/ martes 14 de abril de 2020

Ante el coronavirus, Cristo resucitado

La celebración de la Resurrección de Jesús parece un contrasentido con lo que el mundo está viviendo por el COVID-19: millares de muertos en todas partes, sobre todo en países considerados de primer mundo, más cientos de defunciones que no entran en estadísticas oficiales; centenares de miles contagiados y en riesgo de morir; médicos, enfermeras, agentes sanitarios, también más de cien sacerdotes, que han fallecido a consecuencia de haber atendido a enfermos de esta pandemia. Hay temor y angustia en todas partes: ancianos en peligro de morir; pobres que se endeudan por todos lados para poder subsistir, con su familia; gobernantes que no saben qué medidas tomar; muchísima gente sin trabajo; pequeños, medianos y grandes empresarios que prevén el posible cierre de su negocio; sacerdotes que no pueden acercarse más a su pueblo, al que están consagrados. El panorama es nada halagüeño. ¿Qué celebración puede tener sentido hoy?

Sin embargo, el triunfo de Jesús sobre el sepulcro y sobre la muerte es nuestra certeza y nuestra esperanza. Su resurrección es una luz en el túnel de la oscuridad mundial. Su victoria pascual es la garantía de que venceremos, en esta vida y en la otra, porque la muerte no tiene la última palabra. En Jesús, vivo y resucitado, presente entre nosotros, hay vida, hay camino, hay solución, hay fraternidad, para trascender estas realidades temporales.

Y esto es lo que celebramos en la gran fiesta de la Resurrección. Durante los tres primeros siglos de la Iglesia, no había otra fecha que se celebrara; ni Navidad, ni otras fiestas del Señor, de la Virgen o de los Santos. Cada año, la única gran celebración era la Pascua de la Resurrección, en fecha variable, según la tradición judía, en torno a la luna llena de primavera. Es que, como dice San Pablo, si Jesús no hubiera resucitado, toda su vida de nada nos serviría; no sería el salvador; nuestra fe sería vana. Lo fundamental para los cristianos, de antes y de ahora, es que Cristo vive, triunfó sobre la muerte, resucitó y está con nosotros. Con El, todo cambia, todo es nuevo y esperanzador. Por ello, es central esta solemnidad, fiesta de las fiestas.

La Eucaristía es la presencia viva del Resucitado para su Pueblo. Es Jesús que nos quiere acompañar en el atardecer, o en la noche oscura de nuestras vidas, como lo hizo con aquellos dos discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). En el “partir del pan”, lo podemos reconocer presente entre nosotros, que a veces estamos sin esperanza, perdidos en el peligro, angustiados y refugiados en nuestra soledad, queriendo quizá olvidar todo con alcohol, drogas u otros distractores, como el abuso del celular y de las redes sociales.

Hermanas y hermanos: ¡Cristo vive! Cristo está entre nosotros y con nosotros. Cristo nos acompaña en estos tiempos de pandemia, de dudas y de muerte. Unete a Jesús. Dile que lo necesitas. Pídele que venga a tu corazón. No importa si te consideras indigno, quizá en pecado. Pon tu historia en la herida de su costado, y El te sanará. Confía en El. Búscalo; acércate a El. Si por ahora no te puedes acercar a una iglesia, a los sacramentos, dile que venga a tu vida y, con El, todo cambiará; aunque vengan enfermedades y la misma muerte. El es más poderoso que todo. Acéptalo en tu corazón y serás salvo.

¡Felices Pascuas de Resurrección! ¡Animo! ¡Hay vida, hay esperanza, hay resurrección!



Obispo Emérito de San Cristobal de las Casas

La celebración de la Resurrección de Jesús parece un contrasentido con lo que el mundo está viviendo por el COVID-19: millares de muertos en todas partes, sobre todo en países considerados de primer mundo, más cientos de defunciones que no entran en estadísticas oficiales; centenares de miles contagiados y en riesgo de morir; médicos, enfermeras, agentes sanitarios, también más de cien sacerdotes, que han fallecido a consecuencia de haber atendido a enfermos de esta pandemia. Hay temor y angustia en todas partes: ancianos en peligro de morir; pobres que se endeudan por todos lados para poder subsistir, con su familia; gobernantes que no saben qué medidas tomar; muchísima gente sin trabajo; pequeños, medianos y grandes empresarios que prevén el posible cierre de su negocio; sacerdotes que no pueden acercarse más a su pueblo, al que están consagrados. El panorama es nada halagüeño. ¿Qué celebración puede tener sentido hoy?

Sin embargo, el triunfo de Jesús sobre el sepulcro y sobre la muerte es nuestra certeza y nuestra esperanza. Su resurrección es una luz en el túnel de la oscuridad mundial. Su victoria pascual es la garantía de que venceremos, en esta vida y en la otra, porque la muerte no tiene la última palabra. En Jesús, vivo y resucitado, presente entre nosotros, hay vida, hay camino, hay solución, hay fraternidad, para trascender estas realidades temporales.

Y esto es lo que celebramos en la gran fiesta de la Resurrección. Durante los tres primeros siglos de la Iglesia, no había otra fecha que se celebrara; ni Navidad, ni otras fiestas del Señor, de la Virgen o de los Santos. Cada año, la única gran celebración era la Pascua de la Resurrección, en fecha variable, según la tradición judía, en torno a la luna llena de primavera. Es que, como dice San Pablo, si Jesús no hubiera resucitado, toda su vida de nada nos serviría; no sería el salvador; nuestra fe sería vana. Lo fundamental para los cristianos, de antes y de ahora, es que Cristo vive, triunfó sobre la muerte, resucitó y está con nosotros. Con El, todo cambia, todo es nuevo y esperanzador. Por ello, es central esta solemnidad, fiesta de las fiestas.

La Eucaristía es la presencia viva del Resucitado para su Pueblo. Es Jesús que nos quiere acompañar en el atardecer, o en la noche oscura de nuestras vidas, como lo hizo con aquellos dos discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). En el “partir del pan”, lo podemos reconocer presente entre nosotros, que a veces estamos sin esperanza, perdidos en el peligro, angustiados y refugiados en nuestra soledad, queriendo quizá olvidar todo con alcohol, drogas u otros distractores, como el abuso del celular y de las redes sociales.

Hermanas y hermanos: ¡Cristo vive! Cristo está entre nosotros y con nosotros. Cristo nos acompaña en estos tiempos de pandemia, de dudas y de muerte. Unete a Jesús. Dile que lo necesitas. Pídele que venga a tu corazón. No importa si te consideras indigno, quizá en pecado. Pon tu historia en la herida de su costado, y El te sanará. Confía en El. Búscalo; acércate a El. Si por ahora no te puedes acercar a una iglesia, a los sacramentos, dile que venga a tu vida y, con El, todo cambiará; aunque vengan enfermedades y la misma muerte. El es más poderoso que todo. Acéptalo en tu corazón y serás salvo.

¡Felices Pascuas de Resurrección! ¡Animo! ¡Hay vida, hay esperanza, hay resurrección!



Obispo Emérito de San Cristobal de las Casas

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