/ miércoles 26 de agosto de 2020

Centro de Barrio | Tumbar a Lenin

Entre 1989, que cayó el Muro de Berlín, y 1991, que se desmanteló la Unión Soviética, comenzaron a caer estatuas de Vladimir Lenin, que incluso perdió su nombre en la segunda ciudad más importante de Rusia. En mi cabeza tengo la imagen de decenas de ciudadanos jalando cuerdas para derribar a cada Lenin, como representante de todo lo que estuvo mal hecho por el socialismo real.

En las ciudades también se han hecho cosas malas, procesos forzados, obras que destruyen el pasado, que aplastan lo local, poco sustentables. ¿Podemos tirar a Lenin, como en las repúblicas del Este de Europa?

En la Posguerra, la Ciudad de México comenzó a construir grandes avenidas, algunas de las cuales entubaron ríos para generar viaductos por encima de los ríos Piedad, San Joaquín, Consulado, Churubusco, Becerra, entre otros, que se convirtieron en barreras urbanas.

Hacia finales de los años sesenta se comenzó a construir el metro, que cuenta con una gran aceptación, pero implicó la destrucción de patrimonio arqueológico en la zona central, y constituyó barreras, primero en Calzada de Tlalpan, y luego en Insurgentes Norte, Río Consulado, Zaragoza, Troncoso, entre otras.

A finales de los años setenta, muchas avenidas cambiaron su imagen, se tumbaron cientos de árboles y palmeras, para dar pie a los ejes viales. Todavía muchos piensan que fue una obra necesaria, pero han crecido las voces de que fue una decisión errónea. La ciudad se habría expandido menos y habría compensado la lentitud en los desplazamientos con densidad.

Hacia 2002-2003 se construyeron los primeros segundos pisos, gratuitos; años más tarde llegaron las autopistas urbanas y la supervía. No son obras con las que simpatice, pero la Supervía implicó acortar distancias entre el sur y el poniente, a costa de partir en dos una colonia, La Malinche. La Autopista Urbana Norte reforzó la separación entre la primera y la segunda sección de Chapultepec.

Ahora están en proceso varias obras de gran impacto, algunas para transporte (dos rutas de teleférico y un trolebús elevado) y otras para el automóvil, entre ellas un paso elevado sobre el humedal de Xochimilco.

¿Todas las obras llegan para quedarse? Si esta ciudad contara con un buen sistema de planeación, es muy probable que las barreras urbanas, viales y de transporte, tuvieran un final feliz: su soterramiento parcial o total.

Desde un punto de vista se podría pensar que será necesario tumbar el trolebús elevado y extender la línea 8 del metro en su lugar, generando rutas de teleférico hacia las montañas, en cada estación del metro. Es muy probable, sin embargo, que en unos años debamos pensar en el reciclaje de las infraestructuras, pero sólo los locos se dan el lujo de tirar a la basura un aeropuerto a medio construir; para todos los demás, habrá que pensar en el reciclaje; por ejemplo, en vez de trolebús elevado, un huerto urbano elevado, al servicio de las colonias aledañas.

No es fácil tirar a Lenin, pero bien se le puede colocar una pañoleta verde, un tapabocas con el logo de Movilidad Integrada de la Secretaría de Movilidad y que de su mano alzada penda un alimentador de colibríes.

Entre 1989, que cayó el Muro de Berlín, y 1991, que se desmanteló la Unión Soviética, comenzaron a caer estatuas de Vladimir Lenin, que incluso perdió su nombre en la segunda ciudad más importante de Rusia. En mi cabeza tengo la imagen de decenas de ciudadanos jalando cuerdas para derribar a cada Lenin, como representante de todo lo que estuvo mal hecho por el socialismo real.

En las ciudades también se han hecho cosas malas, procesos forzados, obras que destruyen el pasado, que aplastan lo local, poco sustentables. ¿Podemos tirar a Lenin, como en las repúblicas del Este de Europa?

En la Posguerra, la Ciudad de México comenzó a construir grandes avenidas, algunas de las cuales entubaron ríos para generar viaductos por encima de los ríos Piedad, San Joaquín, Consulado, Churubusco, Becerra, entre otros, que se convirtieron en barreras urbanas.

Hacia finales de los años sesenta se comenzó a construir el metro, que cuenta con una gran aceptación, pero implicó la destrucción de patrimonio arqueológico en la zona central, y constituyó barreras, primero en Calzada de Tlalpan, y luego en Insurgentes Norte, Río Consulado, Zaragoza, Troncoso, entre otras.

A finales de los años setenta, muchas avenidas cambiaron su imagen, se tumbaron cientos de árboles y palmeras, para dar pie a los ejes viales. Todavía muchos piensan que fue una obra necesaria, pero han crecido las voces de que fue una decisión errónea. La ciudad se habría expandido menos y habría compensado la lentitud en los desplazamientos con densidad.

Hacia 2002-2003 se construyeron los primeros segundos pisos, gratuitos; años más tarde llegaron las autopistas urbanas y la supervía. No son obras con las que simpatice, pero la Supervía implicó acortar distancias entre el sur y el poniente, a costa de partir en dos una colonia, La Malinche. La Autopista Urbana Norte reforzó la separación entre la primera y la segunda sección de Chapultepec.

Ahora están en proceso varias obras de gran impacto, algunas para transporte (dos rutas de teleférico y un trolebús elevado) y otras para el automóvil, entre ellas un paso elevado sobre el humedal de Xochimilco.

¿Todas las obras llegan para quedarse? Si esta ciudad contara con un buen sistema de planeación, es muy probable que las barreras urbanas, viales y de transporte, tuvieran un final feliz: su soterramiento parcial o total.

Desde un punto de vista se podría pensar que será necesario tumbar el trolebús elevado y extender la línea 8 del metro en su lugar, generando rutas de teleférico hacia las montañas, en cada estación del metro. Es muy probable, sin embargo, que en unos años debamos pensar en el reciclaje de las infraestructuras, pero sólo los locos se dan el lujo de tirar a la basura un aeropuerto a medio construir; para todos los demás, habrá que pensar en el reciclaje; por ejemplo, en vez de trolebús elevado, un huerto urbano elevado, al servicio de las colonias aledañas.

No es fácil tirar a Lenin, pero bien se le puede colocar una pañoleta verde, un tapabocas con el logo de Movilidad Integrada de la Secretaría de Movilidad y que de su mano alzada penda un alimentador de colibríes.