/ martes 19 de marzo de 2019

A 10 días del caos

Dentro de 10 días podría producirse un acontecimiento traumático no solo para los habitantes del Reino Unido —cuya unidad pasa por un momento bastante cuestionable— sino para Europa e incluso el mundo entero, puesto que sus repercusiones tendrán alcance global, en caso de que se consume el denominado Brexit sin un acuerdo que regule el procedimiento de separación, lo cual equivaldría, en sentido figurado, a una amputación sin anestesia.

En un análisis de la revista The Economist de esta semana, se comenta que los promotores de la exclusión británica de la Unión Europea hicieron creer a los electores que tenían todas las cartas en su poder y que la salida de la Unión sería una cuestión sencilla. Evidentemente, los más fervientes impulsores del Brexit no previeron todas las implicaciones de su iniciativa nacionalista y, en buena medida, xenófoba; pero lo peor es que los partidarios de mantenerse en la Unión tampoco tenían idea de las complejidades que habría de enfrentar su país si ganaban los secesionistas y fueron absolutamente incapaces de aleccionar a los votantes sobre el impacto que tendría la determinación de cortar los nexos con el resto de Europa. Nadie consideró que las integraciones económicas son como el cáncer, una vez que crecen y se desarrollan, su penetración y ramificaciones son virtualmente imparables. Alguien ha dicho que disolverlas significa una tarea similar a separar los huevos con los que se preparó un omelette.

Si de por sí el problema económico es de difícil solución, la cuestión más espinosa del Brexit son las implicaciones políticas, sociológicas y hasta religiosas derivadas de la existencia de una frontera terrestre entre la Unión Europea y el Reino Unido que separa a la República de Irlanda, de Irlanda del Norte. Esta última forma parte del Reino Unido pero se encuentra en el territorio de la isla de Irlanda cuya mayor parte es ocupada por la República irlandesa. Esa separación tiene raíces históricas muy violentas. La isla estaba bajo el dominio británico hasta que se produjo en 1916 la rebelión que condujo a la independencia de la actual República de Irlanda después de una sangrienta guerra entre los independentistas y las fuerzas británicas que duró hasta 1922. Empero, una pequeña porción en el norte de la isla se mantuvo integrada al Reino Unido y las tensiones entre los nacionalistas, partidarios de la independencia total y del predominio católico, y los leales a la Corona británica —practicantes del protestantismo— continuaron y dieron lugar a una disputa violenta caracterizada por crueles actos de terrorismo que se extendió con gran intensidad desde los años sesenta del siglo pasado hasta 1998, cuando se firmó un acuerdo de paz.

A partir de entonces se retiraron los puestos de control mantenidos por el ejército británico en el lindero entre ambas Irlandas, los cuales constituían un símbolo del dominio imperial sobre el territorio irlandés. De hecho la frontera devino inexistente, pero el Brexit requiere que se vuelva a instalar porque ahora separaría al Reino Unido de la Unión Europea; habría que levantar barreras físicas y establecer puntos de revisión aduanera y migratoria en los que se controle el ingreso de personas y mercancías. La reposición de estas barreras muy probablemente reavivará las tendencias independentistas y el rechazo a la presencia de autoridades británicas en territorio irlandés con el consecuente resurgimiento de la violencia.

Todas esas implicaciones debieron ser materia de análisis antes de que los dirigentes británicos embarcaran a su pueblo en esta aventura de la que no saben cómo salir y solo atinan a tratar de ganar tiempo. El Parlamento aprobó una ampliación de la fecha establecida para abandonar la Unión y extenderla hasta el 30 de junio próximo; pero ello requiere la anuencia de los otros 27 miembros de aquella y nada garantiza que en tres meses se alcance un acuerdo satisfactorio para que la ruptura sea lo menos traumática posible o para convocar a un nuevo referéndum.

El embrollo es tal que —como ocurre en Estados Unidos, en México y otros muchos países— las diferencias partidistas, antes bastante nítidas, se difuminan; los intereses se entremezclan y resulta que hay partidarios y adversarios del Brexit en ambas formaciones políticas tradicionales. Algunos laboristas y conservadores se están escindiendo de sus respectivos partidos para formar un grupo independiente. Muchos conservadores están hartos de la señora May pero no saben cómo reemplazarla, además les aterra ir a una nueva elección por temor a perder frente a los laboristas, por eso no prosperó el voto de censura contra la Primera Ministra. Pareciera que los parlamentarios están más preocupados por sus propias posiciones que por el destino de su país y quizá la única salida sea convocar a un nuevo referéndum, bien para aprobar algún modelo de salida distinto al propuesto por Teresa May o para rectificar y mantenerse en la Unión Europea.

eduardoandrade1948@gmail.com

Dentro de 10 días podría producirse un acontecimiento traumático no solo para los habitantes del Reino Unido —cuya unidad pasa por un momento bastante cuestionable— sino para Europa e incluso el mundo entero, puesto que sus repercusiones tendrán alcance global, en caso de que se consume el denominado Brexit sin un acuerdo que regule el procedimiento de separación, lo cual equivaldría, en sentido figurado, a una amputación sin anestesia.

