/ lunes 4 de noviembre de 2019

Competitividad en México, una debilidad

Entre las fuerzas teóricas e ideológicas del neoliberalismo se encuentra la noción competitividad, la obligación de las naciones a hacer cambios estructurales para poder competir en los mercados globalizados, obsesionados por la apertura y liberalización, así como la difusión de nuevos conceptos productivos y comerciales basados en las tecnologías e la información y la comunicación.

La cuarta revolución industrial como contexto, es a su vez, un límite del capitalismo, un reflejo de su fracaso en materia de igualdad y aumentos sistemáticos del ingreso per cápita, a la vez del crecimiento constantemente como condición para sostener el modelo económico.

La desigualdad, la pobreza, el deterioro del medio ambiente y la violencia social emergen como parte de una nueva realidad producto de nuevos mercados, nuevas tecnologías y nuevos consumidores, más alineados al comercio electrónico y el uso de plataformas, que exigen al sistema económico global a reformular los puestos de trabajo, su especialización tecnológica y a introducir leyes y marcos fiscales para la nueva realidad digital que no respeta fronteras, generando cambios disruptivos en modelos de servicio, comunicación y mercado.

La competitividad del país, en este contexto de cambio tecnológico, se reduce sistemáticamente por la imposibilidad de ir a la velocidad del cambio y para introducir políticas públicas con impacto en los factores en limitan la inversión, el ahorro y la innovación.

Por tano, reconsiderar la competitividad como categoría concentradora de objetivos, tomando en cuenta la definición que incorpora crecimiento, diversificación e innovación de la economía con aumentos sistemáticos del ingreso per cápita, refiere necesariamente a la Política Industrial, al papel activo del Estado en el fomento de las actividades productivas y a la generación de un marco institucional propicio para la inversión y la libre competencia de los actores económicos.

Una economía que se encuentra entre las 15 más grandes del mundo se encuentra en el lugar 48 del índice de competitividad global, 71 en el índice global de talento y 59 en el índice global de innovación. El mediocre crecimiento económico de las últimas décadas, la heterogeneidad territorial y su desarrollo diferenciado, la enorme economía informal y la degradación de la vida pública son causa raíz del bajo nivel de competitividad del país.

El caso de México es pues paradigmático en términos de desigualdad y contrastes, zonas de la CDMX a nivel de los países más avanzados en los indicadores de desarrollo humano y otras zonas de alta pobreza y marginación. Sectores de industria 4.0 en los sectores automotriz y aeroespacial y sectores de baja productividad e intensivos en mano de obra como la confección y el calzado.

El índice de competitividad global se rediseñó para poder evaluar la capacidad para adaptarse a las afectaciones por las crisis financieras globales, los determinantes del crecimiento económico, el cambio que exige la cuarta revolución industrial y el replanteamiento en la forma de innovar para lograr el desarrollo.

La nueva medición de competitividad expresa sus fundamentos microeconómicos y macroeconómicos con base en 12 aspectos o categorías, agrupados en 4 subíndices: Ambiente apto; Capital humano; Mercados y; Ecosistema de innovación con un total de 98 variables, donde México ocupa la posición
48 de 136 economías evaluadas.

Sin duda, con base en la opinión de los empresarios mexicanos, la debilidad institucional representa el principal inhibidor de la competitividad del país. Los factores mal evaluados se relacionan con la violencia en los negocios, la eficiencia del sistema político, la imparcialidad en la toma de decisiones y la corrupción.

México también enfrenta resultados contrastantes en los subíndices de infraestructura, salud y educación primaria, mercado financiero, sofisticación empresarial e innovación. En el tema de la innovación se concentra una brecha dinámica, que se abre cada día, y resta competitividad al país debido a que los ecosistemas de innovación se encuentran desarticulados, las infraestructuras son insuficientes y la educación tecnológica no cuenta con la cobertura suficiente para sumarse a la ola de la digitalización económica.

La política industrial para la competitividad, en este periodo, debe poner atención en las interacciones de los ecosistemas de innovación, en la calidad y abundancia de la educación tecnológica, en la funcionalidad de los ecosistemas, no sólo en términos de aprendizaje, sino de capitalización de emprendimientos de base tecnológica y mayor financiamiento para la reconversión digital de procesos productivos que requiere la industria 4.0.

