/ domingo 7 de julio de 2019

Arte y belleza ¿hasta dónde llegaremos?

Una de las grandes vías de acceso al conocimiento, es la que nos permite comprender un concepto desde su opuesto: si conozco la luz, reconozco la obscuridad, si sé lo que es el amor, identifico al desamor, si algo es bueno, comprendo lo que es malo y si algo me resulta bello, lo distinguiré de lo feo. Pareciera sencillo, pero no, todo es subjetivo y relativo. Qué mejor prueba que la belleza, uno de los temas más debatidos por la humanidad a lo largo de su historia y al que los griegos vincularon con otro concepto: el arte, integrando así un binomio que, al paso de los siglos, terminó escindiéndose: la belleza no solo se encontraba en el arte y el arte no siempre buscaba ser bello. Cada uno debía marchar por su propio sendero. Solo al final, cuando A. Baumgarten acuñó el término de “estética” hacia 1750 para denominar a la disciplina filosófica encargada de estudiar el conocimiento sensible de lo bello, aquél que crea y concibe la belleza a partir de su expresión en las obras de arte, terminó siendo reconocida como dual, al abarcar tanto al arte como a la belleza.

De hecho, en la antigua Grecia ni siquiera se usaban ambos vocablos, su origen fue latino y otros los elementos que sirvieron de fundamento para dar vida a los conceptos de téxne (técnica) y kalós (bello), sus equivalentes directos. Pitágoras por ejemplo, introdujo las nociones de armonía, orden, proporción matemática y simetría, de las cuales Heráclito escogió a la primera y la concibió como sinfonía, un producto de elementos opuestos inspirado en la naturaleza o, como plantearía Demócrito: la imitación de lo natural que surge de la inspiración. Sin embargo, los sofistas no tardarían en distinguir al arte de la naturaleza, al comprenderlo como un producto humano y a la naturaleza, como un ente independiente al hombre. Desde ese momento, el arte no sería algo azaroso ni casual sino resultado de la intencionalidad, pudiendo ser útil y agradable -reconocería Isócrates-, en tanto que la belleza sería aquello que produce placer a través del oído y la vista, con lo que dejaban abierta la posibilidad de que existiera algo que no lo produce.

Por primera vez surgía explícitamente el “opuesto” y tuvo lugar en el Dialexeis, texto que diserta sobre belleza y fealdad, lo que condujo a Sócrates a distinguir de entre las artes a las “bellas” y a sostener que, además de idealizar el arte a la naturaleza, no solo representa al cuerpo sino también al alma: idea-germen de la “belleza espiritual” por la que todo lo bueno -nos asegurará- deviene en hermoso. En lo sucesivo, Platón llevará esta idea al espacio cósmico y concluirá, con un dejo de inspiración pitagórica, que el arte debe respetar la medida y el orden de las leyes que rigen al mundo para poder ser justo y verdadero. Un arte falso, sin verdad, nunca podrá ser un buen arte, pues si el arte refleja la realidad que es accidental, termina siendo una aspiración de la verdad y la “verdad artística”, un ideal, como ideal también es la belleza. Al respecto, Aristóteles en la Retórica declarará que el valor del arte está dentro de sí (genus) y es cuando nos agrada que se revela la diferencia específica de su belleza, valiosa a su vez en sí.

Por eso el hombre lucha por la paz, porque lo hace por el amor a la belleza, siendo ésta y no la bestialidad, la que debe privar. No en balde los estoicos apuntarán: lo bello es bueno y el arte debe ser útil y tener un fin moral, por lo que un sabio puede ser bello moralmente, aunque sea físicamente repulsivo. Virtud interna que da hermosura al cuerpo y lo “consagra”. “Haz que tu mente y voluntad sean bellas y serás bello”, dirá Epicteto, mientras los Padres de la Iglesia, por la pankalía confirmarán: “el mundo natural es bello”, anticipando la corriente del amor por lo bello: kalofilía.

Sí: arte, belleza, bondad, fin, apariencia exterior, verdadera esencia interna: todo un cosmos por descubrir que el mundo clásico y medieval legó a la humanidad. No obstante, hoy sabemos que belleza y fealdad son categorías culturales que varían en lo individual y colectivo, de forma espontánea e impuesta, en el tiempo y el espacio, hasta el punto que ahora el arte huye, “aburrido”, de la belleza y de los cánones clásicos para refugiarse -como hubiera calificado K. Rosenkranz- en lo negativo, imperfecto, amorfo, asimétrico, desarmónico, incorrecto, deforme, vulgar, mezquino, vil, banal, burdo, repugnante, tosco, horrendo, insensato, nauseabundo, malo, espectral, diabólico y criminal.

Los héroes no son más apolíneos ni las heroínas afrodíticas: son monstruos grotescos, en su mayoría lamentables seres irreales cada vez más distantes del prototipo y esencia humanos. Las brujas de Macbeth fueron sibilas al gritar: “¡lo bello es feo y lo feo es bello!” y gusta no por opuesto sino por aberrante.

