/ miércoles 16 de junio de 2021

Centro de Barrio | La Divina Progresía

Habiendo transcurrido más de 200 años de aquella máxima de Voltaire de “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a expresarlo”, parece que en nuestra sociedad hemos aprendido poco, porque hay temas que al volverse políticamente correctos no dan cabida a ninguna discusión. Son tabúes.

Si bien es cierto que los derechos son inherentes a la persona, en realidad se llega a ellos como una conquista, una deliberación de la colectividad los construye. Los derechos nunca han sido el sitio absoluto que nos prometía “el último hombre” de Nietzsche.

Mientras algunos países europeos discutían la universalidad de los derechos, en sus territorios de ultramar se practicaba la esclavitud. La conformación de las primeras repúblicas de la era moderna no consideró el voto de las mujeres. Esto significa que en múltiples latitudes se reunieron en los parlamentos decenas de hombres para deliberar la procedencia o no del voto de las mujeres.

Hoy todavía hay quienes se escandalizan cuando dos mujeres o dos hombres se besan en público. Es un acto de intolerancia, sin embargo el juicio a los intolerantes no considera contextos. Probablemente más de la mitad de la población ha sido formada con una perspectiva del mundo que rechaza las relaciones sexuales extramaritales, la homosexualidad, el aborto y el consumo de mariguana.

Conozco una personita de ocho años que nació varón, pero le gustan las muñecas. Cuando en su escuela pedían separar a niñas y niños se formaba con las niñas. La última vez que la vi ya lucía un corte de pelo femenino. No necesita tener 18 años para expresar su identidad. Entra en el concepto de “infancia trans” y su realidad impone retos enormes para ella y sus papás. En fechas recientes se han puesto sobre la mesa iniciativas, por ejemplo, relativas a la información que deben contener las Actas de Nacimiento en estos casos. ¿Cuál es la discusión posible si en los extremos tenemos unas personas acusando “homofobia” y a otros “ideología de género”? No hay espacio deliberativo.

Estoy convencido de que las mujeres deben poder decidir sobre su cuerpo, sin embargo, también en estos temas hallamos confrontación, pues mientras unos defienden el derecho de ellas, otros asumen que defienden los derechos de los no nacidos.

Al final, todas estas discusiones están centradas en sus etiquetas. A la Divina Progresía le encanta usar adjetivos para referirse a las posiciones más conservadoras, como si la conformación de los derechos fuera una solución binaria y no una serie de conquistas de muchos grupos de la población.

Como redactor de la Carta Mexicana de los Derechos del Peatón, bien podría estigmatizar a quien no coincida con nuestra perspectiva de reconstruir las ciudades en torno a las personas y no las máquinas. En realidad, me asumo como evangelizador en el tema peatonal, y creo que ese debería ser el rol de quienes promovemos cambios progresistas.

Toda la perspectiva de conquistar cada día más y más derechos tendrá como límite la reversión de muchos de ellos, si no entendemos las deliberaciones como un diálogo, como una construcción colectiva frente a personas que provienen de múltiples realidades, incluyendo a quienes vienen de familias conservadoras y religiosas.

Siendo progresista, veo en “la Divina Progresía” una gran intolerancia, que está lejos de construir un cambio profundo.

Habiendo transcurrido más de 200 años de aquella máxima de Voltaire de “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a expresarlo”, parece que en nuestra sociedad hemos aprendido poco, porque hay temas que al volverse políticamente correctos no dan cabida a ninguna discusión. Son tabúes.

Si bien es cierto que los derechos son inherentes a la persona, en realidad se llega a ellos como una conquista, una deliberación de la colectividad los construye. Los derechos nunca han sido el sitio absoluto que nos prometía “el último hombre” de Nietzsche.

Mientras algunos países europeos discutían la universalidad de los derechos, en sus territorios de ultramar se practicaba la esclavitud. La conformación de las primeras repúblicas de la era moderna no consideró el voto de las mujeres. Esto significa que en múltiples latitudes se reunieron en los parlamentos decenas de hombres para deliberar la procedencia o no del voto de las mujeres.

Hoy todavía hay quienes se escandalizan cuando dos mujeres o dos hombres se besan en público. Es un acto de intolerancia, sin embargo el juicio a los intolerantes no considera contextos. Probablemente más de la mitad de la población ha sido formada con una perspectiva del mundo que rechaza las relaciones sexuales extramaritales, la homosexualidad, el aborto y el consumo de mariguana.

Conozco una personita de ocho años que nació varón, pero le gustan las muñecas. Cuando en su escuela pedían separar a niñas y niños se formaba con las niñas. La última vez que la vi ya lucía un corte de pelo femenino. No necesita tener 18 años para expresar su identidad. Entra en el concepto de “infancia trans” y su realidad impone retos enormes para ella y sus papás. En fechas recientes se han puesto sobre la mesa iniciativas, por ejemplo, relativas a la información que deben contener las Actas de Nacimiento en estos casos. ¿Cuál es la discusión posible si en los extremos tenemos unas personas acusando “homofobia” y a otros “ideología de género”? No hay espacio deliberativo.

Estoy convencido de que las mujeres deben poder decidir sobre su cuerpo, sin embargo, también en estos temas hallamos confrontación, pues mientras unos defienden el derecho de ellas, otros asumen que defienden los derechos de los no nacidos.

Al final, todas estas discusiones están centradas en sus etiquetas. A la Divina Progresía le encanta usar adjetivos para referirse a las posiciones más conservadoras, como si la conformación de los derechos fuera una solución binaria y no una serie de conquistas de muchos grupos de la población.

Como redactor de la Carta Mexicana de los Derechos del Peatón, bien podría estigmatizar a quien no coincida con nuestra perspectiva de reconstruir las ciudades en torno a las personas y no las máquinas. En realidad, me asumo como evangelizador en el tema peatonal, y creo que ese debería ser el rol de quienes promovemos cambios progresistas.

Toda la perspectiva de conquistar cada día más y más derechos tendrá como límite la reversión de muchos de ellos, si no entendemos las deliberaciones como un diálogo, como una construcción colectiva frente a personas que provienen de múltiples realidades, incluyendo a quienes vienen de familias conservadoras y religiosas.

Siendo progresista, veo en “la Divina Progresía” una gran intolerancia, que está lejos de construir un cambio profundo.

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