/ jueves 9 de mayo de 2019

Conchita, una gran mujer

VER.- Hay un cambio total en el paradigma de cómo debe ser y actuar la mujer. Se pasa de una imagen de la mujer extremadamente callada, sumisa, sujeta en todo al varón, sin voz ni voto en la comunidad, sin derechos, dependiente, débil, sin oportunidades, cargada de hijos, a otra imagen totalmente distinta: autosuficiente, libre, consciente de sus derechos, con ingresos propios, que habla y exige tanto en casa como en la vida pública, que estudia, viaja, ocupa puestos importantes, sobresale en muchos ámbitos, aporta sus capacidades, compite por sus habilidades y decide cuántos hijos quiere tener y cuándo engendrarlos.

Este movimiento cultural, que ha logrado un avance tan favorable para las mujeres, puede degenerar en extremos que pervierten el carisma femenino, como cuando se desconfía del matrimonio y se menosprecia la maternidad, cuando se copian los vicios masculinos y la libertad se hace libertinaje, cuando se sobrevalora lo exterior y lo superficial.

En este contexto cultural, celebramos, en la Basílica de Guadalupe, la declaración de la Sra. Concepción Cabrera Arias, viuda de Armida, como “beata”; es decir, que se ha demostrado que llevó una vida ejemplar, acorde con los valores del Evangelio, y que puede ser propuesta como modelo de mujer, esposa, madre, viuda, mística y apóstol. Coloquialmente la llamamos “Conchita”.

Nació en San Luis Potosí, México, el 8 de diciembre de 1862, en una familia profundamente católica. Desde pequeña dio muestras de una gran piedad y de una honda vida espiritual. Contrajo matrimonio con Francisco Armida García el 8 de noviembre de 1884, a los 22 años. Tuvieron 9 hijos. En 1901, murió su esposo y quedó al cargo de los hijos; cuatro de ellos murieron y tuvo que hacer frente a este dolor. Supo armonizar una intensa vida de oración, con sus responsabilidades en el hogar, dándose tiempo para servir y ayudar a los pobres, para promover diversas obras de apostolado y congregaciones religiosas, con el sentido de la Cruz y de inmolación por la santificación de los sacerdotes de esa época.

Murió el 3 de marzo de 1937, a la edad de 75 años, en la Ciudad de México. Se demostró satisfactoriamente su intercesión en la curación milagrosa de un individuo muy enfermo, que estuvo presente en la ceremonia.

Como ella, miles de mujeres viven la santidad diariamente, en forma callada y sencilla.

Obispo Emérito de SCLC

VER.- Hay un cambio total en el paradigma de cómo debe ser y actuar la mujer. Se pasa de una imagen de la mujer extremadamente callada, sumisa, sujeta en todo al varón, sin voz ni voto en la comunidad, sin derechos, dependiente, débil, sin oportunidades, cargada de hijos, a otra imagen totalmente distinta: autosuficiente, libre, consciente de sus derechos, con ingresos propios, que habla y exige tanto en casa como en la vida pública, que estudia, viaja, ocupa puestos importantes, sobresale en muchos ámbitos, aporta sus capacidades, compite por sus habilidades y decide cuántos hijos quiere tener y cuándo engendrarlos.

Este movimiento cultural, que ha logrado un avance tan favorable para las mujeres, puede degenerar en extremos que pervierten el carisma femenino, como cuando se desconfía del matrimonio y se menosprecia la maternidad, cuando se copian los vicios masculinos y la libertad se hace libertinaje, cuando se sobrevalora lo exterior y lo superficial.

En este contexto cultural, celebramos, en la Basílica de Guadalupe, la declaración de la Sra. Concepción Cabrera Arias, viuda de Armida, como “beata”; es decir, que se ha demostrado que llevó una vida ejemplar, acorde con los valores del Evangelio, y que puede ser propuesta como modelo de mujer, esposa, madre, viuda, mística y apóstol. Coloquialmente la llamamos “Conchita”.

Nació en San Luis Potosí, México, el 8 de diciembre de 1862, en una familia profundamente católica. Desde pequeña dio muestras de una gran piedad y de una honda vida espiritual. Contrajo matrimonio con Francisco Armida García el 8 de noviembre de 1884, a los 22 años. Tuvieron 9 hijos. En 1901, murió su esposo y quedó al cargo de los hijos; cuatro de ellos murieron y tuvo que hacer frente a este dolor. Supo armonizar una intensa vida de oración, con sus responsabilidades en el hogar, dándose tiempo para servir y ayudar a los pobres, para promover diversas obras de apostolado y congregaciones religiosas, con el sentido de la Cruz y de inmolación por la santificación de los sacerdotes de esa época.

Murió el 3 de marzo de 1937, a la edad de 75 años, en la Ciudad de México. Se demostró satisfactoriamente su intercesión en la curación milagrosa de un individuo muy enfermo, que estuvo presente en la ceremonia.

Como ella, miles de mujeres viven la santidad diariamente, en forma callada y sencilla.

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