¿Hasta dónde llegará nuestra aschimofilia? Lo ignoro, pero es cierto que todos terminamos amando a nuestro símil.

bettyzanolli@gmail.com\u0009\u0009\u0009@BettyZanolli


Una de las grandes vías de acceso al conocimiento, es la que nos permite comprender un concepto desde su opuesto: si conozco la luz, reconozco la obscuridad, si sé lo que es el amor, identifico al desamor, si algo es bueno, comprendo lo que es malo y si algo me resulta bello, lo distinguiré de lo feo. Pareciera sencillo, pero no, todo es subjetivo y relativo. Qué mejor prueba que la belleza, uno de los temas más debatidos por la humanidad a lo largo de su historia y al que los griegos vincularon con otro concepto: el arte, integrando así un binomio que, al paso de los siglos, terminó escindiéndose: la belleza no solo se encontraba en el arte y el arte no siempre buscaba ser bello. Cada uno debía marchar por su propio sendero. Solo al final, cuando A. Baumgarten acuñó el término de “estética” hacia 1750 para denominar a la disciplina filosófica encargada de estudiar el conocimiento sensible de lo bello, aquél que crea y concibe la belleza a partir de su expresión en las obras de arte, terminó siendo reconocida como dual, al abarcar tanto al arte como a la belleza.

De hecho, en la antigua Grecia ni siquiera se usaban ambos vocablos, su origen fue latino y otros los elementos que sirvieron de fundamento para dar vida a los conceptos de téxne (técnica) y kalós (bello), sus equivalentes directos. Pitágoras por ejemplo, introdujo las nociones de armonía, orden, proporción matemática y simetría, de las cuales Heráclito escogió a la primera y la concibió como sinfonía, un producto de elementos opuestos inspirado en la naturaleza o, como plantearía Demócrito: la imitación de lo natural que surge de la inspiración. Sin embargo, los sofistas no tardarían en distinguir al arte de la naturaleza, al comprenderlo como un producto humano y a la naturaleza, como un ente independiente al hombre. Desde ese momento, el arte no sería algo azaroso ni casual sino resultado de la intencionalidad, pudiendo ser útil y agradable -reconocería Isócrates-, en tanto que la belleza sería aquello que produce placer a través del oído y la vista, con lo que dejaban abierta la posibilidad de que existiera algo que no lo produce.

Por primera vez surgía explícitamente el “opuesto” y tuvo lugar en el Dialexeis, texto que diserta sobre belleza y fealdad, lo que condujo a Sócrates a distinguir de entre las artes a las “bellas” y a sostener que, además de idealizar el arte a la naturaleza, no solo representa al cuerpo sino también al alma: idea-germen de la “belleza espiritual” por la que todo lo bueno -nos asegurará- deviene en hermoso. En lo sucesivo, Platón llevará esta idea al espacio cósmico y concluirá, con un dejo de inspiración pitagórica, que el arte debe respetar la medida y el orden de las leyes que rigen al mundo para poder ser justo y verdadero. Un arte falso, sin verdad, nunca podrá ser un buen arte, pues si el arte refleja la realidad que es accidental, termina siendo una aspiración de la verdad y la “verdad artística”, un ideal, como ideal también es la belleza. Al respecto, Aristóteles en la Retórica declarará que el valor del arte está dentro de sí (genus) y es cuando nos agrada que se revela la diferencia específica de su belleza, valiosa a su vez en sí.

Por eso el hombre lucha por la paz, porque lo hace por el amor a la belleza, siendo ésta y no la bestialidad, la que debe privar. No en balde los estoicos apuntarán: lo bello es bueno y el arte debe ser útil y tener un fin moral, por lo que un sabio puede ser bello moralmente, aunque sea físicamente repulsivo. Virtud interna que da hermosura al cuerpo y lo “consagra”. “Haz que tu mente y voluntad sean bellas y serás bello”, dirá Epicteto, mientras los Padres de la Iglesia, por la pankalía confirmarán: “el mundo natural es bello”, anticipando la corriente del amor por lo bello: kalofilía.

Sí: arte, belleza, bondad, fin, apariencia exterior, verdadera esencia interna: todo un cosmos por descubrir que el mundo clásico y medieval legó a la humanidad. No obstante, hoy sabemos que belleza y fealdad son categorías culturales que varían en lo individual y colectivo, de forma espontánea e impuesta, en el tiempo y el espacio, hasta el punto que ahora el arte huye, “aburrido”, de la belleza y de los cánones clásicos para refugiarse -como hubiera calificado K. Rosenkranz- en lo negativo, imperfecto, amorfo, asimétrico, desarmónico, incorrecto, deforme, vulgar, mezquino, vil, banal, burdo, repugnante, tosco, horrendo, insensato, nauseabundo, malo, espectral, diabólico y criminal.

Los héroes no son más apolíneos ni las heroínas afrodíticas: son monstruos grotescos, en su mayoría lamentables seres irreales cada vez más distantes del prototipo y esencia humanos. Las brujas de Macbeth fueron sibilas al gritar: “¡lo bello es feo y lo feo es bello!” y gusta no por opuesto sino por aberrante.

¿Hasta dónde llegará nuestra aschimofilia? Lo ignoro, pero es cierto que todos terminamos amando a nuestro símil.

bettyzanolli@gmail.com\u0009\u0009\u0009@BettyZanolli


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