcla de caudillo, de pequeñómeno y de número equivocado. camilo@kawage.com

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