/ viernes 19 de junio de 2020

Conciencia social ante la pandemia

En el contexto de la pandemia del Covid-19, esta semana varias entidades del país comenzaron su transición al color naranja del semáforo epidemiológico y con ello, la paulatina vuelta a la “nueva normalidad”.

Por una parte, este proceso de liberación de actividades tiene lugar justo cuando seguimos en los niveles más altos tanto de contagios como de fallecimientos; pero también, ocurre cuando en la sociedad existe desconfianza por la forma en que se ha manejado la información en torno a la crisis sanitaria.

Es entendible que nuestro país necesita emprender la reactivación económica, que las empresas y negocios tienen que volver a sus actividades para intentar salvar la quiebra y contener la pérdida de empleos, que miles de trabajadoras y trabajadores necesitan salir a ganar el sustento para sus familias o peor aún, que otros tantos tienen que empezar a buscar un nuevo trabajo, pues la pandemia significó quedar desempleados.

Pero hacer todo esto cuando la crisis aún no está bajo control, los riesgos de contagio siguen siendo prácticamente los mismos desde que se declaró la emergencia.

De alguna manera, las experiencias de varias naciones de Europa en donde aparecieron los primeros brotes debieron servirnos como referencia o aprendizaje. Siendo los primeros países que empezaron a padecer el Covid-19, también fueron los primeros en iniciar sus procesos de desconfinamiento de manera ordenada y segura.

Por ejemplo, España, uno de los países más golpeados por la pandemia, inició su transición a la normalidad una vez que las cifras de contagios y fallecimientos mostraron reducciones de manera sostenida durante varias semanas. De acuerdo con las fuentes consultadas, a mediados de marzo empezó a registrarse una reducción tanto de fallecimientos como de nuevos contagios; sin embargo, el gobierno español decidió esperar un poco más y fue hasta el 11 de mayo que dio inicio la fase 1 para empezar a levantar las restricciones.

Esto significa que, el tiempo que transcurrió entre la reducción efectiva de casos y la decisión de iniciar la liberación de actividades, fue de al menos un mes y medio.

En Francia prácticamente sucedió lo mismo. La vuelta a la normalidad comenzó una vez que las cifras de contagios, pacientes hospitalizados y fallecimientos empezaron a descender significativamente.

En el caso de Italia, hay un dato significativo. El comienzo de la “nueva normalidad” coincidió cuando el número de fallecidos fue inferior a 100 en un día.

El manejo y gestión de una crisis sanitaria no es una tarea sencilla. El factor de éxito radica en cuidar la salud y la vida de las personas, pero al mismo tiempo en evitar la parálisis de la actividad económica, asegurar la viabilidad de las medianas y pequeñas empresas, proteger el empleo, garantizar los ingresos, contener el desbordamiento de la pobreza y la desigualdad, cuidar la transparencia en la información pública, mantener la congruencia en los mensajes, así como superar la presión social.

La forma en que cada gobierno resuelve estas disyuntivas determina su éxito o fracaso, así como sus niveles de credibilidad y confianza o desaprobación y rechazo por parte de la sociedad.

El punto central es que en nuestro país 16 entidades se encuentran ya en color naranja; sin embargo, no sólo siguen acumulándose miles de contagios y fallecimientos, sino también, Latinoamérica es considerada el epicentro de la pandemia en el mundo. Que gran -y peligrosa- contradicción. La confusión en datos y proyecciones sólo acentúan nuestras dudas.

En México iniciamos el tránsito hacia la “nueva normalidad”, pero no hay que olvidar que seguimos estando en el pico más alto de la curva; esto es, que los niveles de contagio siguen siendo muy altos y esto implica que las personas deben cuidarse más.

Estando así las cosas, no nos queda más que una opción: ser más responsables y cumplir estrictamente con las medidas de prevención que ya todos conocemos.

Hemos llegado a un punto de la pandemia en que debemos asumir una verdadera conciencia social. Comento esto porque tal parece que, a estas alturas y después de casi tres meses de iniciada la emergencia, todavía muchas personas no han tomado con seriedad el riesgo que existe de contagiarse o contagiar.

Tanto especialistas, como la propia Organización Mundial de la Salud han reconocido que el uso de las mascarillas contribuye a reducir los riesgos de transmisión, lo mismo que el distanciamiento social y, desde luego, la higiene.

Hay que seguir al pie de la letra las recomendaciones. Pero también, los gobiernos deben apoyar a quien -hay que decirlo- no tienen para comprar un gel, no cuentan con agua en sus hogares o simplemente no les alcanza para adquirir un cubrebocas medianamente efectivo. Por eso la pandemia azota más en estos sectores.

Todos tenemos que poner de nuestra parte para contribuir a superar la pandemia. Seamos ciudadanos responsables y solidarios, pensemos en nosotros, en nuestras familias y en los demás.


