/ domingo 1 de diciembre de 2019

Aprender a amar: la salvación 

Alcibíades: ¿Qué eres tú? Habla.

Timón:

Una bestia, como lo eres tú….

Soy misanthropos y odio a la humanidad.

(Timón de Atenas, W. Shakespeare)

Richard Wagner ya lo dijo: “¿Por qué naufraga toda nuestra civilización sino por falta de amor?” y, al hacerlo, nos quitó el aliento por la recóndita verdad contenida en su sentencia.

\u0009No hay día en el que nuestro devenir cotidiano esté exento del conocimiento de alguna noticia lamentable. El desfile del catálogo de los tipos delictivos que se materializa de modo permanente es irrefrenable. Robos, despojos, abusos de autoridad, corrupción en todas sus modalidades, violaciones, secuestros, amenazas, lesiones, homicidios, feminicidios, todos ellos y el resto acuden, puntuales, a la cita cotidiana que sostienen con la sociedad sin que nada ni nadie los contenga. Degradación humana ampliamente generalizada en el panorama mundial de la que nuestra Nación es uno de sus escenarios principales, al ser su territorio espacio impune donde imperan la violencia, inseguridad y miedo, el rencor y el odio, y algo aún peor: la insensibilidad y el desamor.

Por un lado, la misantropía se ha erigido como el nuevo signo de nuestro entorno social, y lo es a tal grado que parecemos personajes redivivos de la obra gilbertiana “Odio a mis congéneres”. Bástenos incursionar por algunos instantes en una red social para que lo comprobemos, pero tampoco esto es novedad, la diferencia es su inmediatez. Muchas páginas obscuras han sido escritas en todas las épocas de la historia humana, comprendida la propia literatura, como lo ilustra el compendio Oda al odio de Albert Magnus. Y es que aún entre los clásicos, la condena humana ha sido una constante, como lo mostraron Heráclito, Platón, Tito Livio y Séneca, al afirmar éste: me vuelvo más avaro, ambicioso, cruel e inhumano “porque estuve entre los hombres”. Visión que sus sucesores habrán de refrendar. Quevedo, al declarar: “creyendo lo peor, casi siempre se acierta”; Swift, al evidenciar la miseria humana aún antes que Balzac; Kant al aludir a la naturaleza tortuosa del ser humano; Proust, al reconocer que es la pena la que impulsa a las fuerzas del espíritu; Baroja, al ubicar al hombre “un milímetro por encima del mono cuando no un centímetro por debajo del cerdo”; Schopenhauer, al denunciar que la existencia humana es “una especie de error”; Lovecraft, al reconocer que estaba “bestialmente cansado de la humanidad y del mundo”; Salinger, al declararse asqueado de la conducta humana.

¿Pesimistas todos? Sí y no, porque algunos sí claudicarán y considerarán clausurado todo avance y progreso civilizatorio y de la condición humana por ser el mundo la morada del mal. Otros los habrá que atesorarán una secreta esperanza: aquélla que les hará denostar la bajeza humana, confiando que en algún momento la realidad podrá ser transformada, y existirán también los que odien al odio, la tortura, la maldad, la sevicia, el mal en todas sus manifestaciones, y su odio, desde cierto ángulo, será positivo.

\u0009Por otro lado, en cambio: insensibilidad y desamor tienen otro origen, porque lo subyaciente en la primera es, por lo regular, la psicopatía, mientras en el desamor nos encontramos frente a la ausencia de amor, el no-amor, y esto es peor que el “amor líquido” -evanescente- de Baumann, porque es peor que el odio. En éste hay, si cabe, cierta dosis vital, en aquél, esterilidad.

Por eso, cuando Wagner culpabiliza al desamor del naufragio civilizatorio, nos revela una verdad crucial: si se creía que nos habíamos perdido en el siglo XXI, estábamos equivocados, ya lo estábamos en pleno siglo XIX, pero entonces apenas vivíamos el inicio de la vorágine. Hoy estamos instalados en ella: somos presa del caos emocional y enfrentamos una severa crisis moral de larga data. Atravesamos por un momento coyuntural de fin de ciclo, sin que podamos advertir aún cuándo iniciará la nueva edad del hombre. Solo tenemos una certeza: el sello de esta etapa crítica tiene un nombre. Se llama desamor.

Hemos perdido la capacidad de amar al otro porque no sabemos cómo amarnos a nosotros mismos y la causa tal vez sea nuestra falta de valor. Gandhi lo dijo: “un cobarde es incapaz de mostrar amor: hacerlo está reservado para los valientes” y antes que él, Giacomo Facco y José de Nebra, desde 1728, lo habían anticipado, al dar vida a su ópera Amor aumenta el valor. Y todo obedece a una lógica elemental porque si hay un elemento que es el motor de la vida, ése es el amor y cuando el amor muere, la vida languidece.

Por eso cuando la humanidad no se ama a sí misma y cada vez está más lejos de la esencia verdadera del amor, está más cerca de su autodestrucción. De ahí que las nuevas generaciones deben ser educadas en el amor y no expuestas impiamente a la violencia aún antes de nacer, aprendiendo a aniquilarse antes que comprenderse. Y por eso también, solo el día que aprendamos a amar para ser mejores podremos aspirar, como diría Coelho, a construir un mundo mejor.

