/ martes 7 de septiembre de 2021

Afganistán y los paisajes geopolíticos del futuro

Alexis Herrera. Profesor de Posgrado en la Facultad de Estudios Globales. Universidad Anáhuac México.*

“Pienso, como el señor Baumgarten, que decir sentido de la estrategia o de la historia viene a ser lo mismo”, escribió Guy Debord en 1993, cuando el paisaje de la cultura europea en el que se había desarrollado la Internacional Situacionista daba paso al momento unipolar que situó a Estados Unidos en el cenit de su hegemonía global. Atento lector de Clausewitz, Debord estaba convencido de que el juego de la estrategia, entendido como un ejercicio que permite establecer una clara relación entre fines y medios, ocupa un lugar central en el comportamiento de los individuos y las sociedades. En febrero de ese año, un reducido grupo de conspiradores encabezado por el clérigo Omar Abdel-Rahman orquestó un atentado terrorista que hizo posible la detonación de una bomba en los sótanos del World Trade Center de Nueva York. Los terroristas, que recibieron financiamiento de un miembro de Al Qaeda que operaba en Afganistán, tenían un propósito claro: provocar el colapso de las Torres Gemelas. De este modo, lo sucedido anticipó los rasgos de un futuro que finalmente se materializó el 11 de septiembre de 2001.


En diciembre de 2007, el Foro de Futuros Globales buscó estimar cuál sería el paisaje de la radicalización política a escala mundial, en un horizonte que se proyectó hasta el año 2020. Una premisa alimentó a ese ejercicio: el modo en el que convergen las fuerzas históricas que forjan las realidades de la política internacional nunca es lineal. Años más tarde, en diciembre de 2012, el Consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos dio a conocer un ejercicio aún más ambicioso: un reporte concebido para estimular la reflexión en torno al conjunto de transformaciones geopolíticas que podrían forjar la naturaleza del paisaje internacional alrededor del año 2030. No obstante, en la página 68 de dicho documento se señaló que para entonces la ola de terrorismo global alimentada por el islamismo salafista estaría por llegar a su fin. Anticipar el futuro no es tarea sencilla: la arena de lo político es siempre el reino de la contingencia y, también, el de la necesidad.


La caída de Kabul en manos del Talibán descansa en una decisión de orden estratégico que fue ejecutada con limitada destreza operacional: permitir el repliegue de Estados Unidos de un escenario de conflicto para el que el uso de la fuerza ya no ofrecía una solución sostenible en el largo plazo. Sin embargo, lo sucedido en el verano de 2021 también debe ser situado en el marco de una limitante mayor: la incapacidad de comprender la complejidad histórica de la sociedad que Estados Unidos pretendió transformar recurriendo a una costosa intervención militar que nunca contó con una teoría de la victoria claramente discernible. En contraste, el Talibán demostró ser un jugador estratégico más competente: al explotar las contradicciones estructurales del precario orden de cosas construido en su país tras el inicio de la Guerra Global Contra el Terror, los insurgentes afganos sólo tuvieron que esperar el momento adecuado para empezar a dar forma a su propia versión del futuro. Al momento de escribirse estas líneas el desenlace de lo sucedido en Afganistán sigue siendo incierto: una vez más el país es objeto de una disputa geopolítica entre las grandes potencias, mientras que en el valle de Panjshir el foco de resistencia armada que desafío al nuevo orden de cosas nacido de la debacle estadounidense libra su última batalla. La razón de estrategia a la que alguna vez apeló Guy Debord no ha perdido vigencia alguna.


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Alexis Herrera. Profesor de Posgrado en la Facultad de Estudios Globales. Universidad Anáhuac México.*

“Pienso, como el señor Baumgarten, que decir sentido de la estrategia o de la historia viene a ser lo mismo”, escribió Guy Debord en 1993, cuando el paisaje de la cultura europea en el que se había desarrollado la Internacional Situacionista daba paso al momento unipolar que situó a Estados Unidos en el cenit de su hegemonía global. Atento lector de Clausewitz, Debord estaba convencido de que el juego de la estrategia, entendido como un ejercicio que permite establecer una clara relación entre fines y medios, ocupa un lugar central en el comportamiento de los individuos y las sociedades. En febrero de ese año, un reducido grupo de conspiradores encabezado por el clérigo Omar Abdel-Rahman orquestó un atentado terrorista que hizo posible la detonación de una bomba en los sótanos del World Trade Center de Nueva York. Los terroristas, que recibieron financiamiento de un miembro de Al Qaeda que operaba en Afganistán, tenían un propósito claro: provocar el colapso de las Torres Gemelas. De este modo, lo sucedido anticipó los rasgos de un futuro que finalmente se materializó el 11 de septiembre de 2001.


En diciembre de 2007, el Foro de Futuros Globales buscó estimar cuál sería el paisaje de la radicalización política a escala mundial, en un horizonte que se proyectó hasta el año 2020. Una premisa alimentó a ese ejercicio: el modo en el que convergen las fuerzas históricas que forjan las realidades de la política internacional nunca es lineal. Años más tarde, en diciembre de 2012, el Consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos dio a conocer un ejercicio aún más ambicioso: un reporte concebido para estimular la reflexión en torno al conjunto de transformaciones geopolíticas que podrían forjar la naturaleza del paisaje internacional alrededor del año 2030. No obstante, en la página 68 de dicho documento se señaló que para entonces la ola de terrorismo global alimentada por el islamismo salafista estaría por llegar a su fin. Anticipar el futuro no es tarea sencilla: la arena de lo político es siempre el reino de la contingencia y, también, el de la necesidad.


La caída de Kabul en manos del Talibán descansa en una decisión de orden estratégico que fue ejecutada con limitada destreza operacional: permitir el repliegue de Estados Unidos de un escenario de conflicto para el que el uso de la fuerza ya no ofrecía una solución sostenible en el largo plazo. Sin embargo, lo sucedido en el verano de 2021 también debe ser situado en el marco de una limitante mayor: la incapacidad de comprender la complejidad histórica de la sociedad que Estados Unidos pretendió transformar recurriendo a una costosa intervención militar que nunca contó con una teoría de la victoria claramente discernible. En contraste, el Talibán demostró ser un jugador estratégico más competente: al explotar las contradicciones estructurales del precario orden de cosas construido en su país tras el inicio de la Guerra Global Contra el Terror, los insurgentes afganos sólo tuvieron que esperar el momento adecuado para empezar a dar forma a su propia versión del futuro. Al momento de escribirse estas líneas el desenlace de lo sucedido en Afganistán sigue siendo incierto: una vez más el país es objeto de una disputa geopolítica entre las grandes potencias, mientras que en el valle de Panjshir el foco de resistencia armada que desafío al nuevo orden de cosas nacido de la debacle estadounidense libra su última batalla. La razón de estrategia a la que alguna vez apeló Guy Debord no ha perdido vigencia alguna.


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