/ martes 16 de abril de 2019

Autonomía en riesgo

Esta semana la influyente revista The Economist —de corte neoliberal— dedica su portada a advertir del peligro en que se encuentra la autonomía de los bancos centrales en el mundo y considera que esto es una mala noticia. Empero, sus argumentos en defensa de la autonomía de estas instituciones son poco convincentes; parten de la idea de que el aumento de la independencia de tales bancos ha sido positivo.

Acusa a los políticos de los 70’s de manipular las tasas de interés para incrementar su popularidad, pero oculta que el manejo discrecional de dichas tasas es un acto político que debería estar sujeto a un control democrático, lo cual no ocurre cuando los círculos financieros actúan por su cuenta; en ellos la manipulación de las tasas no obedece necesariamente a las condiciones de la economía real, por más que así lo afirmen los tecnócratas. La determinación de las tasas es una decisión “política” pues implica el ejercicio de un poder. La cuestión es a quién favorece ese poder. Quizás, con irresponsabilidad, los dirigentes de una nación incurran en la tentación de imprimir dinero sin sustento, pero también los bancos centrales autónomos de los países poderosos hacen lo mismo, como ha ocurrido a partir de la crisis de 2008.

Tal crisis muestra que los años de autonomía bancaria no se han caracterizado por la estabilidad económica. La revista argumenta que la inflación se ha mantenido estable, pero no toma en cuenta los efectos devastadores de esa y otras crisis ocurridas durante dicho periodo, que no solamente generaron graves distorsiones en la economía planetaria sino también produjeron una gran intensificación de la desigualdad.

Es el crecimiento de la diferencia entre los pocos que tienen muchísimo y las grandes mayorías marginadas lo que ha producido un incremento de la popularidad de líderes auténticamente comprometidos con el destino de sus pueblos a los que la revista, con despreció, llama “populistas”, quienes responden a la desesperación de los electores desorientados porque las decisiones económicas escapan al poder de las autoridades que eligen democráticamente y se toman en áreas financieras, ajenas al control de los gobiernos, a las que se encuentran vinculados los bancos centrales, siempre inclinados hacia los intereses financieros globales.

Una clara muestra de esta connivencia es el caso de Mario Draghi, cuya carrera ultraneoliberal siempre ha favorecido al gran capital. Él fue artífice de las más importantes privatizaciones de empresas públicas italianas; tuvo cargos en el Ministerio del Tesoro de ese país, fue director ejecutivo del Banco Mundial y luego vicepresidente de Goldman Sachs para Europa, típico ejemplo de la puerta giratoria por la cual los altos ejecutivos financieros se mueven del sector privado al público y viceversa. Se le acusa de que estando en Goldman Sachs ayudó a ocultar el déficit griego que condujo a la grave crisis de deuda en ese país y, pese a ese antecedente, hoy preside el Banco Central Europeo en donde propició la denominada “expansión monetaria” que no es otra cosa que emisión de billetes.

Dice The Economist que en los últimos 25 años, miles de millones de personas han crecido con una inflación estable y con la idea de que los intereses de sus depósitos bancarios e hipotecas están bajo control. Nada más falso. Millones de familias perdieron ahorros, empleos y hogares por la irresponsabilidad de las empresas calificadoras y de los banqueros dominados por la codicia, que no rinden cuentas a nadie.

Se dice que la autonomía de los bancos centrales está amenazada por la confluencia del populismo, el nacionalismo y fuerzas económicas que buscan la politización de la política monetaria. Se equivocan los analistas porque no es el “populismo” la causa de la amenaza contra la autonomía, sino la autonomía y otras políticas neoliberales son los factores que han propiciado la reacción populista —que tanto les molesta— así como el nacionalismo y la idea de que la política monetaria debe ser un asunto de los gobiernos democráticamente electos. Finalmente, se trata de una política que puede estar en manos de personas vinculadas al interés de los grandes grupos económicos del mundo, o de los dirigentes que representan los intereses de su población.

En el artículo se reconoce que el récord de los bancos centrales “no es perfecto”, eufemismo muy condescendiente que no corresponde a lo sucedido en la realidad. Tales bancos controlan un gran portafolio de bonos gubernamentales y lo cierto es que no han seguido una política rígida, como sostiene la publicación, pues los que tienen el verdadero control de la economía mundial como la Fed en los Estados Unidos, el Banco Central Europeo y el Banco Central de Japón se han dedicado a la emisión de moneda, mientras que a los países de menor desarrollo se les impide acudir a esa práctica que, empleada de manera responsable, puede ser útil para lograr un desarrollo equilibrado que mejore las condiciones de vida de la gente.

eduardoandrade1948@gmail.com

Esta semana la influyente revista The Economist —de corte neoliberal— dedica su portada a advertir del peligro en que se encuentra la autonomía de los bancos centrales en el mundo y considera que esto es una mala noticia. Empero, sus argumentos en defensa de la autonomía de estas instituciones son poco convincentes; parten de la idea de que el aumento de la independencia de tales bancos ha sido positivo.