HYPERLINK "mailto:bettyzanolli@gmail.com" bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli


Alcibíades: ¿Qué eres tú? Habla.

Timón:

Una bestia, como lo eres tú….

Soy misanthropos y odio a la humanidad.

(Timón de Atenas, W. Shakespeare)

Richard Wagner ya lo dijo: “¿Por qué naufraga toda nuestra civilización sino por falta de amor?” y, al hacerlo, nos quitó el aliento por la recóndita verdad contenida en su sentencia.

\u0009No hay día en el que nuestro devenir cotidiano esté exento del conocimiento de alguna noticia lamentable. El desfile del catálogo de los tipos delictivos que se materializa de modo permanente es irrefrenable. Robos, despojos, abusos de autoridad, corrupción en todas sus modalidades, violaciones, secuestros, amenazas, lesiones, homicidios, feminicidios, todos ellos y el resto acuden, puntuales, a la cita cotidiana que sostienen con la sociedad sin que nada ni nadie los contenga. Degradación humana ampliamente generalizada en el panorama mundial de la que nuestra Nación es uno de sus escenarios principales, al ser su territorio espacio impune donde imperan la violencia, inseguridad y miedo, el rencor y el odio, y algo aún peor: la insensibilidad y el desamor.

Por un lado, la misantropía se ha erigido como el nuevo signo de nuestro entorno social, y lo es a tal grado que parecemos personajes redivivos de la obra gilbertiana “Odio a mis congéneres”. Bástenos incursionar por algunos instantes en una red social para que lo comprobemos, pero tampoco esto es novedad, la diferencia es su inmediatez. Muchas páginas obscuras han sido escritas en todas las épocas de la historia humana, comprendida la propia literatura, como lo ilustra el compendio Oda al odio de Albert Magnus. Y es que aún entre los clásicos, la condena humana ha sido una constante, como lo mostraron Heráclito, Platón, Tito Livio y Séneca, al afirmar éste: me vuelvo más avaro, ambicioso, cruel e inhumano “porque estuve entre los hombres”. Visión que sus sucesores habrán de refrendar. Quevedo, al declarar: “creyendo lo peor, casi siempre se acierta”; Swift, al evidenciar la miseria humana aún antes que Balzac; Kant al aludir a la naturaleza tortuosa del ser humano; Proust, al reconocer que es la pena la que impulsa a las fuerzas del espíritu; Baroja, al ubicar al hombre “un milímetro por encima del mono cuando no un centímetro por debajo del cerdo”; Schopenhauer, al denunciar que la existencia humana es “una especie de error”; Lovecraft, al reconocer que estaba “bestialmente cansado de la humanidad y del mundo”; Salinger, al declararse asqueado de la conducta humana.

¿Pesimistas todos? Sí y no, porque algunos sí claudicarán y considerarán clausurado todo avance y progreso civilizatorio y de la condición humana por ser el mundo la morada del mal. Otros los habrá que atesorarán una secreta esperanza: aquélla que les hará denostar la bajeza humana, confiando que en algún momento la realidad podrá ser transformada, y existirán también los que odien al odio, la tortura, la maldad, la sevicia, el mal en todas sus manifestaciones, y su odio, desde cierto ángulo, será positivo.

\u0009Por otro lado, en cambio: insensibilidad y desamor tienen otro origen, porque lo subyaciente en la primera es, por lo regular, la psicopatía, mientras en el desamor nos encontramos frente a la ausencia de amor, el no-amor, y esto es peor que el “amor líquido” -evanescente- de Baumann, porque es peor que el odio. En éste hay, si cabe, cierta dosis vital, en aquél, esterilidad.

Por eso, cuando Wagner culpabiliza al desamor del naufragio civilizatorio, nos revela una verdad crucial: si se creía que nos habíamos perdido en el siglo XXI, estábamos equivocados, ya lo estábamos en pleno siglo XIX, pero entonces apenas vivíamos el inicio de la vorágine. Hoy estamos instalados en ella: somos presa del caos emocional y enfrentamos una severa crisis moral de larga data. Atravesamos por un momento coyuntural de fin de ciclo, sin que podamos advertir aún cuándo iniciará la nueva edad del hombre. Solo tenemos una certeza: el sello de esta etapa crítica tiene un nombre. Se llama desamor.

Hemos perdido la capacidad de amar al otro porque no sabemos cómo amarnos a nosotros mismos y la causa tal vez sea nuestra falta de valor. Gandhi lo dijo: “un cobarde es incapaz de mostrar amor: hacerlo está reservado para los valientes” y antes que él, Giacomo Facco y José de Nebra, desde 1728, lo habían anticipado, al dar vida a su ópera Amor aumenta el valor. Y todo obedece a una lógica elemental porque si hay un elemento que es el motor de la vida, ése es el amor y cuando el amor muere, la vida languidece.

Por eso cuando la humanidad no se ama a sí misma y cada vez está más lejos de la esencia verdadera del amor, está más cerca de su autodestrucción. De ahí que las nuevas generaciones deben ser educadas en el amor y no expuestas impiamente a la violencia aún antes de nacer, aprendiendo a aniquilarse antes que comprenderse. Y por eso también, solo el día que aprendamos a amar para ser mejores podremos aspirar, como diría Coelho, a construir un mundo mejor.

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@BettyZanolli


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