/ domingo 29 de diciembre de 2019

Antonieta Rivas Mercado y el signo de Ulises (II)

Mujer impetuosa, visionaria, apasionada, nunca se limitó ni temió prodigarse. De ahí que su vida ha sido poderosa fuente de inspiración para escritores próximos, recopiladores y biógrafos que han buscado entrever su intimidad y para cineastas como Carlos Saura que llevó su vida al cine en la célebre película “Antonieta”, magistralmente interpretada por Isabelle Adjani y Carlos Bracho, como Vasconcelos.

Por cuanto a su obra, Antonieta Rivas Mercado cultivó prácticamente todos los géneros literarios. Escribió tres cuentos, la novela “El que huía”, prosa varia -como le llama su más reciente recopiladora Tayde Acosta-, diversas traducciones, crónicas de la gesta vasconcelista rubricados por su seudónimo Valeria Mercado -evocando al día en que nació-, los diarios “Páginas arrancadas”, “Diario de Burdeos” y “París, 1931”, además de su célebre epistolario integrado por 87 cartas dirigidas a Manuel Rodríguez Lozano, tres ensayos sobre el papel de la mujer y dos obras de teatro, “Episodio electoral” y “Un drama” -inspirado en el asesinato de Álvaro Obregón- que Vasconcelos publicó en París dentro de su revista La Antorcha, entre 1931 y 1932.

A través de sus páginas, brotan cultura y fina sensibilidad, acordes a su grácil figura, pero también fluye la fortaleza de un espíritu capaz de remontar tanto los duros momentos que vivió durante su matrimonio como los del rechazo posterior a sus amores no correspondidos. De la misma manera, se advierte su valentía en la defensa de sus ideales políticos y un temple férreo de género para evidenciar al mundo, desde su demoledora y pionera visión, el papel que desempeñaba la mujer en su tiempo.

Es así como en “La mujer mexicana”, sorprende su discurso combativo. Primero, al emplear como epígrafe a Gregorio Marañón: “El hombre hace la historia, la mujer hace al hombre”. Después, el leer su sentencia: “la mujer mexicana no existe… En México no hay feminismo”. Finalmente, al considerar su recomendación a las mujeres mexicanas: “ampliar su horizonte, que se la eduque e instruya, que cultive su mente y aprenda a pensar”, porque para ella era inadmisible pretender que se perpetuara la situación femenina en México como la de mujeres “dóciles, sumisas, modestas”, cuyos días se borran cuando están en presencia de “sus hombres y hermanos”, como lo dirá en su ensayo sobre los ideales de las mujeres.

No. Esa abnegación no congeniaba con Antonieta. Ya no era la misma que a los 18 años. Había absorbido de inmediato el cambio que en Europa y en Estados Unidos la mujer estaba viviendo. Por eso se enfrentó a Carlos Chávez. Por eso cuestionó la crítica de Salvador Novo. Por eso alabó que compañeros de escena como Isabella Corona, Emma Anchondo, Lupe Medina, Clementina Otero, Rafael Nieto, entre otros, hubieran renunciado a ser primeros actores. Por eso creyó en la candidatura de Vasconcelos, porque confiaba que con él en la presidencia, la mujer crecería. Pero la realidad se impuso, tal y como lo refiere, crudamente, en las últimas páginas de su diario. “He decidido acabar” y a continuación transcribe un lamentable encuentro que tuvo en el Consulado con “Tata no sé cuantos” [Tata Nacho], quien le dijo: “¡Tan chulo nuestro México!”. Y ella reviró: “¡Tan puerco, tan puerco como todos los que ven con indiferencia aquella situación! ¿Qué no les da asco? ¿Qué ya se acabaron los hombres? ¡Por mi parte a mí me da náuseas pensar que he de volver a mirar las caras de todos aquellos rufianes sin ponerles el puño en el rostro…!”.

Ésa era Antonieta. La misma que días antes había confirmado: “Acabo de terminar La Democracia en bancarrota”. Es la Antonieta que recuerda haber rogado a Vasconcelos tomarla de traductora, “de cualquier cosa, por solo la comida, en una buhardilla: lo que no quiero es irme a México”, pero él le contesta: “Tú estás acostumbrada a una vida de lujo, más bien de derroche: no te imaginas lo que es la pobreza. Ve y recoge lo que quede de tus bienes; con sólo el valor de tus alhajas… podrás sostenerte”. Todo estaba dicho y a continuación escribo: “No puedo más... Mañana, a estas horas, todo habrá concluido, es mejor así… Terminaré mirando a Jesús, frente a su imagen, crucificado”. Y así fue.

Sí. No cabe duda que en Antonieta Rivas Mercado, su vida y su obra estuvieron marcados por un signo: Ulises y la razón la da ella cuando en 1928, al entrevistarla Juan F. Vereo Guzmán para Revista de Revistas, éste le pregunta de su afición por él. Su respuesta: es un símbolo de aventura, y eso hizo de su propia vida, intensa, fugaz y cautivadora, una aventura. Por ello, cuando en otro momento declaró que el Teatro de Ulises era como el barco del héroe sin el que no podría enfrentar al mar, comprendemos la elección de su final. Antonieta, en su respectivo periplo vital, no lo pudo encontrar. Luchó denodadamente por él, pero entre más lo buscaba, aquél más se alejaba y nunca lo encontró. En su final, debió sentirse perdida y, como el héroe sin nave, se rindió a los brazos del mar.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli

Mujer impetuosa, visionaria, apasionada, nunca se limitó ni temió prodigarse. De ahí que su vida ha sido poderosa fuente de inspiración para escritores próximos, recopiladores y biógrafos que han buscado entrever su intimidad y para cineastas como Carlos Saura que llevó su vida al cine en la célebre película “Antonieta”, magistralmente interpretada por Isabelle Adjani y Carlos Bracho, como Vasconcelos.