Acusa a los políticos de los 70’s de manipular las tasas de interés para incrementar su popularidad, pero oculta que el manejo discrecional de dichas tasas es un acto político que debería estar sujeto a un control democrático, lo cual no ocurre cuando los círculos financieros actúan por su cuenta; en ellos la manipulación de las tasas no obedece necesariamente a las condiciones de la economía real, por más que así lo afirmen los tecnócratas. La determinación de las tasas es una decisión “política” pues implica el ejercicio de un poder. La cuestión es a quién favorece ese poder. Quizás, con irresponsabilidad, los dirigentes de una nación incurran en la tentación de imprimir dinero sin sustento, pero también los bancos centrales autónomos de los países poderosos hacen lo mismo, como ha ocurrido a partir de la crisis de 2008.

Tal crisis muestra que los años de autonomía bancaria no se han caracterizado por la estabilidad económica. La revista argumenta que la inflación se ha mantenido estable, pero no toma en cuenta los efectos devastadores de esa y otras crisis ocurridas durante dicho periodo, que no solamente generaron graves distorsiones en la economía planetaria sino también produjeron una gran intensificación de la desigualdad.

Es el crecimiento de la diferencia entre los pocos que tienen muchísimo y las grandes mayorías marginadas lo que ha producido un incremento de la popularidad de líderes auténticamente comprometidos con el destino de sus pueblos a los que la revista, con despreció, llama “populistas”, quienes responden a la desesperación de los electores desorientados porque las decisiones económicas escapan al poder de las autoridades que eligen democráticamente y se toman en áreas financieras, ajenas al control de los gobiernos, a las que se encuentran vinculados los bancos centrales, siempre inclinados hacia los intereses financieros globales.

Una clara muestra de esta connivencia es el caso de Mario Draghi, cuya carrera ultraneoliberal siempre ha favorecido al gran capital. Él fue artífice de las más importantes privatizaciones de empresas públicas italianas; tuvo cargos en el Ministerio del Tesoro de ese país, fue director ejecutivo del Banco Mundial y luego vicepresidente de Goldman Sachs para Europa, típico ejemplo de la puerta giratoria por la cual los altos ejecutivos financieros se mueven del sector privado al público y viceversa. Se le acusa de que estando en Goldman Sachs ayudó a ocultar el déficit griego que condujo a la grave crisis de deuda en ese país y, pese a ese antecedente, hoy preside el Banco Central Europeo en donde propició la denominada “expansión monetaria” que no es otra cosa que emisión de billetes.

Dice The Economist que en los últimos 25 años, miles de millones de personas han crecido con una inflación estable y con la idea de que los intereses de sus depósitos bancarios e hipotecas están bajo control. Nada más falso. Millones de familias perdieron ahorros, empleos y hogares por la irresponsabilidad de las empresas calificadoras y de los banqueros dominados por la codicia, que no rinden cuentas a nadie.

Se dice que la autonomía de los bancos centrales está amenazada por la confluencia del populismo, el nacionalismo y fuerzas económicas que buscan la politización de la política monetaria. Se equivocan los analistas porque no es el “populismo” la causa de la amenaza contra la autonomía, sino la autonomía y otras políticas neoliberales son los factores que han propiciado la reacción populista —que tanto les molesta— así como el nacionalismo y la idea de que la política monetaria debe ser un asunto de los gobiernos democráticamente electos. Finalmente, se trata de una política que puede estar en manos de personas vinculadas al interés de los grandes grupos económicos del mundo, o de los dirigentes que representan los intereses de su población.

En el artículo se reconoce que el récord de los bancos centrales “no es perfecto”, eufemismo muy condescendiente que no corresponde a lo sucedido en la realidad. Tales bancos controlan un gran portafolio de bonos gubernamentales y lo cierto es que no han seguido una política rígida, como sostiene la publicación, pues los que tienen el verdadero control de la economía mundial como la Fed en los Estados Unidos, el Banco Central Europeo y el Banco Central de Japón se han dedicado a la emisión de moneda, mientras que a los países de menor desarrollo se les impide acudir a esa práctica que, empleada de manera responsable, puede ser útil para lograr un desarrollo equilibrado que mejore las condiciones de vida de la gente.

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