/ domingo 19 de enero de 2020

Al encuentro de Camus

“Cualquier hombre, a la vuelta de la esquina, puede experimentar la sensación del absurdo porque todo es absurdo”, sentenció Albert Camus, y agregó: “No conozco nada más idiota que morir en un accidente de auto”. Al día siguiente, disparado al chocar el vehículo que conducía su editor Gallimard, pereció quien fuera el mayor filósofo del absurdo.

Y podría uno preguntarse si un fin así tuvo algún sentido, pero lo cierto es que a 60 años de aquel 4 de enero, su deceso constituye el mensaje postrero del mayor testimonial que nos podría haber legado su autor: la mayor prueba de lo que para Camus era la vida… No olvidemos que para él, nunca se viviría si se está en la búsqueda permanente del sentido de la vida, porque “ningún hombre puede decir qué es”. En dado caso, tal vez pueda decir “qué no es”. Por eso él desconocía lo que buscaba: “Yo no sé lo que busco -reconocía-, lo nombro con prudencia, me desdigo, me repito, avanzo y retrocedo. No obstante, me exigen dar nombres, o el nombre de una vez por todas, entonces me enojo; lo que se nombra, ¿no se ha perdido ya?”. Absurdo, sí, pero Camus lo resuelve cuando declara: “la comprensión de que la vida es absurda no puede ser un fin sino un comienzo”, y con ello nos da una esperanza.

Por eso, para entender a Camus nada ni nadie mejor que el propio Camus, y eso lo sabía él cuando afirmó: “el instante en que ya no sea más que un escritor, habré dejado de ser escritor”. La razón de ello es porque serlo es de la mayor trascendencia y la prueba la tenemos cuando declara que el propósito de un escritor debería ser “evitar que la civilización se destruya a sí misma”. ¿Podría haber una función más relevante para cualquier humano que ésta? No. Y Camus lo justifica.

“Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mí -puntualizaba- es la soledad infinita”, porque nada posee mayor potencial destructivo que la guerra. Su novela La peste (1947) así lo evidenciará al hacerla encarnación del mal, como lo fue en su momento Hitler, que sorprendió a una humanidad desprevenida cuyas autoridades no se involucraron y, a pesar de la solidaridad humana que ambas detonaron, la peste -como la guerra- se expandió incontrolable. Por eso luchar contra dicha plaga -o contra la ideología nazista-, a pesar de que sus gérmenes no mueren ni desaparecerán jamás, es un acto de conciencia, pero también de decencia, porque “solo un hombre sin ética es una bestia salvaje soltada a este mundo”, pues como lo advierte con toda diafanidad: “hay causas por las que vale la pena morir, pero ninguna por la que valga la pena matar”. Y eso lo había anticipado desde que escribió El extranjero (1942) y desarrolló los temas de lo absurdo y de la incomprensión, al ubicar al hombre decente que busca sobrevivir dentro de la amoralidad en medio de la inmundicia.

Camus, considerado “la conciencia de Francia”, debería más bien ser identificado como “la conciencia del hombre de la posguerra”, pero para ello aún falta que la distancia histórica se imponga y que nuevos hombres quieran encontrar en su obra lo que aún no ha podido ser abrevado a plenitud por las nuevas generaciones. Falta visualizarlo cabalmente como enemigo postrero de todo totalitarismo y defensor a ultranza de la libertad por ser un hombre rebelde, como su obra homónima. Rebelde porque solo puede serlo, a juicio de Camus, el hombre “que dice no”, porque “ellos mandan hoy porque tú obedeces”, porque “solo con la rebelión es que nace la conciencia”, porque depender del juicio ajeno es ser presa de un absurdo y porque “la única manera de lidiar con este mundo sin libertad es volverte tan absolutamente libre que tu mera existencia sea un acto de rebelión”.

Y Camus fue un rebelde, desde siempre. Por eso luchó por el periodismo libre, desobediente, irónico y obstinado. Por eso se opuso a la pena de muerte, considerándola un asesinato del Estado. Por eso participó en el Partido Comunista e impulsó el anarquismo. Por eso concluyó que “la verdadera generosidad en relación el futuro consiste en dárselo todo al presente” y que el no ser amado es una simple desventura, “la verdadera desgracia es no saber amar”, pero a tal dimensión de desprendimiento, no llega cualquiera. Pero también nos sorprende como cuando a pesar de su ateísmo nos advierte que “cuando el hombre somete a Dios a un juicio moral, lo mata en su corazón”, como lo hace cuando a pesar de estar en la flor de su vida, tal vez anticipando que su existencia sería breve, declaraba que el otoño era “una segunda primavera” y que sólo en las profundidades del invierno había aprendido que en su interior “habitaba un verano invencible”.

