/ sábado 7 de marzo de 2020

Alto poder | Un pueblo enfermo es aún más peligroso

Cuando el mexicano pobre tiene alguna enfermedad grave, pero curable, termina en el cementerio. El Estado no tiene los recursos suficientes para atender la salud de la población y salvar vidas. Los medicamentos ni siquiera llegan a todas las poblaciones del país, porque carecen de un sistema de distribución tan eficiente como lo tienen empresas del tamaño de Coca-Cola o Bimbo.

Siguen ocurriendo casos lamentables de mujeres quienes deben de parir en las aceras de las calles, en los baños de los hospitales o en los jardines públicos, porque no hay suficientes camas donde brindar auxilio a la población más desposeída.

La brecha de desigualdad entre los servicios de salud que brinda el Estado, es amplia. Los afiliados al Seguro Popular dependen del presupuesto de la Secretaría de Salud y tienen un catálogo de mil 600 intervenciones médicas, entre las que se encuentran diagnósticos, vacunas, cirugías y tratamientos.

Sin embargo, los trabajadores con prestaciones sociales, cuentan con el IMSS un instituto desmantelado, con pésima atención y limitados insumos que obligan a enfermeras y médicos a comprar de su dinero lo que requieren para curar a los pacientes.

Además están los burócratas, que cuentan con el ISSSTE, otro sistema obsoleto, sobresaturado y caduco, aunque con menos pacientes que el IMSS, pero con las mismas carencias.

Está la otra clase de empleados del gobierno, quienes reciben trato preferencial en sus propias instituciones, como es el caso de los militares, marinos y trabajadores de Pemex, en donde la atención es de primera, aunque en el caso de Petróleos Mexicanos esta semana nos enteramos que suministraron medicamento para hemodiálisis caduco o contaminado a más de 50 pacientes. Esto es una manera retorcida de manejar la salud con medicamentos envenenados.

AMLO AFRONTA RECLAMOS DE LA POBLACIÓN

Si se hacen algunas comparaciones de la atención médica en la República con los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en todos los casos, lamentablemente, México se queda rezagado, por su demagogia.

Por primera vez, un Presidente se atrevió a visitar las instalaciones hospitalarias de las zonas más paupérrimas y observó lo que ya se esperaba. El desmantelamiento del sistema de salud y el reclamo tanto de pacientes como de empleados, por las carencias que se tienen desde décadas atrás.

Sin embargo, poco o nada se ha hecho para solucionar el problema.

En su recorrido por el hospital del IMSS en Ixmiquilpan, Hidalgo, AMLO declaró que “una gente (sic) que trabajó en una de estas empresas, que tienen todo un esquema de distribución de sus mercancías, nos está ayudando para tener la experiencia y poder echar a andar una distribuidora de medicamentos y resolver el problema del abasto de las medicinas”.

Se olvidó el Presidente que la experiencia no surge de la noche a la mañana, sino que pasa por un proceso de maduración, de análisis, de trabajo y de perseverancia, dentro de un lapso de tiempo determinado.

Existen comunidades en donde los pobladores ayudan desinteresadamente al repartidor de Coca Cola o Bimbo, al traslado de su mercancía, caminan por brechas, con tal de tener a la mano una bebida refrescante o un pan para espantar el hambre. ¿Qué no harán por estar bien de salud?

Hay poblados donde ni siquiera se tiene un dispensario médico, para conseguir aunque sea unas Aspirinas para calmar leves dolores, como si ese medicamento de origen alemán tuviera cualidades mágicas curativas.

Otra carencia, especialmente preocupante, es la falta de médicos y enfermeras, porque México cuenta únicamente con 2.8 doctores por cada mil habitantes, cuando el promedio de la OCDE es de 8.8.

UN PAÍS SIN HOSPITALES, MÉDICOS NI CAMAS

Como la República Mexicana parece ser un país mágico, es inexplicable cómo la carencia de personal pueda ser tan alta en comparación con otras naciones y es ahí donde surge la duda ¿están bien hechos los cálculos de las autoridades sanitarias?

La bomba de tiempo explotó en las manos de López Obrador, porque pretendió cambiar toda la estructura oxidada en unos casos y podrida en otros, del sistema de salud.

De golpe, salieron a las calles pacientes con VIH, padres de niños con cáncer, trasplantados, mujeres con cáncer de mama, y personal médico poco capacitado o limitado por la falta de insumos en sus hospitales.

En las calles se observa cada día a más gente enferma, quejándose de la nula atención que recibe por parte del Estado, que en camas hospitalarias la situación es peor, porque sólo hay 1.4 por cada mil habitantes, cuando el mínimo señalado por la OCDE es de 4.7.

Por estas necesidades, aumenta el número de indigentes a quienes las múltiples enfermedades que atacan a los pobres especialmente, suben descontroladamente.

De la medicina familiar o de prevención, ni hablar. También está fuera de todo alcance la atención privada, porque hay hospitales donde una torunda con alcohol la cobran hasta en 30 pesos. Además, los medicamentos de patente son cada día más caros.

La manga ancha del gobierno para vigilar los laboratorios está dando sus nefastos resultados. La medicina familiar no crece proporcionalmente a la falta de ese recurso para la salud del pueblo.

Es imposible gobernar con un pueblo enfermo, pero aún más difícil si está molesto con razón, como ocurre con los mexicanos.

