/ viernes 3 de julio de 2020

Coronavirus y deporte | Futbol y las coincidencias asombrosas de la vida

Decía el escritor Fernando del Paso que la vida está llena de coincidencias asombrosas que regularmente pasan inadvertidas, salvo cuando necesitamos de ellas con desesperación. Es como si fuéramos recorriendo los caminos en busca de un mundo previamente trazado para nosotros. En la vida hay personas a las que constantemente les pasan cosas extraordinarias. Muchas de esas cosas, desde luego, las buscan. Pero otras más les llegan sin querer, como predestinadas, como si estuvieran iluminados por la luz de la buena fortuna.

El otro día, mientras revisaba mis redes sociales, me encontré con uno de esos videos que produce el programa español La casa del futbol, y que suelen narrar precisamente esas cosas extraordinarias que le pasan a la gente. En él se cuenta la historia de las personas que viven en los grandes edificios que colindan con los pequeños estadios. La contradicción arquitectónica les permite observar el juego desde la comodidad del balcón. El campo emerge a una distancia prudente en la que el futbol aún es visible sin necesidad de artefactos que lo acerquen, como si se estuviera en lo más alto del graderío y desde ahí, desde una atalaya recién inventada, fuera posible mirar el futbol, pero también el horizonte.

Imagino lo que será vivir al lado de un estadio, y encima tener la suerte de ver un partido en vivo sin la necesidad de salir de casa.

En estos tiempos en los que las gradas parecen condenadas al vacío, las personas se arremolinan en los balcones con la conciencia plena de las coincidencias asombrosas. Como testigos ante el mi lagro de ver cómo lo ya extraordinario se vuelve aún más extraordinario, porque tiene el valor de lo oculto, como si desde la intimidad que supone un hogar fueran capaces de romper un cerco antes infranqueable que les permita asistir a un espectáculo clandestino, reservado con toda su viveza para unos cuantos.

El estadio Municipal de Ipurúa, la casa del Éibar, vive en medio de un territorio montañoso. El campo, con sus pequeñísimas gradas, descansa a los pies de dos torres de condominios que cada 15 días acuden al rito del futbol español sin otro boleto más que el alquiler. Mientras en la cancha se libra la batalla final, en los balcones los aficionados observan aún en pijama lo que ocurre apenas unos metros más abajo. En la Ciudad de México, en la densidad de la colonia Nochebuena, el estadio Azul, con su cancha hundida, es custodiado por los edificios vecinos, esperando con parsimonia que el balón vuelva a rodar en ese estadio desierto.

En el Wrigley Field de Chicago, cuando juegan los Cachorros y las tribunas se colman como empujadas por el viento, las azoteas de los edificios que delimitan el fondo de los jardines se pintan de un azul eléctrico, y, calle de por medio, asisten al espectáculo desde unas gradas improvisadas. En el 2016, cuando los Cachorros llegaron a la Serie Mundial, en el Parque no cabía nadie, y los edificios vecinos vendían sus lugares en millones, como el único resquicio disponible para observar cómo la maldición de la cabra finalizaba después de 108 años.

Decía el escritor Fernando del Paso que la vida está llena de coincidencias asombrosas que regularmente pasan inadvertidas, salvo cuando necesitamos de ellas con desesperación. Es como si fuéramos recorriendo los caminos en busca de un mundo previamente trazado para nosotros. En la vida hay personas a las que constantemente les pasan cosas extraordinarias. Muchas de esas cosas, desde luego, las buscan. Pero otras más les llegan sin querer, como predestinadas, como si estuvieran iluminados por la luz de la buena fortuna.

El otro día, mientras revisaba mis redes sociales, me encontré con uno de esos videos que produce el programa español La casa del futbol, y que suelen narrar precisamente esas cosas extraordinarias que le pasan a la gente. En él se cuenta la historia de las personas que viven en los grandes edificios que colindan con los pequeños estadios. La contradicción arquitectónica les permite observar el juego desde la comodidad del balcón. El campo emerge a una distancia prudente en la que el futbol aún es visible sin necesidad de artefactos que lo acerquen, como si se estuviera en lo más alto del graderío y desde ahí, desde una atalaya recién inventada, fuera posible mirar el futbol, pero también el horizonte.

Imagino lo que será vivir al lado de un estadio, y encima tener la suerte de ver un partido en vivo sin la necesidad de salir de casa.

En estos tiempos en los que las gradas parecen condenadas al vacío, las personas se arremolinan en los balcones con la conciencia plena de las coincidencias asombrosas. Como testigos ante el mi lagro de ver cómo lo ya extraordinario se vuelve aún más extraordinario, porque tiene el valor de lo oculto, como si desde la intimidad que supone un hogar fueran capaces de romper un cerco antes infranqueable que les permita asistir a un espectáculo clandestino, reservado con toda su viveza para unos cuantos.

El estadio Municipal de Ipurúa, la casa del Éibar, vive en medio de un territorio montañoso. El campo, con sus pequeñísimas gradas, descansa a los pies de dos torres de condominios que cada 15 días acuden al rito del futbol español sin otro boleto más que el alquiler. Mientras en la cancha se libra la batalla final, en los balcones los aficionados observan aún en pijama lo que ocurre apenas unos metros más abajo. En la Ciudad de México, en la densidad de la colonia Nochebuena, el estadio Azul, con su cancha hundida, es custodiado por los edificios vecinos, esperando con parsimonia que el balón vuelva a rodar en ese estadio desierto.

En el Wrigley Field de Chicago, cuando juegan los Cachorros y las tribunas se colman como empujadas por el viento, las azoteas de los edificios que delimitan el fondo de los jardines se pintan de un azul eléctrico, y, calle de por medio, asisten al espectáculo desde unas gradas improvisadas. En el 2016, cuando los Cachorros llegaron a la Serie Mundial, en el Parque no cabía nadie, y los edificios vecinos vendían sus lugares en millones, como el único resquicio disponible para observar cómo la maldición de la cabra finalizaba después de 108 años.