Entre las fuerzas teóricas e ideológicas del neoliberalismo se encuentra la noción competitividad, la obligación de las naciones a hacer cambios estructurales para poder competir en los mercados globalizados, obsesionados por la apertura y liberalización, así como la difusión de nuevos conceptos productivos y comerciales basados en las tecnologías e la información y la comunicación.

La cuarta revolución industrial como contexto, es a su vez, un límite del capitalismo, un reflejo de su fracaso en materia de igualdad y aumentos sistemáticos del ingreso per cápita, a la vez del crecimiento constantemente como condición para sostener el modelo económico.

La desigualdad, la pobreza, el deterioro del medio ambiente y la violencia social emergen como parte de una nueva realidad producto de nuevos mercados, nuevas tecnologías y nuevos consumidores, más alineados al comercio electrónico y el uso de plataformas, que exigen al sistema económico global a reformular los puestos de trabajo, su especialización tecnológica y a introducir leyes y marcos fiscales para la nueva realidad digital que no respeta fronteras, generando cambios disruptivos en modelos de servicio, comunicación y mercado.

La competitividad del país, en este contexto de cambio tecnológico, se reduce sistemáticamente por la imposibilidad de ir a la velocidad del cambio y para introducir políticas públicas con impacto en los factores en limitan la inversión, el ahorro y la innovación.

Por tano, reconsiderar la competitividad como categoría concentradora de objetivos, tomando en cuenta la definición que incorpora crecimiento, diversificación e innovación de la economía con aumentos sistemáticos del ingreso per cápita, refiere necesariamente a la Política Industrial, al papel activo del Estado en el fomento de las actividades productivas y a la generación de un marco institucional propicio para la inversión y la libre competencia de los actores económicos.

Una economía que se encuentra entre las 15 más grandes del mundo se encuentra en el lugar 48 del índice de competitividad global, 71 en el índice global de talento y 59 en el índice global de innovación. El mediocre crecimiento económico de las últimas décadas, la heterogeneidad territorial y su desarrollo diferenciado, la enorme economía informal y la degradación de la vida pública son causa raíz del bajo nivel de competitividad del país.

El caso de México es pues paradigmático en términos de desigualdad y contrastes, zonas de la CDMX a nivel de los países más avanzados en los indicadores de desarrollo humano y otras zonas de alta pobreza y marginación. Sectores de industria 4.0 en los sectores automotriz y aeroespacial y sectores de baja productividad e intensivos en mano de obra como la confección y el calzado.

El índice de competitividad global se rediseñó para poder evaluar la capacidad para adaptarse a las afectaciones por las crisis financieras globales, los determinantes del crecimiento económico, el cambio que exige la cuarta revolución industrial y el replanteamiento en la forma de innovar para lograr el desarrollo.

La nueva medición de competitividad expresa sus fundamentos microeconómicos y macroeconómicos con base en 12 aspectos o categorías, agrupados en 4 subíndices: Ambiente apto; Capital humano; Mercados y; Ecosistema de innovación con un total de 98 variables, donde México ocupa la posición
48 de 136 economías evaluadas.

Sin duda, con base en la opinión de los empresarios mexicanos, la debilidad institucional representa el principal inhibidor de la competitividad del país. Los factores mal evaluados se relacionan con la violencia en los negocios, la eficiencia del sistema político, la imparcialidad en la toma de decisiones y la corrupción.

México también enfrenta resultados contrastantes en los subíndices de infraestructura, salud y educación primaria, mercado financiero, sofisticación empresarial e innovación. En el tema de la innovación se concentra una brecha dinámica, que se abre cada día, y resta competitividad al país debido a que los ecosistemas de innovación se encuentran desarticulados, las infraestructuras son insuficientes y la educación tecnológica no cuenta con la cobertura suficiente para sumarse a la ola de la digitalización económica.

La política industrial para la competitividad, en este periodo, debe poner atención en las interacciones de los ecosistemas de innovación, en la calidad y abundancia de la educación tecnológica, en la funcionalidad de los ecosistemas, no sólo en términos de aprendizaje, sino de capitalización de emprendimientos de base tecnológica y mayor financiamiento para la reconversión digital de procesos productivos que requiere la industria 4.0.

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