/ jueves 12 de noviembre de 2020

Alta Empresa | Regreso al cine, tercera parte

El lunes fui a ver Estación Zombi 2: Península, la secuela de Estación Zombi: Tren a Busan. La cinta es un divertimento que retoma a los zombis de la primera película para contar la historia de una misión suicida que deviene en un dramón que postula un mensaje pertinente para estos tiempos pandémicos: “el hogar es la familia”. Dirigido por Yeon Sang-ho, el filme es un entretenido híbrido de zombis virales, El Tesoro de la Sierra Madre (Huston, 1948), Mad Max: más allá de la cúpula del trueno (Miller, 1985) y un melodrama coreano de alto sentimentalismo.

Desde su estreno en agosto, Estación Zombi 2: Península ha recaudado cerca de 38 millones de dólares en la taquilla mundial, una cifra nada desdeñable en un contexto marcado por salas que operan a un tercio de capacidad, aunque lejana de los 93 millones recabados por la primera. El paradigma se repite: el liderazgo de taquilla durante la COVID-19 equivale a ser el más alto de los enanos, nada más. Como sucedió con Tenet y Nuevo orden, vi la cinta en Cinépolis Interlomas VIP. Era, de nueva cuenta, la única persona en la sala. Esta vez ordené un Yakimeshi con filadelfia (“¡está de oferta, joven!”), una copa de vino blanco, una paleta Mágnum y un agua de 500 mililitros. Toda la experiencia (boleto y comida) costó alrededor de 500 pesos. Es una excelente manera de refugiarse del caos. Llena, en cambio, la sala VIP era un infierno: meseros que bloquean la pantalla, sonidos de platos, gente que se queda dormida y empieza a roncar, etcétera.

Desde hace ya algún tiempo varias voces han predicho que el futuro de la exhibición pasa por salas de lujo que conjuguen una experiencia inmersiva de proyección con condiciones premium, como bebidas y comida relativamente high end. El 11 de julio de 2013, en el marco de un panel organizado por CNBC y la USC School of Cinematic Arts, Steven Spielberg y George Lucas, los virtuales inventores del blockbuster moderno, predijeron la “implosión de Hollywood”. Palabras más, palabras menos, Spielberg y Lucas resaltaron que la película de mediano presupuesto orientada a un público adulto comenzaba a ser una rareza en Hollywood, sobre todo si no se ubicaba en las coordenadas de la comedia promedio o el drama cursi confeccionado para estrenarse en épocas decembrinas con el fin de competir por una nominación al Oscar. La consecuencia predecible de esto era que la exhibición cinematográfica seguiría una trayectoria similar a la del teatro en Broadway: un circuito circunscrito a grandes producciones pensadas para presentarse en complejos altamente tecnificados cuyo costo de entrada podría oscilar entre los 25 y 100 dólares, dependiendo de las características específicas de cada sala (Imax, 4D). El resto se destinaría al streaming y lo que aún conocemos como televisión.

El peligro de este modelo, vaticinaban los directores, era que bastaría con que tres o cuatro de estos megaproyectos fracasaran en la taquilla para que los estudios resintieran el golpe y el sistema “implotara”. No fueron pocos los analistas que en su momento tildaron esta tesis de catastrofista. Hoy, frente a la contracción provocada por la COVID-19, la profecía de Spielberg y Lucas luce cada vez más factible, casi como un hecho a punto de consumarse.

El lunes fui a ver Estación Zombi 2: Península, la secuela de Estación Zombi: Tren a Busan. La cinta es un divertimento que retoma a los zombis de la primera película para contar la historia de una misión suicida que deviene en un dramón que postula un mensaje pertinente para estos tiempos pandémicos: “el hogar es la familia”. Dirigido por Yeon Sang-ho, el filme es un entretenido híbrido de zombis virales, El Tesoro de la Sierra Madre (Huston, 1948), Mad Max: más allá de la cúpula del trueno (Miller, 1985) y un melodrama coreano de alto sentimentalismo.

Desde su estreno en agosto, Estación Zombi 2: Península ha recaudado cerca de 38 millones de dólares en la taquilla mundial, una cifra nada desdeñable en un contexto marcado por salas que operan a un tercio de capacidad, aunque lejana de los 93 millones recabados por la primera. El paradigma se repite: el liderazgo de taquilla durante la COVID-19 equivale a ser el más alto de los enanos, nada más. Como sucedió con Tenet y Nuevo orden, vi la cinta en Cinépolis Interlomas VIP. Era, de nueva cuenta, la única persona en la sala. Esta vez ordené un Yakimeshi con filadelfia (“¡está de oferta, joven!”), una copa de vino blanco, una paleta Mágnum y un agua de 500 mililitros. Toda la experiencia (boleto y comida) costó alrededor de 500 pesos. Es una excelente manera de refugiarse del caos. Llena, en cambio, la sala VIP era un infierno: meseros que bloquean la pantalla, sonidos de platos, gente que se queda dormida y empieza a roncar, etcétera.

Desde hace ya algún tiempo varias voces han predicho que el futuro de la exhibición pasa por salas de lujo que conjuguen una experiencia inmersiva de proyección con condiciones premium, como bebidas y comida relativamente high end. El 11 de julio de 2013, en el marco de un panel organizado por CNBC y la USC School of Cinematic Arts, Steven Spielberg y George Lucas, los virtuales inventores del blockbuster moderno, predijeron la “implosión de Hollywood”. Palabras más, palabras menos, Spielberg y Lucas resaltaron que la película de mediano presupuesto orientada a un público adulto comenzaba a ser una rareza en Hollywood, sobre todo si no se ubicaba en las coordenadas de la comedia promedio o el drama cursi confeccionado para estrenarse en épocas decembrinas con el fin de competir por una nominación al Oscar. La consecuencia predecible de esto era que la exhibición cinematográfica seguiría una trayectoria similar a la del teatro en Broadway: un circuito circunscrito a grandes producciones pensadas para presentarse en complejos altamente tecnificados cuyo costo de entrada podría oscilar entre los 25 y 100 dólares, dependiendo de las características específicas de cada sala (Imax, 4D). El resto se destinaría al streaming y lo que aún conocemos como televisión.

El peligro de este modelo, vaticinaban los directores, era que bastaría con que tres o cuatro de estos megaproyectos fracasaran en la taquilla para que los estudios resintieran el golpe y el sistema “implotara”. No fueron pocos los analistas que en su momento tildaron esta tesis de catastrofista. Hoy, frente a la contracción provocada por la COVID-19, la profecía de Spielberg y Lucas luce cada vez más factible, casi como un hecho a punto de consumarse.