/ miércoles 11 de noviembre de 2020

Centro de Barrio | ¿De quién son los muertos?

La muerte en las calles es algo tan cotidiano en México como lo han sido en los últimos años la muerte por la violencia delincuencial. Mientras más muertes, más indiferentes nos volvemos.

La postura ética es muy simple: nadie debe morir por incidentes viales, ni sufrir lesiones permanentes. Aún así, esa postura reconoce que el error humano existe, y por tanto, como sociedad debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para lograr la seguridad vial: mejores vehículos, mejores reglas, mejores calles, antes que buscar culpables individuales.

A lo largo de la siniestra historia del automóvil han muerto en el planeta millones de personas. Nuestro país contribuye anualmente con unos 17 mil muertos y nuestra ciudad con cerca de mil. A esta cifra hay que sumarle amputaciones, cicatrices y discapacidades.

En los últimos años ha crecido el activismo por la Seguridad Vial. Una parte de este activismo viene de personas y organizaciones dedicadas técnicamente a ello. Pero otra parte, la más importante, viene de familiares cercanos a las víctimas. Los testimonios son durísimos, muchas veces jóvenes con un futuro promisorio vieron truncada su vida más que por conductores irresponsables, por un sistema que ha permitido que todo esto suceda.

Con frecuencia vemos cómo se buscan culpables con ligereza, y muchas veces el veredicto inexperto pone todas las culpas en la víctima, o en su defecto en un conductor que es parte de una circunstancia: un jovencito sin licencia que conducía alcoholizado un auto deportivo o un microbús con un diseño no pensado en la seguridad de las personas. Todos los elementos interactúan en contra de la víctima.

Si revisamos las muertes viales con la perspectiva de un sistema, nos daremos cuenta de que hay patrones que se repiten, lo cual nos exige mirar por la causa raíz, antes que andar encarcelando, por ejemplo, a un futbolista en sus mejores años que interrumpió la vida de unos recién casados. No hay reparación del daño, hay tres familias destrozadas, en el caso de un accidente que ocurrió en Guadalajara en junio de 2019.

Todos los muertos son sólo una estadística, a no ser que su muerte deje algo más. La reciente reforma constitucional que crea el derecho a la movilidad lleva la inspiración de esos padres, hermanos, tíos, amigos de los que no debieron irse en un accidente.

Las muertes no deben utilizarse para hacer política, pero sí para hacer políticas públicas. Cada muerte, de peatones, de ciclistas, de pasajeros de transporte público y privado, nos puede decir mucho de qué ocurrió y qué deberíamos hacer para prevenir. Las condiciones repetidas en los incidentes, por lugar o circunstancia, nos hablan tanto del problema como de las soluciones.

Esquinas de avenidas con 5 o 6 carriles con avenidas igual de anchas tienden a repetir sus incidentes. Podemos culpar a los ocupantes, pero sin duda seguirán ocurriendo los mismos tipos de colisiones, unas con más daños que otras, unas sin lesionados otras con lesiones y muertes. A partir de la memoria de las víctimas debemos detonar las transformaciones, de lo contrario, serán sólo un número.

Nos guste o no nos guste, los muertos en incidentes viales pertenecen a nuestro futuro, si es que no queremos repetir nuestro trágico presente.

La muerte en las calles es algo tan cotidiano en México como lo han sido en los últimos años la muerte por la violencia delincuencial. Mientras más muertes, más indiferentes nos volvemos.

La postura ética es muy simple: nadie debe morir por incidentes viales, ni sufrir lesiones permanentes. Aún así, esa postura reconoce que el error humano existe, y por tanto, como sociedad debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para lograr la seguridad vial: mejores vehículos, mejores reglas, mejores calles, antes que buscar culpables individuales.

A lo largo de la siniestra historia del automóvil han muerto en el planeta millones de personas. Nuestro país contribuye anualmente con unos 17 mil muertos y nuestra ciudad con cerca de mil. A esta cifra hay que sumarle amputaciones, cicatrices y discapacidades.

En los últimos años ha crecido el activismo por la Seguridad Vial. Una parte de este activismo viene de personas y organizaciones dedicadas técnicamente a ello. Pero otra parte, la más importante, viene de familiares cercanos a las víctimas. Los testimonios son durísimos, muchas veces jóvenes con un futuro promisorio vieron truncada su vida más que por conductores irresponsables, por un sistema que ha permitido que todo esto suceda.

Con frecuencia vemos cómo se buscan culpables con ligereza, y muchas veces el veredicto inexperto pone todas las culpas en la víctima, o en su defecto en un conductor que es parte de una circunstancia: un jovencito sin licencia que conducía alcoholizado un auto deportivo o un microbús con un diseño no pensado en la seguridad de las personas. Todos los elementos interactúan en contra de la víctima.

Si revisamos las muertes viales con la perspectiva de un sistema, nos daremos cuenta de que hay patrones que se repiten, lo cual nos exige mirar por la causa raíz, antes que andar encarcelando, por ejemplo, a un futbolista en sus mejores años que interrumpió la vida de unos recién casados. No hay reparación del daño, hay tres familias destrozadas, en el caso de un accidente que ocurrió en Guadalajara en junio de 2019.

Todos los muertos son sólo una estadística, a no ser que su muerte deje algo más. La reciente reforma constitucional que crea el derecho a la movilidad lleva la inspiración de esos padres, hermanos, tíos, amigos de los que no debieron irse en un accidente.

Las muertes no deben utilizarse para hacer política, pero sí para hacer políticas públicas. Cada muerte, de peatones, de ciclistas, de pasajeros de transporte público y privado, nos puede decir mucho de qué ocurrió y qué deberíamos hacer para prevenir. Las condiciones repetidas en los incidentes, por lugar o circunstancia, nos hablan tanto del problema como de las soluciones.

Esquinas de avenidas con 5 o 6 carriles con avenidas igual de anchas tienden a repetir sus incidentes. Podemos culpar a los ocupantes, pero sin duda seguirán ocurriendo los mismos tipos de colisiones, unas con más daños que otras, unas sin lesionados otras con lesiones y muertes. A partir de la memoria de las víctimas debemos detonar las transformaciones, de lo contrario, serán sólo un número.

Nos guste o no nos guste, los muertos en incidentes viales pertenecen a nuestro futuro, si es que no queremos repetir nuestro trágico presente.