/ lunes 16 de octubre de 2017

Agua: principio y fin de la CdMx

Impunidad, negligencia, ignorancia, ambición, pero sobre todo corrupción, son el sempiterno caldo de cultivo que contribuye a escalar exponencialmente el embate de los fenómenos naturales en nuestra sociedad, tal y como lo hemos atestiguado a raíz de los últimos sismos. Se sabía que el subsuelo capitalino es particularmente sensible a las ondas sísmicas y aún así, después de la trágica lección de 1985, no solo nada cambió, el potencial de vulnerabilidad se agudizó, principalmente por dos factores: la sobreexplotación de sus aguas profundas y el crecimiento de desarrollos inmobiliarios, particularmente voraz en los últimos años.

La Ciudad, surgida en las entrañas de la zona lacustre donde se fundara México-Tenochtitlan, a partir del gradual desecamiento de sus lagos ha enfrentado una tormentosa relación con su entorno hídrico, desde graves inundaciones, cada vez más extremas, hasta un severo y creciente desabasto acuífero. Durante la Colonia las fuentes de agua eran pozos artesianos y los acueductos de Chapultepec, Santa Fe-Cuajimalpa y Xochimilco. No obstante, en el último tercio del siglo XX fueron los ríos del Estado de México los que comenzaron a traer el líquido hasta la capital, primero desde el río Lerma y luego del Cutzamala (a los que pronto se integrará el Temascaltepec), constituyendo el sistema hidráulico de Valle de Bravo del que forman parte la presa de Villa Victoria y planta de Los Berros. No obstante, todo fue inútil. El irrefrenable crecimiento capitalino superó toda expectativa y con ello se detonó uno de los más grandes peligros que en la actualidad se ciernen bajo nuestra capital.

 Tras el sismo de 1985 inició el proyecto de explotación de los mantos acuíferos capitalinos, de los que hoy en día más del 60% del agua procede. No obstante, es tal el volumen de extracción ante el incremento masivo en la demanda de agua, que éste duplica el de su recarga natural, la cual es imposible desde el momento en que ha sido convertida la CdMx en una plancha de concreto impenetrable, sin áreas ni pozos de infiltración. De ahí también, paradójicamente, la causa de sus cada vez más agudas inundaciones. Cálculos del Programa de Manejo, Uso y Reúso del Agua de la UNAM sostienen que la CdMx ha disminuido nueve metros el nivel de sus acuíferos en los últimos años, a un ritmo mensual promedio de 15 cms., lo que ha originado la formación de un hueco que solo podría ser rellenado hasta dentro de 32 años, siempre y cuando dejáramos de extraer agua del subsuelo. Prueba de ello es que el drenaje que corría por gravedad de sur a norte desde 1910, hoy está sumido -requiriendo desde 2002 del bombeo para la extracción de las aguas residuales- y que luego de los últimos sismos el terreno en el que se construye el nuevo aeropuerto se hundió de golpe entre 4 y 5 cms. Ahora bien, estando formado nuestro subsuelo lacustre por sedimentos de limo, arcilla y arena, al reducirse el agua del nivel freático, el espacio de aire que se forma no puede sostener el peso de la tierra ni mucho menos el del crecimiento inmobiliario desmedido. Así, si a la impermeabilidad del suelo sumamos la sobreexplotación de los acuíferos y extracción del recurso a cada vez mayor profundidad por agotamiento de los mantos, el debilitamiento y colapsamiento de las capas del subsuelo no son sino la consecuencia fatal –que agravan antiguas y nuevas grietas y fallas subterráneas-, que lo mismo propicia –junto con el paso anárquico del transporte pesado y la falta de mantenimiento de la red hidráulica- la aparición de baches y socavones que el derrumbe de construcciones en determinadas zonas al ocurrir un sismo. Por eso y mucho más, como nunca es urgente que sociedad y gobierno asumamos nuestra responsabilidad frente a los graves peligros y riesgos que enfrentamos. De no hacerlo, sobrevendrán nuevas y peores catástrofes: vivimos sobre una bomba de tiempo.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli

Impunidad, negligencia, ignorancia, ambición, pero sobre todo corrupción, son el sempiterno caldo de cultivo que contribuye a escalar exponencialmente el embate de los fenómenos naturales en nuestra sociedad, tal y como lo hemos atestiguado a raíz de los últimos sismos. Se sabía que el subsuelo capitalino es particularmente sensible a las ondas sísmicas y aún así, después de la trágica lección de 1985, no solo nada cambió, el potencial de vulnerabilidad se agudizó, principalmente por dos factores: la sobreexplotación de sus aguas profundas y el crecimiento de desarrollos inmobiliarios, particularmente voraz en los últimos años.

La Ciudad, surgida en las entrañas de la zona lacustre donde se fundara México-Tenochtitlan, a partir del gradual desecamiento de sus lagos ha enfrentado una tormentosa relación con su entorno hídrico, desde graves inundaciones, cada vez más extremas, hasta un severo y creciente desabasto acuífero. Durante la Colonia las fuentes de agua eran pozos artesianos y los acueductos de Chapultepec, Santa Fe-Cuajimalpa y Xochimilco. No obstante, en el último tercio del siglo XX fueron los ríos del Estado de México los que comenzaron a traer el líquido hasta la capital, primero desde el río Lerma y luego del Cutzamala (a los que pronto se integrará el Temascaltepec), constituyendo el sistema hidráulico de Valle de Bravo del que forman parte la presa de Villa Victoria y planta de Los Berros. No obstante, todo fue inútil. El irrefrenable crecimiento capitalino superó toda expectativa y con ello se detonó uno de los más grandes peligros que en la actualidad se ciernen bajo nuestra capital.

 Tras el sismo de 1985 inició el proyecto de explotación de los mantos acuíferos capitalinos, de los que hoy en día más del 60% del agua procede. No obstante, es tal el volumen de extracción ante el incremento masivo en la demanda de agua, que éste duplica el de su recarga natural, la cual es imposible desde el momento en que ha sido convertida la CdMx en una plancha de concreto impenetrable, sin áreas ni pozos de infiltración. De ahí también, paradójicamente, la causa de sus cada vez más agudas inundaciones. Cálculos del Programa de Manejo, Uso y Reúso del Agua de la UNAM sostienen que la CdMx ha disminuido nueve metros el nivel de sus acuíferos en los últimos años, a un ritmo mensual promedio de 15 cms., lo que ha originado la formación de un hueco que solo podría ser rellenado hasta dentro de 32 años, siempre y cuando dejáramos de extraer agua del subsuelo. Prueba de ello es que el drenaje que corría por gravedad de sur a norte desde 1910, hoy está sumido -requiriendo desde 2002 del bombeo para la extracción de las aguas residuales- y que luego de los últimos sismos el terreno en el que se construye el nuevo aeropuerto se hundió de golpe entre 4 y 5 cms. Ahora bien, estando formado nuestro subsuelo lacustre por sedimentos de limo, arcilla y arena, al reducirse el agua del nivel freático, el espacio de aire que se forma no puede sostener el peso de la tierra ni mucho menos el del crecimiento inmobiliario desmedido. Así, si a la impermeabilidad del suelo sumamos la sobreexplotación de los acuíferos y extracción del recurso a cada vez mayor profundidad por agotamiento de los mantos, el debilitamiento y colapsamiento de las capas del subsuelo no son sino la consecuencia fatal –que agravan antiguas y nuevas grietas y fallas subterráneas-, que lo mismo propicia –junto con el paso anárquico del transporte pesado y la falta de mantenimiento de la red hidráulica- la aparición de baches y socavones que el derrumbe de construcciones en determinadas zonas al ocurrir un sismo. Por eso y mucho más, como nunca es urgente que sociedad y gobierno asumamos nuestra responsabilidad frente a los graves peligros y riesgos que enfrentamos. De no hacerlo, sobrevendrán nuevas y peores catástrofes: vivimos sobre una bomba de tiempo.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli

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