/ miércoles 10 de marzo de 2021

Centro de Barrio | Contractualismo y monumentos

La filosofía política de los últimos siglos fue marcada por el contractualismo, la lógica de que hubo un acuerdo inicial entre las personas para encabezar un pacto social que diera lugar al Estado. De manera muy resumida podemos recuperar a Hobbes, donde este contrato social se refiere a la protección de la vida; o a Locke, donde se busca garantizar el derecho a la propiedad.

Esta semana vimos un impresionante blindaje del Palacio Nacional, como respuesta preventiva a las manifestaciones del 8 de marzo, con motivo del Día de la Mujer. La policía lanzó gases, golpeó, reprimió, el gobierno amedrentó desde la azotea de Palacio Nacional, aunque lo nieguen, con la sola intención de desprestigiar y contener al feminismo.

En los últimos años, durante distintas protestas contra la violencia hacia las mujeres, algunas expresiones se han desbordado dañando monumentos históricos. En la reflexión de nuestro tiempo, sabemos que es más importante cuidar a las mujeres que a los monumentos. Sin embargo, las expresiones sobre éstos, terminan siendo una imagen muy fuerte que ayuda a empoderar al movimiento feminista. Lo mismo está ocurriendo, desde hace 25 viernes, con los #viernesdefuria: es más importante defender las vidas de ciclistas, que los parabrisas de automóviles de agresores.

No obstante, pongo dos ideas sobre la mesa: de un lado, la teoría de las ventanas rotas, donde es más probable que un espacio ya vulnerado, digamos con vidrios rotos, sea vulnerado de nuevo; del otro, cuál sería el límite en las expresiones, porque la pintura de aerosol no lo es.

Si ponemos énfasis en lo más urgente, las políticas públicas deben contener y revertir las condiciones de violencia prevalecientes en nuestro país; la violencia contra las mujeres, de manera especial. Pero si esto no ocurre en un lapso breve de tiempo, es posible que, lejos de reducir violencia, la confrontación la incremente. Esto nos hace recuperar las posturas contractualistas: los acuerdos en una sociedad son la conformación del contrato social.

La constitución de 1917 es la expresión de los revolucionarios mismos, pero también de las manifestaciones civiles que ocurrían en las ciudades: la reivindicación por la tierra fue un movimiento armado, pero el movimiento laboral no lo fue. Al final ambos convergieron en un pacto social que fue pacificando al país. Cuando esto se logró, quizá hasta la derrota de la Rebelión del General Escobar, el 3 de marzo de 1929, el Estado Mexicano marcó claramente los límites de la participación civil.

La forma en que fue amurallado Palacio Nacional pareciera la reexpresión de esos límites a la Rebelión Escobarista, como si ya hubiera un acuerdo estable; el nivel de violencia contra las mujeres y su insurgencia demuestran que esto no es así. Nuestro contrato social centenario está resquebrajado hace ya varios años. Se necesita un nuevo acuerdo que no sólo fortalezca la participación de las mujeres mediante acciones afirmativas, sino que, como en el Contrato Social en Thomas Hobbes, el monstruo leviatánico garantice su vida y su integridad física.

La filosofía política de los últimos siglos fue marcada por el contractualismo, la lógica de que hubo un acuerdo inicial entre las personas para encabezar un pacto social que diera lugar al Estado. De manera muy resumida podemos recuperar a Hobbes, donde este contrato social se refiere a la protección de la vida; o a Locke, donde se busca garantizar el derecho a la propiedad.

Esta semana vimos un impresionante blindaje del Palacio Nacional, como respuesta preventiva a las manifestaciones del 8 de marzo, con motivo del Día de la Mujer. La policía lanzó gases, golpeó, reprimió, el gobierno amedrentó desde la azotea de Palacio Nacional, aunque lo nieguen, con la sola intención de desprestigiar y contener al feminismo.

En los últimos años, durante distintas protestas contra la violencia hacia las mujeres, algunas expresiones se han desbordado dañando monumentos históricos. En la reflexión de nuestro tiempo, sabemos que es más importante cuidar a las mujeres que a los monumentos. Sin embargo, las expresiones sobre éstos, terminan siendo una imagen muy fuerte que ayuda a empoderar al movimiento feminista. Lo mismo está ocurriendo, desde hace 25 viernes, con los #viernesdefuria: es más importante defender las vidas de ciclistas, que los parabrisas de automóviles de agresores.

No obstante, pongo dos ideas sobre la mesa: de un lado, la teoría de las ventanas rotas, donde es más probable que un espacio ya vulnerado, digamos con vidrios rotos, sea vulnerado de nuevo; del otro, cuál sería el límite en las expresiones, porque la pintura de aerosol no lo es.

Si ponemos énfasis en lo más urgente, las políticas públicas deben contener y revertir las condiciones de violencia prevalecientes en nuestro país; la violencia contra las mujeres, de manera especial. Pero si esto no ocurre en un lapso breve de tiempo, es posible que, lejos de reducir violencia, la confrontación la incremente. Esto nos hace recuperar las posturas contractualistas: los acuerdos en una sociedad son la conformación del contrato social.

La constitución de 1917 es la expresión de los revolucionarios mismos, pero también de las manifestaciones civiles que ocurrían en las ciudades: la reivindicación por la tierra fue un movimiento armado, pero el movimiento laboral no lo fue. Al final ambos convergieron en un pacto social que fue pacificando al país. Cuando esto se logró, quizá hasta la derrota de la Rebelión del General Escobar, el 3 de marzo de 1929, el Estado Mexicano marcó claramente los límites de la participación civil.

La forma en que fue amurallado Palacio Nacional pareciera la reexpresión de esos límites a la Rebelión Escobarista, como si ya hubiera un acuerdo estable; el nivel de violencia contra las mujeres y su insurgencia demuestran que esto no es así. Nuestro contrato social centenario está resquebrajado hace ya varios años. Se necesita un nuevo acuerdo que no sólo fortalezca la participación de las mujeres mediante acciones afirmativas, sino que, como en el Contrato Social en Thomas Hobbes, el monstruo leviatánico garantice su vida y su integridad física.

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