/ miércoles 14 de febrero de 2018

A Trump no le viene importando... una presa

A Donald Trump no le viene importando una presa. Ni un puente. Ni una carretera. Tampoco un sistema de drenaje. Ni ninguna de esas cosas que mencionamos cuando hablamos de infraestructura.

Pero, ¿cómo que no le importa si acaba de anunciar un plan de infraestructura de 1.5 billones de dólares? Es fácil: no es un plan, es una estafa. La cantidad de 1.5 billones de dólares es inventada; solo está proponiendo un gasto federal de 200 mil millones de dólares, que se supone que por arte de magia inducirá a un aumento generalizado en la inversión en infraestructura, que pagarán en gran medida los gobiernos estatales o locales (que no están precisamente hinchados de dinero, pero qué importa) o el sector privado.

Hasta los 200 mil millones de dólares son básicamente un fraude: la propuesta presupuestal anunciada el mismo día no solo impone recortes brutales a los pobres, sino que además incluye marcados recortes para el Departamento de Transporte, el Departamento de Energía y otras agencias que estarían involucradas de manera importante en cualquier plan de infraestructura real. Siendo realistas, la oferta de Trump en infraestructura es esta: nada.

Tampoco es que el plan no diga absolutamente nada. Una sección establece que “autorizaría la venta federal de activos que serían mejor administrados por entidades estatales, locales o privadas”. Traducción: vamos a privatizar todo lo que se pueda. Es concebible que esto se haga en casos en los que el sector privado realmente pueda hacerlo mejor, y se otorguen contratos de manera justa, sin una pisca de nepotismo. Si creyeron eso, hay un título de la Universidad Trump que quizá quieran comprar.

Por un lado, nada de esto debería sorprendernos. El plan actual de infraestructura es muy parecido a la propuesta incompleta que Trump presentó durante su campaña en 2016, cuando todavía fingía que era otro tipo de republicano, menos comprometido con la ortodoxia económica del partido. Hasta en aquel momento argumentaba que podía hacer infraestructura de bajo costo, que una relativa minucia de dinero federal de alguna forma podría generar una vasta inversión (aunque, en esta ocasión, el multiplicador de misterio ha aumentado aún más de tamaño).

Sin embargo, hay algo desconcertante en el fracaso de Trump de idear un plan de infraestructura remotamente factible. Después de todo, un programa como ese tendría mayores ventajas económicas y políticas.

En primer lugar, las económicas: Estados Unidos necesita desesperadamente reparar y mejorar sus deterioradas carreteras, sistemas de drenaje y red eléctrica, entre otros más. Es cierto, ya no somos una economía deprimida que necesita inversión pública para dar trabajo a los desempleados; el gasto masivo en infraestructura habría sido una idea mucho mejor hace cinco años, pero sigue siendo algo que debe hacerse.

¿De dónde saldría el dinero? Bueno, si no les preocupan mucho los déficits —y lo acabamos de ver, a los republicanos no les importan los déficits siempre y cuando los demócratas no estén en la Casa Blanca— podemos pedir prestado.

A Donald Trump no le viene importando una presa. Ni un puente. Ni una carretera. Tampoco un sistema de drenaje. Ni ninguna de esas cosas que mencionamos cuando hablamos de infraestructura.

Pero, ¿cómo que no le importa si acaba de anunciar un plan de infraestructura de 1.5 billones de dólares? Es fácil: no es un plan, es una estafa. La cantidad de 1.5 billones de dólares es inventada; solo está proponiendo un gasto federal de 200 mil millones de dólares, que se supone que por arte de magia inducirá a un aumento generalizado en la inversión en infraestructura, que pagarán en gran medida los gobiernos estatales o locales (que no están precisamente hinchados de dinero, pero qué importa) o el sector privado.

Hasta los 200 mil millones de dólares son básicamente un fraude: la propuesta presupuestal anunciada el mismo día no solo impone recortes brutales a los pobres, sino que además incluye marcados recortes para el Departamento de Transporte, el Departamento de Energía y otras agencias que estarían involucradas de manera importante en cualquier plan de infraestructura real. Siendo realistas, la oferta de Trump en infraestructura es esta: nada.

Tampoco es que el plan no diga absolutamente nada. Una sección establece que “autorizaría la venta federal de activos que serían mejor administrados por entidades estatales, locales o privadas”. Traducción: vamos a privatizar todo lo que se pueda. Es concebible que esto se haga en casos en los que el sector privado realmente pueda hacerlo mejor, y se otorguen contratos de manera justa, sin una pisca de nepotismo. Si creyeron eso, hay un título de la Universidad Trump que quizá quieran comprar.

Por un lado, nada de esto debería sorprendernos. El plan actual de infraestructura es muy parecido a la propuesta incompleta que Trump presentó durante su campaña en 2016, cuando todavía fingía que era otro tipo de republicano, menos comprometido con la ortodoxia económica del partido. Hasta en aquel momento argumentaba que podía hacer infraestructura de bajo costo, que una relativa minucia de dinero federal de alguna forma podría generar una vasta inversión (aunque, en esta ocasión, el multiplicador de misterio ha aumentado aún más de tamaño).

Sin embargo, hay algo desconcertante en el fracaso de Trump de idear un plan de infraestructura remotamente factible. Después de todo, un programa como ese tendría mayores ventajas económicas y políticas.

En primer lugar, las económicas: Estados Unidos necesita desesperadamente reparar y mejorar sus deterioradas carreteras, sistemas de drenaje y red eléctrica, entre otros más. Es cierto, ya no somos una economía deprimida que necesita inversión pública para dar trabajo a los desempleados; el gasto masivo en infraestructura habría sido una idea mucho mejor hace cinco años, pero sigue siendo algo que debe hacerse.

¿De dónde saldría el dinero? Bueno, si no les preocupan mucho los déficits —y lo acabamos de ver, a los republicanos no les importan los déficits siempre y cuando los demócratas no estén en la Casa Blanca— podemos pedir prestado.

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