En un análisis de la revista The Economist de esta semana, se comenta que los promotores de la exclusión británica de la Unión Europea hicieron creer a los electores que tenían todas las cartas en su poder y que la salida de la Unión sería una cuestión sencilla. Evidentemente, los más fervientes impulsores del Brexit no previeron todas las implicaciones de su iniciativa nacionalista y, en buena medida, xenófoba; pero lo peor es que los partidarios de mantenerse en la Unión tampoco tenían idea de las complejidades que habría de enfrentar su país si ganaban los secesionistas y fueron absolutamente incapaces de aleccionar a los votantes sobre el impacto que tendría la determinación de cortar los nexos con el resto de Europa. Nadie consideró que las integraciones económicas son como el cáncer, una vez que crecen y se desarrollan, su penetración y ramificaciones son virtualmente imparables. Alguien ha dicho que disolverlas significa una tarea similar a separar los huevos con los que se preparó un omelette.

Si de por sí el problema económico es de difícil solución, la cuestión más espinosa del Brexit son las implicaciones políticas, sociológicas y hasta religiosas derivadas de la existencia de una frontera terrestre entre la Unión Europea y el Reino Unido que separa a la República de Irlanda, de Irlanda del Norte. Esta última forma parte del Reino Unido pero se encuentra en el territorio de la isla de Irlanda cuya mayor parte es ocupada por la República irlandesa. Esa separación tiene raíces históricas muy violentas. La isla estaba bajo el dominio británico hasta que se produjo en 1916 la rebelión que condujo a la independencia de la actual República de Irlanda después de una sangrienta guerra entre los independentistas y las fuerzas británicas que duró hasta 1922. Empero, una pequeña porción en el norte de la isla se mantuvo integrada al Reino Unido y las tensiones entre los nacionalistas, partidarios de la independencia total y del predominio católico, y los leales a la Corona británica —practicantes del protestantismo— continuaron y dieron lugar a una disputa violenta caracterizada por crueles actos de terrorismo que se extendió con gran intensidad desde los años sesenta del siglo pasado hasta 1998, cuando se firmó un acuerdo de paz.

A partir de entonces se retiraron los puestos de control mantenidos por el ejército británico en el lindero entre ambas Irlandas, los cuales constituían un símbolo del dominio imperial sobre el territorio irlandés. De hecho la frontera devino inexistente, pero el Brexit requiere que se vuelva a instalar porque ahora separaría al Reino Unido de la Unión Europea; habría que levantar barreras físicas y establecer puntos de revisión aduanera y migratoria en los que se controle el ingreso de personas y mercancías. La reposición de estas barreras muy probablemente reavivará las tendencias independentistas y el rechazo a la presencia de autoridades británicas en territorio irlandés con el consecuente resurgimiento de la violencia.

Todas esas implicaciones debieron ser materia de análisis antes de que los dirigentes británicos embarcaran a su pueblo en esta aventura de la que no saben cómo salir y solo atinan a tratar de ganar tiempo. El Parlamento aprobó una ampliación de la fecha establecida para abandonar la Unión y extenderla hasta el 30 de junio próximo; pero ello requiere la anuencia de los otros 27 miembros de aquella y nada garantiza que en tres meses se alcance un acuerdo satisfactorio para que la ruptura sea lo menos traumática posible o para convocar a un nuevo referéndum.

El embrollo es tal que —como ocurre en Estados Unidos, en México y otros muchos países— las diferencias partidistas, antes bastante nítidas, se difuminan; los intereses se entremezclan y resulta que hay partidarios y adversarios del Brexit en ambas formaciones políticas tradicionales. Algunos laboristas y conservadores se están escindiendo de sus respectivos partidos para formar un grupo independiente. Muchos conservadores están hartos de la señora May pero no saben cómo reemplazarla, además les aterra ir a una nueva elección por temor a perder frente a los laboristas, por eso no prosperó el voto de censura contra la Primera Ministra. Pareciera que los parlamentarios están más preocupados por sus propias posiciones que por el destino de su país y quizá la única salida sea convocar a un nuevo referéndum, bien para aprobar algún modelo de salida distinto al propuesto por Teresa May o para rectificar y mantenerse en la Unión Europea.

eduardoandrade1948@gmail.com

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