/ domingo 12 de enero de 2020

Australia en llamas: dantesca lección

En la historia de la humanidad, grandes tragedias han ocurrido cuando alguno de los elementos sale de control. Sea el aire, el agua, el fuego o la tierra, la devastación que cualquiera produce puede llega a tener dimensiones apocalípticas.

En el caso del fuego, uno de los primeros grandes incendios ocurrió en Alejandría en 47 a.C. Siniestro que destruyó la más importante biblioteca de la antigüedad. En 64 d.C., Roma fue consumida tras una semana bajo las llamas. Incendio del que Nerón responsabilizó a los cristianos. En 1666, fue Londres la que sucumbió. Un fuego doméstico fue subestimado por las autoridades y, en unos cuantos días, la mayor parte de la ciudad quedó destruida. El 8 de octubre de 1871, Chicago fue arrasada por el fuego: la mayor parte de sus construcciones y calles era de madera. Una vaca, se dijo, había tirado una lámpara de aceite encendida en el establo. Ese mismo día otro feroz incendio ocurrió en Estados Unidos: en Wisconsin ardió Peshtigo junto con otros pueblos vecinos. Al año siguiente, Boston. En 1906, luego del gran terremoto que sacudió a San Francisco, un incendio lo redujo a cenizas. Su saldo: más de 3 mil muertos y de 25 mil construcciones destruidas. En 1923, Tokio tuvo el mismo destino: tras un poderoso sismo, el fuego se hizo presente. Murieron más de 142 mil personas y fueron destruidas más de medio millón de construcciones. En 1941, el centro de Santander fue reducido a cenizas por la combinación del fuego mal apagado de una chimenea y la acción eólica que lo avivó.

El factor común en todos ellos: fueron centros urbanos los afectados. Sin embargo, existen otros incendios de los que hasta ahora se comienza a tomar conciencia, en gran parte, por la devastación creciente que han alcanzado: los grandes incendios forestales. Hace meses, este tipo de incendios devoraron gran parte del Amazonas provocando una terrible tragedia ecológica. Por su parte, las Islas Canarias y el estado de California, se han visto consumidos cada vez con mayor frecuencia y fuerza por este tipo de fenómeno, pero la catástrofe que hoy en día sobrecoge al mundo tiene lugar en Australia.

Es verdad que sufrir grandes incendios no es algo nuevo en el devenir histórico australiano. En 1939 enfrentó los incendios del “viernes negro”, en 1983 los del “miércoles de ceniza” y, en lo que va del presente siglo, en 2009 el estado de Virginia y Melbourne, su capital, sufrieron los mayores incendios forestales de los que hasta ahora se tiene registro con 200 muertos, más de 500 heridos, 1,800 casas dañadas y una cifra superior a las 450 mil hectáreas (has) arrasadas. No obstante, los incendios iniciados en 2019 superan a todos. Sabemos que entre los factores naturales que propician su aparición se encuentran la elevación de la temperatura y la disminución de la humedad en el ambiente por debajo del 30%, además de la ocurrencia masiva de rayos y del aumento en la combustibilidad del aire. En 2009 la temperatura superó los registros históricos, pero ahora se alcanzaron nuevos máximos térmicos y los meteorólogos esperan un mayor incremento en las próximas semanas, lo que augura condiciones aún más críticas y proclives a la ignición. El cambio climático y la deforestación han pasado la factura, pero Australia enfrenta además el fenómeno denominado por los especialistas como tormentas ígneas o de fuego. Incendios que se avivan a sí mismos con el oxígeno, producidos a partir de columnas de aire caliente que se elevan a la tropósfera y al descender éstas producen focos ígneos secundarios, lo que los hace terriblemente agresivos con temperaturas superiores a los 2 000 grados centígrados, impredecibles al punto de generar vórtices y ser casi inextinguibles.

Cifras preliminares señalan que la catástrofe australiana ha cobrado la muerte de 24 personas y la de 800 millones de animales en Nueva Gales del Sur y 1,000 millones a nivel nacional, así como la destrucción de más de 10 millones de has. Las finales serán indudablemente superiores y por demás funestos sus efectos en la biodiversidad regional y en la biósfera. La pregunta es ¿podemos responsabilizar solo al cambio climático de esta tragedia colosal? En parte, pero hay otros factores. Uno es la negligencia humana: una colilla prendida de cigarro, un plástico, un trozo de vidrio bastan para iniciar, como efecto mariposa, un gran incendio forestal. Otro, alarmante, es que las autoridades han detenido ya a más de 200 pirómanos, adolescentes en su mayoría, algunos con tan solo 10 años de edad.

Sí, la lección que enseña Australia es dantesca. Las imágenes sobrecogen: la conciencia ecológica cultivada por su sociedad no bastó. No logró ser inmune al germen de la autodestrucción y si eso ocurre en su seno ¿qué puede esperar un país como el nuestro que tan solo en 2019 vio arrasadas cerca de 500 mil has? ¿Y el resto del mundo? ¿Acaso el hombre no podrá revertir ser el mayor depredador que ha existido sobre la faz de la Tierra?