Y hasta la próxima semana, en este mismo espacio.

Cuando el mexicano pobre tiene alguna enfermedad grave, pero curable, termina en el cementerio. El Estado no tiene los recursos suficientes para atender la salud de la población y salvar vidas. Los medicamentos ni siquiera llegan a todas las poblaciones del país, porque carecen de un sistema de distribución tan eficiente como lo tienen empresas del tamaño de Coca-Cola o Bimbo.

Siguen ocurriendo casos lamentables de mujeres quienes deben de parir en las aceras de las calles, en los baños de los hospitales o en los jardines públicos, porque no hay suficientes camas donde brindar auxilio a la población más desposeída.

La brecha de desigualdad entre los servicios de salud que brinda el Estado, es amplia. Los afiliados al Seguro Popular dependen del presupuesto de la Secretaría de Salud y tienen un catálogo de mil 600 intervenciones médicas, entre las que se encuentran diagnósticos, vacunas, cirugías y tratamientos.

Sin embargo, los trabajadores con prestaciones sociales, cuentan con el IMSS un instituto desmantelado, con pésima atención y limitados insumos que obligan a enfermeras y médicos a comprar de su dinero lo que requieren para curar a los pacientes.

Además están los burócratas, que cuentan con el ISSSTE, otro sistema obsoleto, sobresaturado y caduco, aunque con menos pacientes que el IMSS, pero con las mismas carencias.

Está la otra clase de empleados del gobierno, quienes reciben trato preferencial en sus propias instituciones, como es el caso de los militares, marinos y trabajadores de Pemex, en donde la atención es de primera, aunque en el caso de Petróleos Mexicanos esta semana nos enteramos que suministraron medicamento para hemodiálisis caduco o contaminado a más de 50 pacientes. Esto es una manera retorcida de manejar la salud con medicamentos envenenados.

AMLO AFRONTA RECLAMOS DE LA POBLACIÓN

Si se hacen algunas comparaciones de la atención médica en la República con los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en todos los casos, lamentablemente, México se queda rezagado, por su demagogia.

Por primera vez, un Presidente se atrevió a visitar las instalaciones hospitalarias de las zonas más paupérrimas y observó lo que ya se esperaba. El desmantelamiento del sistema de salud y el reclamo tanto de pacientes como de empleados, por las carencias que se tienen desde décadas atrás.

Sin embargo, poco o nada se ha hecho para solucionar el problema.

En su recorrido por el hospital del IMSS en Ixmiquilpan, Hidalgo, AMLO declaró que “una gente (sic) que trabajó en una de estas empresas, que tienen todo un esquema de distribución de sus mercancías, nos está ayudando para tener la experiencia y poder echar a andar una distribuidora de medicamentos y resolver el problema del abasto de las medicinas”.

Se olvidó el Presidente que la experiencia no surge de la noche a la mañana, sino que pasa por un proceso de maduración, de análisis, de trabajo y de perseverancia, dentro de un lapso de tiempo determinado.

Existen comunidades en donde los pobladores ayudan desinteresadamente al repartidor de Coca Cola o Bimbo, al traslado de su mercancía, caminan por brechas, con tal de tener a la mano una bebida refrescante o un pan para espantar el hambre. ¿Qué no harán por estar bien de salud?

Hay poblados donde ni siquiera se tiene un dispensario médico, para conseguir aunque sea unas Aspirinas para calmar leves dolores, como si ese medicamento de origen alemán tuviera cualidades mágicas curativas.

Otra carencia, especialmente preocupante, es la falta de médicos y enfermeras, porque México cuenta únicamente con 2.8 doctores por cada mil habitantes, cuando el promedio de la OCDE es de 8.8.

UN PAÍS SIN HOSPITALES, MÉDICOS NI CAMAS

Como la República Mexicana parece ser un país mágico, es inexplicable cómo la carencia de personal pueda ser tan alta en comparación con otras naciones y es ahí donde surge la duda ¿están bien hechos los cálculos de las autoridades sanitarias?

La bomba de tiempo explotó en las manos de López Obrador, porque pretendió cambiar toda la estructura oxidada en unos casos y podrida en otros, del sistema de salud.

De golpe, salieron a las calles pacientes con VIH, padres de niños con cáncer, trasplantados, mujeres con cáncer de mama, y personal médico poco capacitado o limitado por la falta de insumos en sus hospitales.

En las calles se observa cada día a más gente enferma, quejándose de la nula atención que recibe por parte del Estado, que en camas hospitalarias la situación es peor, porque sólo hay 1.4 por cada mil habitantes, cuando el mínimo señalado por la OCDE es de 4.7.

Por estas necesidades, aumenta el número de indigentes a quienes las múltiples enfermedades que atacan a los pobres especialmente, suben descontroladamente.

De la medicina familiar o de prevención, ni hablar. También está fuera de todo alcance la atención privada, porque hay hospitales donde una torunda con alcohol la cobran hasta en 30 pesos. Además, los medicamentos de patente son cada día más caros.

La manga ancha del gobierno para vigilar los laboratorios está dando sus nefastos resultados. La medicina familiar no crece proporcionalmente a la falta de ese recurso para la salud del pueblo.

Es imposible gobernar con un pueblo enfermo, pero aún más difícil si está molesto con razón, como ocurre con los mexicanos.

Y hasta la próxima semana, en este mismo espacio.