/ jueves 27 de agosto de 2020

Alta Empresa | Temas para un congreso

Empiezo con una provocación: más allá de lo que nos dicen los charlatanes y dizque gurús del management y la mercadotecnia, quienes siempre claman ver áreas de oportunidad en los escenarios más tétricos, la crisis pandémica ofrece un margen de maniobra muy reducido para la mayoría de las organizaciones.

El principal desafío, de hecho, no consiste en crecer o perdurar, sino simplemente en sobrevivir, en salir avante de las repercusiones económicas de la Covid-19. El tiempo ha adquirido una lógica distinta: pensar en el largo plazo se torna en una imposibilidad frente a la rapidez con la que cambia el clima de negocios. Sobrevivir, empero, no implica concentrarse solamente en hacer más con menos, sino en repensar la contribución y alcance de nuestras empresas con la sociedad.

Concebida como una cultura de gestión basada en el desarrollo de los integrantes de la organización, la sustentabilidad, la contribución con la comunidad y la ética en la toma de decisiones, la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) resulta de importancia crucial para afrontar los retos que se avecinan. Ante este escenario, el XIII Congreso Internacional Anáhuac de Responsabilidad Social, a celebrarse el 3 y 4 de septiembre, cobra una nueva dimensión. De acuerdo con Miguel Angel Santinelli, director de la Facultad de Responsabilidad Social de la Universidad Anáhuac México, esta vez no sólo se trata de convocar a investigadores, estudiantes y egresados para que comportan experiencias y conocimientos relevantes para la cultura organizacional, como sucedía en pasadas ediciones, sino en enfatizar la importancia de incorporar a la RSE en la toma de decisiones.

El congreso se realizará de manera virtual, totalmente en línea y sin costo alguno. Hay dos temas que me gustaría ver abordados con detalle. El primero es la resiliencia de los integrantes de la empresa. Durante los primeros meses de la cuarentena, las organizaciones se enfocaron en mantener la continuidad del negocio, sin reparar en la salud mental de los empleados, a quienes se les pedía disponibilidad total desde la realidad del “trabajo desde casa”. Incluso se romantizó el home office como un estadio existencial idóneo para el individuo. Estos esquemas necesitan ser repensados. Una compañía no puede presumir contribuciones sociales si no se preocupa primero por el bienestar de sus miembros (asesoría psicológica, facilidades para cuidado de los niños, flexibilidad, etcétera).

El otro tema es la corrupción. Ninguno de los escándalos que explotan diariamente en los medios sería posible sin la participación del sector privado. Las organizaciones deben combatir la corrupción en varios frentes: sea en el perfeccionamiento de los procesos de compliance (cumplimiento o conformidad) con el estado de derecho vigente; sea en los relacionados con mecanismos de gobernanza orientados a regular la transparencia interna de cada uno de los departamentos que conforma la empresa, o en técnicas de detección de malas prácticas financieras, como el lavado de dinero proveniente del crimen organizado. No hay RSE posible en una sociedad corrupta. La pregunta es: ¿realmente nuestras empresas están haciendo lo suficiente en la materia? Es hora de discutirlo.

Empiezo con una provocación: más allá de lo que nos dicen los charlatanes y dizque gurús del management y la mercadotecnia, quienes siempre claman ver áreas de oportunidad en los escenarios más tétricos, la crisis pandémica ofrece un margen de maniobra muy reducido para la mayoría de las organizaciones.

El principal desafío, de hecho, no consiste en crecer o perdurar, sino simplemente en sobrevivir, en salir avante de las repercusiones económicas de la Covid-19. El tiempo ha adquirido una lógica distinta: pensar en el largo plazo se torna en una imposibilidad frente a la rapidez con la que cambia el clima de negocios. Sobrevivir, empero, no implica concentrarse solamente en hacer más con menos, sino en repensar la contribución y alcance de nuestras empresas con la sociedad.

Concebida como una cultura de gestión basada en el desarrollo de los integrantes de la organización, la sustentabilidad, la contribución con la comunidad y la ética en la toma de decisiones, la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) resulta de importancia crucial para afrontar los retos que se avecinan. Ante este escenario, el XIII Congreso Internacional Anáhuac de Responsabilidad Social, a celebrarse el 3 y 4 de septiembre, cobra una nueva dimensión. De acuerdo con Miguel Angel Santinelli, director de la Facultad de Responsabilidad Social de la Universidad Anáhuac México, esta vez no sólo se trata de convocar a investigadores, estudiantes y egresados para que comportan experiencias y conocimientos relevantes para la cultura organizacional, como sucedía en pasadas ediciones, sino en enfatizar la importancia de incorporar a la RSE en la toma de decisiones.

El congreso se realizará de manera virtual, totalmente en línea y sin costo alguno. Hay dos temas que me gustaría ver abordados con detalle. El primero es la resiliencia de los integrantes de la empresa. Durante los primeros meses de la cuarentena, las organizaciones se enfocaron en mantener la continuidad del negocio, sin reparar en la salud mental de los empleados, a quienes se les pedía disponibilidad total desde la realidad del “trabajo desde casa”. Incluso se romantizó el home office como un estadio existencial idóneo para el individuo. Estos esquemas necesitan ser repensados. Una compañía no puede presumir contribuciones sociales si no se preocupa primero por el bienestar de sus miembros (asesoría psicológica, facilidades para cuidado de los niños, flexibilidad, etcétera).

El otro tema es la corrupción. Ninguno de los escándalos que explotan diariamente en los medios sería posible sin la participación del sector privado. Las organizaciones deben combatir la corrupción en varios frentes: sea en el perfeccionamiento de los procesos de compliance (cumplimiento o conformidad) con el estado de derecho vigente; sea en los relacionados con mecanismos de gobernanza orientados a regular la transparencia interna de cada uno de los departamentos que conforma la empresa, o en técnicas de detección de malas prácticas financieras, como el lavado de dinero proveniente del crimen organizado. No hay RSE posible en una sociedad corrupta. La pregunta es: ¿realmente nuestras empresas están haciendo lo suficiente en la materia? Es hora de discutirlo.