Por cuanto a su obra, Antonieta Rivas Mercado cultivó prácticamente todos los géneros literarios. Escribió tres cuentos, la novela “El que huía”, prosa varia -como le llama su más reciente recopiladora Tayde Acosta-, diversas traducciones, crónicas de la gesta vasconcelista rubricados por su seudónimo Valeria Mercado -evocando al día en que nació-, los diarios “Páginas arrancadas”, “Diario de Burdeos” y “París, 1931”, además de su célebre epistolario integrado por 87 cartas dirigidas a Manuel Rodríguez Lozano, tres ensayos sobre el papel de la mujer y dos obras de teatro, “Episodio electoral” y “Un drama” -inspirado en el asesinato de Álvaro Obregón- que Vasconcelos publicó en París dentro de su revista La Antorcha, entre 1931 y 1932.

A través de sus páginas, brotan cultura y fina sensibilidad, acordes a su grácil figura, pero también fluye la fortaleza de un espíritu capaz de remontar tanto los duros momentos que vivió durante su matrimonio como los del rechazo posterior a sus amores no correspondidos. De la misma manera, se advierte su valentía en la defensa de sus ideales políticos y un temple férreo de género para evidenciar al mundo, desde su demoledora y pionera visión, el papel que desempeñaba la mujer en su tiempo.

Es así como en “La mujer mexicana”, sorprende su discurso combativo. Primero, al emplear como epígrafe a Gregorio Marañón: “El hombre hace la historia, la mujer hace al hombre”. Después, el leer su sentencia: “la mujer mexicana no existe… En México no hay feminismo”. Finalmente, al considerar su recomendación a las mujeres mexicanas: “ampliar su horizonte, que se la eduque e instruya, que cultive su mente y aprenda a pensar”, porque para ella era inadmisible pretender que se perpetuara la situación femenina en México como la de mujeres “dóciles, sumisas, modestas”, cuyos días se borran cuando están en presencia de “sus hombres y hermanos”, como lo dirá en su ensayo sobre los ideales de las mujeres.

No. Esa abnegación no congeniaba con Antonieta. Ya no era la misma que a los 18 años. Había absorbido de inmediato el cambio que en Europa y en Estados Unidos la mujer estaba viviendo. Por eso se enfrentó a Carlos Chávez. Por eso cuestionó la crítica de Salvador Novo. Por eso alabó que compañeros de escena como Isabella Corona, Emma Anchondo, Lupe Medina, Clementina Otero, Rafael Nieto, entre otros, hubieran renunciado a ser primeros actores. Por eso creyó en la candidatura de Vasconcelos, porque confiaba que con él en la presidencia, la mujer crecería. Pero la realidad se impuso, tal y como lo refiere, crudamente, en las últimas páginas de su diario. “He decidido acabar” y a continuación transcribe un lamentable encuentro que tuvo en el Consulado con “Tata no sé cuantos” [Tata Nacho], quien le dijo: “¡Tan chulo nuestro México!”. Y ella reviró: “¡Tan puerco, tan puerco como todos los que ven con indiferencia aquella situación! ¿Qué no les da asco? ¿Qué ya se acabaron los hombres? ¡Por mi parte a mí me da náuseas pensar que he de volver a mirar las caras de todos aquellos rufianes sin ponerles el puño en el rostro…!”.

Ésa era Antonieta. La misma que días antes había confirmado: “Acabo de terminar La Democracia en bancarrota”. Es la Antonieta que recuerda haber rogado a Vasconcelos tomarla de traductora, “de cualquier cosa, por solo la comida, en una buhardilla: lo que no quiero es irme a México”, pero él le contesta: “Tú estás acostumbrada a una vida de lujo, más bien de derroche: no te imaginas lo que es la pobreza. Ve y recoge lo que quede de tus bienes; con sólo el valor de tus alhajas… podrás sostenerte”. Todo estaba dicho y a continuación escribo: “No puedo más... Mañana, a estas horas, todo habrá concluido, es mejor así… Terminaré mirando a Jesús, frente a su imagen, crucificado”. Y así fue.

Sí. No cabe duda que en Antonieta Rivas Mercado, su vida y su obra estuvieron marcados por un signo: Ulises y la razón la da ella cuando en 1928, al entrevistarla Juan F. Vereo Guzmán para Revista de Revistas, éste le pregunta de su afición por él. Su respuesta: es un símbolo de aventura, y eso hizo de su propia vida, intensa, fugaz y cautivadora, una aventura. Por ello, cuando en otro momento declaró que el Teatro de Ulises era como el barco del héroe sin el que no podría enfrentar al mar, comprendemos la elección de su final. Antonieta, en su respectivo periplo vital, no lo pudo encontrar. Luchó denodadamente por él, pero entre más lo buscaba, aquél más se alejaba y nunca lo encontró. En su final, debió sentirse perdida y, como el héroe sin nave, se rindió a los brazos del mar.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli

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