Presidente de la Academia Mexicana de Educación.


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En el contexto de la pandemia del Covid-19, esta semana varias entidades del país comenzaron su transición al color naranja del semáforo epidemiológico y con ello, la paulatina vuelta a la “nueva normalidad”.

Por una parte, este proceso de liberación de actividades tiene lugar justo cuando seguimos en los niveles más altos tanto de contagios como de fallecimientos; pero también, ocurre cuando en la sociedad existe desconfianza por la forma en que se ha manejado la información en torno a la crisis sanitaria.

Es entendible que nuestro país necesita emprender la reactivación económica, que las empresas y negocios tienen que volver a sus actividades para intentar salvar la quiebra y contener la pérdida de empleos, que miles de trabajadoras y trabajadores necesitan salir a ganar el sustento para sus familias o peor aún, que otros tantos tienen que empezar a buscar un nuevo trabajo, pues la pandemia significó quedar desempleados.

Pero hacer todo esto cuando la crisis aún no está bajo control, los riesgos de contagio siguen siendo prácticamente los mismos desde que se declaró la emergencia.

De alguna manera, las experiencias de varias naciones de Europa en donde aparecieron los primeros brotes debieron servirnos como referencia o aprendizaje. Siendo los primeros países que empezaron a padecer el Covid-19, también fueron los primeros en iniciar sus procesos de desconfinamiento de manera ordenada y segura.

Por ejemplo, España, uno de los países más golpeados por la pandemia, inició su transición a la normalidad una vez que las cifras de contagios y fallecimientos mostraron reducciones de manera sostenida durante varias semanas. De acuerdo con las fuentes consultadas, a mediados de marzo empezó a registrarse una reducción tanto de fallecimientos como de nuevos contagios; sin embargo, el gobierno español decidió esperar un poco más y fue hasta el 11 de mayo que dio inicio la fase 1 para empezar a levantar las restricciones.

Esto significa que, el tiempo que transcurrió entre la reducción efectiva de casos y la decisión de iniciar la liberación de actividades, fue de al menos un mes y medio.

En Francia prácticamente sucedió lo mismo. La vuelta a la normalidad comenzó una vez que las cifras de contagios, pacientes hospitalizados y fallecimientos empezaron a descender significativamente.

En el caso de Italia, hay un dato significativo. El comienzo de la “nueva normalidad” coincidió cuando el número de fallecidos fue inferior a 100 en un día.

El manejo y gestión de una crisis sanitaria no es una tarea sencilla. El factor de éxito radica en cuidar la salud y la vida de las personas, pero al mismo tiempo en evitar la parálisis de la actividad económica, asegurar la viabilidad de las medianas y pequeñas empresas, proteger el empleo, garantizar los ingresos, contener el desbordamiento de la pobreza y la desigualdad, cuidar la transparencia en la información pública, mantener la congruencia en los mensajes, así como superar la presión social.

La forma en que cada gobierno resuelve estas disyuntivas determina su éxito o fracaso, así como sus niveles de credibilidad y confianza o desaprobación y rechazo por parte de la sociedad.

El punto central es que en nuestro país 16 entidades se encuentran ya en color naranja; sin embargo, no sólo siguen acumulándose miles de contagios y fallecimientos, sino también, Latinoamérica es considerada el epicentro de la pandemia en el mundo. Que gran -y peligrosa- contradicción. La confusión en datos y proyecciones sólo acentúan nuestras dudas.

En México iniciamos el tránsito hacia la “nueva normalidad”, pero no hay que olvidar que seguimos estando en el pico más alto de la curva; esto es, que los niveles de contagio siguen siendo muy altos y esto implica que las personas deben cuidarse más.

Estando así las cosas, no nos queda más que una opción: ser más responsables y cumplir estrictamente con las medidas de prevención que ya todos conocemos.

Hemos llegado a un punto de la pandemia en que debemos asumir una verdadera conciencia social. Comento esto porque tal parece que, a estas alturas y después de casi tres meses de iniciada la emergencia, todavía muchas personas no han tomado con seriedad el riesgo que existe de contagiarse o contagiar.

Tanto especialistas, como la propia Organización Mundial de la Salud han reconocido que el uso de las mascarillas contribuye a reducir los riesgos de transmisión, lo mismo que el distanciamiento social y, desde luego, la higiene.

Hay que seguir al pie de la letra las recomendaciones. Pero también, los gobiernos deben apoyar a quien -hay que decirlo- no tienen para comprar un gel, no cuentan con agua en sus hogares o simplemente no les alcanza para adquirir un cubrebocas medianamente efectivo. Por eso la pandemia azota más en estos sectores.

Todos tenemos que poner de nuestra parte para contribuir a superar la pandemia. Seamos ciudadanos responsables y solidarios, pensemos en nosotros, en nuestras familias y en los demás.


Presidente de la Academia Mexicana de Educación.


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