Al morir preparaba El primer hombre. Sus hojas quedaron regadas tras el impacto fatal y solo hasta 1994 la obra fue publicada. En ella está el retorno a su origen, a sus raíces, a su yo. Por eso conmueve, porque Camus nos convoca a develar al “primer hombre” que es él. Solo nos falta salir a su encuentro.

bettyzanolli@gmail.com\u0009\u0009\u0009@BettyZanolli


“Cualquier hombre, a la vuelta de la esquina, puede experimentar la sensación del absurdo porque todo es absurdo”, sentenció Albert Camus, y agregó: “No conozco nada más idiota que morir en un accidente de auto”. Al día siguiente, disparado al chocar el vehículo que conducía su editor Gallimard, pereció quien fuera el mayor filósofo del absurdo.

Y podría uno preguntarse si un fin así tuvo algún sentido, pero lo cierto es que a 60 años de aquel 4 de enero, su deceso constituye el mensaje postrero del mayor testimonial que nos podría haber legado su autor: la mayor prueba de lo que para Camus era la vida… No olvidemos que para él, nunca se viviría si se está en la búsqueda permanente del sentido de la vida, porque “ningún hombre puede decir qué es”. En dado caso, tal vez pueda decir “qué no es”. Por eso él desconocía lo que buscaba: “Yo no sé lo que busco -reconocía-, lo nombro con prudencia, me desdigo, me repito, avanzo y retrocedo. No obstante, me exigen dar nombres, o el nombre de una vez por todas, entonces me enojo; lo que se nombra, ¿no se ha perdido ya?”. Absurdo, sí, pero Camus lo resuelve cuando declara: “la comprensión de que la vida es absurda no puede ser un fin sino un comienzo”, y con ello nos da una esperanza.

Por eso, para entender a Camus nada ni nadie mejor que el propio Camus, y eso lo sabía él cuando afirmó: “el instante en que ya no sea más que un escritor, habré dejado de ser escritor”. La razón de ello es porque serlo es de la mayor trascendencia y la prueba la tenemos cuando declara que el propósito de un escritor debería ser “evitar que la civilización se destruya a sí misma”. ¿Podría haber una función más relevante para cualquier humano que ésta? No. Y Camus lo justifica.

“Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mí -puntualizaba- es la soledad infinita”, porque nada posee mayor potencial destructivo que la guerra. Su novela La peste (1947) así lo evidenciará al hacerla encarnación del mal, como lo fue en su momento Hitler, que sorprendió a una humanidad desprevenida cuyas autoridades no se involucraron y, a pesar de la solidaridad humana que ambas detonaron, la peste -como la guerra- se expandió incontrolable. Por eso luchar contra dicha plaga -o contra la ideología nazista-, a pesar de que sus gérmenes no mueren ni desaparecerán jamás, es un acto de conciencia, pero también de decencia, porque “solo un hombre sin ética es una bestia salvaje soltada a este mundo”, pues como lo advierte con toda diafanidad: “hay causas por las que vale la pena morir, pero ninguna por la que valga la pena matar”. Y eso lo había anticipado desde que escribió El extranjero (1942) y desarrolló los temas de lo absurdo y de la incomprensión, al ubicar al hombre decente que busca sobrevivir dentro de la amoralidad en medio de la inmundicia.

Camus, considerado “la conciencia de Francia”, debería más bien ser identificado como “la conciencia del hombre de la posguerra”, pero para ello aún falta que la distancia histórica se imponga y que nuevos hombres quieran encontrar en su obra lo que aún no ha podido ser abrevado a plenitud por las nuevas generaciones. Falta visualizarlo cabalmente como enemigo postrero de todo totalitarismo y defensor a ultranza de la libertad por ser un hombre rebelde, como su obra homónima. Rebelde porque solo puede serlo, a juicio de Camus, el hombre “que dice no”, porque “ellos mandan hoy porque tú obedeces”, porque “solo con la rebelión es que nace la conciencia”, porque depender del juicio ajeno es ser presa de un absurdo y porque “la única manera de lidiar con este mundo sin libertad es volverte tan absolutamente libre que tu mera existencia sea un acto de rebelión”.

Y Camus fue un rebelde, desde siempre. Por eso luchó por el periodismo libre, desobediente, irónico y obstinado. Por eso se opuso a la pena de muerte, considerándola un asesinato del Estado. Por eso participó en el Partido Comunista e impulsó el anarquismo. Por eso concluyó que “la verdadera generosidad en relación el futuro consiste en dárselo todo al presente” y que el no ser amado es una simple desventura, “la verdadera desgracia es no saber amar”, pero a tal dimensión de desprendimiento, no llega cualquiera. Pero también nos sorprende como cuando a pesar de su ateísmo nos advierte que “cuando el hombre somete a Dios a un juicio moral, lo mata en su corazón”, como lo hace cuando a pesar de estar en la flor de su vida, tal vez anticipando que su existencia sería breve, declaraba que el otoño era “una segunda primavera” y que sólo en las profundidades del invierno había aprendido que en su interior “habitaba un verano invencible”.

Al morir preparaba El primer hombre. Sus hojas quedaron regadas tras el impacto fatal y solo hasta 1994 la obra fue publicada. En ella está el retorno a su origen, a sus raíces, a su yo. Por eso conmueve, porque Camus nos convoca a develar al “primer hombre” que es él. Solo nos falta salir a su encuentro.

bettyzanolli@gmail.com\u0009\u0009\u0009@BettyZanolli


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