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli


En la historia de la humanidad, grandes tragedias han ocurrido cuando alguno de los elementos sale de control. Sea el aire, el agua, el fuego o la tierra, la devastación que cualquiera produce puede llega a tener dimensiones apocalípticas.

En el caso del fuego, uno de los primeros grandes incendios ocurrió en Alejandría en 47 a.C. Siniestro que destruyó la más importante biblioteca de la antigüedad. En 64 d.C., Roma fue consumida tras una semana bajo las llamas. Incendio del que Nerón responsabilizó a los cristianos. En 1666, fue Londres la que sucumbió. Un fuego doméstico fue subestimado por las autoridades y, en unos cuantos días, la mayor parte de la ciudad quedó destruida. El 8 de octubre de 1871, Chicago fue arrasada por el fuego: la mayor parte de sus construcciones y calles era de madera. Una vaca, se dijo, había tirado una lámpara de aceite encendida en el establo. Ese mismo día otro feroz incendio ocurrió en Estados Unidos: en Wisconsin ardió Peshtigo junto con otros pueblos vecinos. Al año siguiente, Boston. En 1906, luego del gran terremoto que sacudió a San Francisco, un incendio lo redujo a cenizas. Su saldo: más de 3 mil muertos y de 25 mil construcciones destruidas. En 1923, Tokio tuvo el mismo destino: tras un poderoso sismo, el fuego se hizo presente. Murieron más de 142 mil personas y fueron destruidas más de medio millón de construcciones. En 1941, el centro de Santander fue reducido a cenizas por la combinación del fuego mal apagado de una chimenea y la acción eólica que lo avivó.

El factor común en todos ellos: fueron centros urbanos los afectados. Sin embargo, existen otros incendios de los que hasta ahora se comienza a tomar conciencia, en gran parte, por la devastación creciente que han alcanzado: los grandes incendios forestales. Hace meses, este tipo de incendios devoraron gran parte del Amazonas provocando una terrible tragedia ecológica. Por su parte, las Islas Canarias y el estado de California, se han visto consumidos cada vez con mayor frecuencia y fuerza por este tipo de fenómeno, pero la catástrofe que hoy en día sobrecoge al mundo tiene lugar en Australia.

Es verdad que sufrir grandes incendios no es algo nuevo en el devenir histórico australiano. En 1939 enfrentó los incendios del “viernes negro”, en 1983 los del “miércoles de ceniza” y, en lo que va del presente siglo, en 2009 el estado de Virginia y Melbourne, su capital, sufrieron los mayores incendios forestales de los que hasta ahora se tiene registro con 200 muertos, más de 500 heridos, 1,800 casas dañadas y una cifra superior a las 450 mil hectáreas (has) arrasadas. No obstante, los incendios iniciados en 2019 superan a todos. Sabemos que entre los factores naturales que propician su aparición se encuentran la elevación de la temperatura y la disminución de la humedad en el ambiente por debajo del 30%, además de la ocurrencia masiva de rayos y del aumento en la combustibilidad del aire. En 2009 la temperatura superó los registros históricos, pero ahora se alcanzaron nuevos máximos térmicos y los meteorólogos esperan un mayor incremento en las próximas semanas, lo que augura condiciones aún más críticas y proclives a la ignición. El cambio climático y la deforestación han pasado la factura, pero Australia enfrenta además el fenómeno denominado por los especialistas como tormentas ígneas o de fuego. Incendios que se avivan a sí mismos con el oxígeno, producidos a partir de columnas de aire caliente que se elevan a la tropósfera y al descender éstas producen focos ígneos secundarios, lo que los hace terriblemente agresivos con temperaturas superiores a los 2 000 grados centígrados, impredecibles al punto de generar vórtices y ser casi inextinguibles.

Cifras preliminares señalan que la catástrofe australiana ha cobrado la muerte de 24 personas y la de 800 millones de animales en Nueva Gales del Sur y 1,000 millones a nivel nacional, así como la destrucción de más de 10 millones de has. Las finales serán indudablemente superiores y por demás funestos sus efectos en la biodiversidad regional y en la biósfera. La pregunta es ¿podemos responsabilizar solo al cambio climático de esta tragedia colosal? En parte, pero hay otros factores. Uno es la negligencia humana: una colilla prendida de cigarro, un plástico, un trozo de vidrio bastan para iniciar, como efecto mariposa, un gran incendio forestal. Otro, alarmante, es que las autoridades han detenido ya a más de 200 pirómanos, adolescentes en su mayoría, algunos con tan solo 10 años de edad.

Sí, la lección que enseña Australia es dantesca. Las imágenes sobrecogen: la conciencia ecológica cultivada por su sociedad no bastó. No logró ser inmune al germen de la autodestrucción y si eso ocurre en su seno ¿qué puede esperar un país como el nuestro que tan solo en 2019 vio arrasadas cerca de 500 mil has? ¿Y el resto del mundo? ¿Acaso el hombre no podrá revertir ser el mayor depredador que ha existido sobre la faz de la Tierra?

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli


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