/ jueves 2 de julio de 2020

Centro de Barrio | Ocho apellidos mexicanos

Hay un par de películas maravillosamente simpáticas, Ocho apellidos vascos y Ocho apellidos catalanes. El director, Emilio Martínez-Lázaro, se burla de una manera de las obsesiones regionalistas de España: un andaluz que trata de simular un origen vasco, para conquistar a una digna heredera de una estirpe de ocho apellidos, en tres generaciones vascas.

De pronto repaso entre mis propios apellidos y me doy cuenta de que si bien el único extranjero que conozco en mi árbol genealógico es mi tatarabuelo, Clemènt Remes, tengo siete apellidos europeos con escasa participación en la extinta Sección Blanca y uno con mediana frecuencia.

Habiendo estudiado en la licenciatura en una universidad pública, mis apellidos me identificaban: “el del apellido acá” dijo alguna maestra. Según yo, jamás me dieron ventaja, pues siempre fui de los mejores estudiantes y el mejor promedio de mi generación.

Nadie esperaría que yo caminara todas las noches, solo, por el barrio contiguo a la UAM Iztapalapa para tomar un Ruta 100 que salía más barato que las combis que partían de la puerta de la escuela. Sé que mi piel, las relaciones de mi familia, y otros factores me pudieron abrir puertas. De hecho, mi padre, muerto cinco años antes que yo entrara a la universidad, me heredó buenas amistades. Entre ellas Julio Camelo, un político que falleció recién, muy querido, una especie de padrino en mi vida profesional. Sé que esto sí me dio una posición de privilegio frente a otras personas de mi edad, sin apellidos “rimbombantes” y sin el entorno cultural en el que crecí.

De pronto, a un año de cumplir el medio siglo, me doy cuenta de que mis ambiciones políticas podrían estar llegando a su fin. Quienes me conocen saben que quiero estar, alguna vez, en la boleta para Jefe de Gobierno, y quiero hacerlo más que para ganar, para fijar sinsabores en la agenda, para rechazar las propuestas de fácil aplauso y exigir la planeación centrada en criterios básicos de convivencia y desarrollo.

Soy tan adverso a “régimen” que creo pertenecer a la oposición “moralmente derrotada” y esto podría durar las décadas que me restan de vida. Además, ahora vivimos otros tiempos. Soy hombre, heterosexual y blanco, la modita de corregir todo a conveniencia ha llegado, es hora de cuestionar el clasismo con estigmas y no con políticas públicas.

Nunca he sido rico y eso me ha frenado mi carrera política. Cuando me hablan de privilegios me río. Sin duda los he tenido, pero eso no quita que haya andado cuesta arriba.

Este 30 de junio se cumplieron 500 años de la derrota de Hernán Cortés. Añorando su tierra, a su gente, humillado, lloró bajo el árbol de Popotla. Ese español era un invasor en 1520, pero hoy es nuestro ancestro. La sombra de ese ahuehuete no debiera estar reservada para la derrota de ninguna persona mexicana.

Reflexiono lo que soy, lo que como, lo que escucho, lo que miro y lo que admiro. Soy tan mexicano como todos los mexicanos, tan mestizo, que rechazo la obsesión por la pureza. Aún hay mucho por hacer para integrarnos, para mirarnos como iguales, pero jamás aceptaré que mediante discursos neohitlerianos que emanan desde el poder se quiera imponer el rechazo a las personas por su apariencia, cualquiera que sea esta.

Hay un par de películas maravillosamente simpáticas, Ocho apellidos vascos y Ocho apellidos catalanes. El director, Emilio Martínez-Lázaro, se burla de una manera de las obsesiones regionalistas de España: un andaluz que trata de simular un origen vasco, para conquistar a una digna heredera de una estirpe de ocho apellidos, en tres generaciones vascas.

De pronto repaso entre mis propios apellidos y me doy cuenta de que si bien el único extranjero que conozco en mi árbol genealógico es mi tatarabuelo, Clemènt Remes, tengo siete apellidos europeos con escasa participación en la extinta Sección Blanca y uno con mediana frecuencia.

Habiendo estudiado en la licenciatura en una universidad pública, mis apellidos me identificaban: “el del apellido acá” dijo alguna maestra. Según yo, jamás me dieron ventaja, pues siempre fui de los mejores estudiantes y el mejor promedio de mi generación.

Nadie esperaría que yo caminara todas las noches, solo, por el barrio contiguo a la UAM Iztapalapa para tomar un Ruta 100 que salía más barato que las combis que partían de la puerta de la escuela. Sé que mi piel, las relaciones de mi familia, y otros factores me pudieron abrir puertas. De hecho, mi padre, muerto cinco años antes que yo entrara a la universidad, me heredó buenas amistades. Entre ellas Julio Camelo, un político que falleció recién, muy querido, una especie de padrino en mi vida profesional. Sé que esto sí me dio una posición de privilegio frente a otras personas de mi edad, sin apellidos “rimbombantes” y sin el entorno cultural en el que crecí.

De pronto, a un año de cumplir el medio siglo, me doy cuenta de que mis ambiciones políticas podrían estar llegando a su fin. Quienes me conocen saben que quiero estar, alguna vez, en la boleta para Jefe de Gobierno, y quiero hacerlo más que para ganar, para fijar sinsabores en la agenda, para rechazar las propuestas de fácil aplauso y exigir la planeación centrada en criterios básicos de convivencia y desarrollo.

Soy tan adverso a “régimen” que creo pertenecer a la oposición “moralmente derrotada” y esto podría durar las décadas que me restan de vida. Además, ahora vivimos otros tiempos. Soy hombre, heterosexual y blanco, la modita de corregir todo a conveniencia ha llegado, es hora de cuestionar el clasismo con estigmas y no con políticas públicas.

Nunca he sido rico y eso me ha frenado mi carrera política. Cuando me hablan de privilegios me río. Sin duda los he tenido, pero eso no quita que haya andado cuesta arriba.

Este 30 de junio se cumplieron 500 años de la derrota de Hernán Cortés. Añorando su tierra, a su gente, humillado, lloró bajo el árbol de Popotla. Ese español era un invasor en 1520, pero hoy es nuestro ancestro. La sombra de ese ahuehuete no debiera estar reservada para la derrota de ninguna persona mexicana.

Reflexiono lo que soy, lo que como, lo que escucho, lo que miro y lo que admiro. Soy tan mexicano como todos los mexicanos, tan mestizo, que rechazo la obsesión por la pureza. Aún hay mucho por hacer para integrarnos, para mirarnos como iguales, pero jamás aceptaré que mediante discursos neohitlerianos que emanan desde el poder se quiera imponer el rechazo a las personas por su apariencia, cualquiera que sea esta.