/ miércoles 15 de septiembre de 2021

Alcaldías fuertes

La razón por la cual la Ciudad de México retrasó tanto su proceso de democratización fue que había un desacuerdo respecto al rol que debía tener como entidad capital, a la par que desde el partido en el poder, el Revolucionario Institucional, había preocupación por un eventual triunfo de la oposición, tal como se concretó en 1997, con Cuauhtémoc Cárdenas.

La democratización de la entidad capital fue un largo proceso de discusiones sobre las atribuciones, la constitución local y la conformación de los tres poderes locales. A pesar de los avances, y ahora en un contexto de restauración de facto de la Regencia, los ciudadanos de la capital seguimos siendo votantes de segunda.

Hoy, que por primera vez habrá una mayoría de alcaldes de oposición, en vez de que los gobiernos locales ganen terreno, como se esperaría de un criterio subsidiario (tanto poder local como sea posible, tanto poder central como sea necesario), vamos de reversa: el gobierno central se esfuerza en centralizar atribuciones de las alcaldías y recortarles el presupuesto.

Todos los municipios del país administran sus recursos, cobran impuestos, distribuyen transferencias estatales y federales, hacen sus propios presupuestos y sus cabildos aprueban tanto ingresos como egresos. Las 16 alcaldías de la Ciudad de México no. Al contrario, están sujetas por completo a las reglas que establece la Jefatura de Gobierno, así que ahí vienen los castigos por votar en contra de Morena.

Hay muchas otras facultades que tendrían municipios en los estados y que las alcaldías de la Ciudad de México no. Esto no tiene nada que ver con la condición de capital. La parte del mando policiaco centralizado podría no compartirla pero entenderla: una de las mayores preocupaciones de la autonomía del Distrito Federal, hoy Ciudad de México, tenía que ver justo con la compatibilidad de la policía local y la presencia del Presidente de la República en la misma ciudad, lo que dio origen a la facultad de remoción del Secretario de Seguridad Pública, que se ejerció una sola vez, Vicente Fox en contra de Marcelo Ebrard, tras el linchamiento de agentes federales en San Juan Ixtayopan, Tláhuac.

Sin embargo, tanto Cuajimalpa como Benito Juárez han demostrado las bondades de que los alcaldes participen en la política de seguridad pública de sus alcaldías, aún sin tener el mando, lo cual podría dar lugar a un arreglo distinto y con mayor participación de los gobiernos locales.

Si nos vamos al pragmatismo político, nadie en su sano juicio cederá poder si no se lo exige una circunstancia: no hay por qué dar más atribuciones a las alcaldías, no hay por qué dejarlos decidir su presupuesto. Sin embargo, si nos vamos al compromiso honesto por la ciudad, es inadmisible la acumulación de rezagos locales en materia de servicios e infraestructura, lo cual jamás se resolverá con políticas de austeridad y presupuesto centralizado. Así que ese pragmatismo es mediocre, y el fortalecimiento de las alcaldías es de personas visionarias. Claro, tiene que haber reglas, hay que combatir los cacicazgos y fortalecer la participación ciudadana y vecinal, pero el centralismo prevaleciente va en contra de la calidad de vida de los habitantes de esta ciudad.

La razón por la cual la Ciudad de México retrasó tanto su proceso de democratización fue que había un desacuerdo respecto al rol que debía tener como entidad capital, a la par que desde el partido en el poder, el Revolucionario Institucional, había preocupación por un eventual triunfo de la oposición, tal como se concretó en 1997, con Cuauhtémoc Cárdenas.

La democratización de la entidad capital fue un largo proceso de discusiones sobre las atribuciones, la constitución local y la conformación de los tres poderes locales. A pesar de los avances, y ahora en un contexto de restauración de facto de la Regencia, los ciudadanos de la capital seguimos siendo votantes de segunda.

Hoy, que por primera vez habrá una mayoría de alcaldes de oposición, en vez de que los gobiernos locales ganen terreno, como se esperaría de un criterio subsidiario (tanto poder local como sea posible, tanto poder central como sea necesario), vamos de reversa: el gobierno central se esfuerza en centralizar atribuciones de las alcaldías y recortarles el presupuesto.

Todos los municipios del país administran sus recursos, cobran impuestos, distribuyen transferencias estatales y federales, hacen sus propios presupuestos y sus cabildos aprueban tanto ingresos como egresos. Las 16 alcaldías de la Ciudad de México no. Al contrario, están sujetas por completo a las reglas que establece la Jefatura de Gobierno, así que ahí vienen los castigos por votar en contra de Morena.

Hay muchas otras facultades que tendrían municipios en los estados y que las alcaldías de la Ciudad de México no. Esto no tiene nada que ver con la condición de capital. La parte del mando policiaco centralizado podría no compartirla pero entenderla: una de las mayores preocupaciones de la autonomía del Distrito Federal, hoy Ciudad de México, tenía que ver justo con la compatibilidad de la policía local y la presencia del Presidente de la República en la misma ciudad, lo que dio origen a la facultad de remoción del Secretario de Seguridad Pública, que se ejerció una sola vez, Vicente Fox en contra de Marcelo Ebrard, tras el linchamiento de agentes federales en San Juan Ixtayopan, Tláhuac.

Sin embargo, tanto Cuajimalpa como Benito Juárez han demostrado las bondades de que los alcaldes participen en la política de seguridad pública de sus alcaldías, aún sin tener el mando, lo cual podría dar lugar a un arreglo distinto y con mayor participación de los gobiernos locales.

Si nos vamos al pragmatismo político, nadie en su sano juicio cederá poder si no se lo exige una circunstancia: no hay por qué dar más atribuciones a las alcaldías, no hay por qué dejarlos decidir su presupuesto. Sin embargo, si nos vamos al compromiso honesto por la ciudad, es inadmisible la acumulación de rezagos locales en materia de servicios e infraestructura, lo cual jamás se resolverá con políticas de austeridad y presupuesto centralizado. Así que ese pragmatismo es mediocre, y el fortalecimiento de las alcaldías es de personas visionarias. Claro, tiene que haber reglas, hay que combatir los cacicazgos y fortalecer la participación ciudadana y vecinal, pero el centralismo prevaleciente va en contra de la calidad de vida de los habitantes de esta ciudad.

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