/ lunes 6 de julio de 2020

Coronavirus y Deporte | Los domingos le pertenecen al mexicano Checo Pérez

Los aficionados a la Fórmula Uno fundamentan su pasión de distintas formas. No es que conozca a muchos, al contrario, podría decir que son pocos, pero con los que conozco me es suficiente para advertir ese sentimiento de pertenencia que sólo se encuentra en los grandes deportes, esos que trascienden por generaciones. El aficionado que disfruta del automovilismo no tiene problema en levantarse temprano los fines de semana para ver la carrera. Entiende el valor de su deporte con la premisa de que son pocos los días de verdadera acción, así que los mira con la atención de quien no está dispuesto a perderse ni un solo segundo. Los verdaderos aficionados son capaces de encontrar estrategia donde todos los demás sólo ven vueltas, entonces, cuando uno se abandona a esos detalles, donde el mínimo despiste puede ser determinante, una carrera resulta francamente apasionante.

Los lazos en la Fórmula 1 son misteriosos y surgen casi la mayoría de las veces de momentos fugaces. Así como en el futbol un buen día el niño decide para siempre irle a un equipo porque de su mano supo lo que es ser campeón, en el automovilismo sucede algo similar. Por eso no resulta tan extraño que el rojo de Ferrari, con Schumacher como embajador, colme las tribunas de los autódromos del mundo, o ya después, con la llegada de Hamilton, Mercedes se apodere de los sueños de los más jóvenes. Hay también momentos en los que al aficionado que recién descubrió el mundo de las carreras queda flechado para siempre por un rebase al límite, o por la estridente figura de los pilotos al momento de subir al podio. Hay quienes simplemente disfrutan del vértigo de la velocidad y cada carrera resulta como un museo de recuerdos capaces de imponerse a más de 350 kilómetros por hora.

En México, la tradición de la Fórmula Uno se remonta a la ya lejana década de los años sesentas, con las carreras meteóricas de los hermanos Rodríguez, hasta que su trágica muerte puso fin a la presencia mexicana en los autódromos, aunque es cierto que nunca dejaron de estar presentes a través de ese velo mítico que llega después de la muerte.

Fue el Checo Pérez quien rescató el sentimiento patriota los domingos por la mañana. Las carrera del mexicano casi siempre comienzan con el rumor de una promesa, y conforme avanza la carrera las emociones suelen ser un ir y venir, hasta que finalmente llega el desenlace que nos enfrenta con la realidad. Ha habido mañanas gloriosas, la de ayer en Austria pudo serlo, pero un error en la estrategia nos privó del sentimiento único de ver al mexicano compartir el podio.

Fue bueno volver a sentir el vértigo de la Fórmula 1, pero sobre todo volver a emocionarnos con el Checo a medida que las vueltas se acumulaban en el contador. El arranque del Gran Circo se une a las cosas que han logrado ponerse en marcha después de la pandemia, como si con cada regreso diéramos un golpe más en busca de la normalidad. Eso sí, las largas rectas extrañaron los gritos de las tribunas a medida que los motores se imponen en el ambiente, pero ya habrá tiempo para eso.

Los aficionados a la Fórmula Uno fundamentan su pasión de distintas formas. No es que conozca a muchos, al contrario, podría decir que son pocos, pero con los que conozco me es suficiente para advertir ese sentimiento de pertenencia que sólo se encuentra en los grandes deportes, esos que trascienden por generaciones. El aficionado que disfruta del automovilismo no tiene problema en levantarse temprano los fines de semana para ver la carrera. Entiende el valor de su deporte con la premisa de que son pocos los días de verdadera acción, así que los mira con la atención de quien no está dispuesto a perderse ni un solo segundo. Los verdaderos aficionados son capaces de encontrar estrategia donde todos los demás sólo ven vueltas, entonces, cuando uno se abandona a esos detalles, donde el mínimo despiste puede ser determinante, una carrera resulta francamente apasionante.

Los lazos en la Fórmula 1 son misteriosos y surgen casi la mayoría de las veces de momentos fugaces. Así como en el futbol un buen día el niño decide para siempre irle a un equipo porque de su mano supo lo que es ser campeón, en el automovilismo sucede algo similar. Por eso no resulta tan extraño que el rojo de Ferrari, con Schumacher como embajador, colme las tribunas de los autódromos del mundo, o ya después, con la llegada de Hamilton, Mercedes se apodere de los sueños de los más jóvenes. Hay también momentos en los que al aficionado que recién descubrió el mundo de las carreras queda flechado para siempre por un rebase al límite, o por la estridente figura de los pilotos al momento de subir al podio. Hay quienes simplemente disfrutan del vértigo de la velocidad y cada carrera resulta como un museo de recuerdos capaces de imponerse a más de 350 kilómetros por hora.

En México, la tradición de la Fórmula Uno se remonta a la ya lejana década de los años sesentas, con las carreras meteóricas de los hermanos Rodríguez, hasta que su trágica muerte puso fin a la presencia mexicana en los autódromos, aunque es cierto que nunca dejaron de estar presentes a través de ese velo mítico que llega después de la muerte.

Fue el Checo Pérez quien rescató el sentimiento patriota los domingos por la mañana. Las carrera del mexicano casi siempre comienzan con el rumor de una promesa, y conforme avanza la carrera las emociones suelen ser un ir y venir, hasta que finalmente llega el desenlace que nos enfrenta con la realidad. Ha habido mañanas gloriosas, la de ayer en Austria pudo serlo, pero un error en la estrategia nos privó del sentimiento único de ver al mexicano compartir el podio.

Fue bueno volver a sentir el vértigo de la Fórmula 1, pero sobre todo volver a emocionarnos con el Checo a medida que las vueltas se acumulaban en el contador. El arranque del Gran Circo se une a las cosas que han logrado ponerse en marcha después de la pandemia, como si con cada regreso diéramos un golpe más en busca de la normalidad. Eso sí, las largas rectas extrañaron los gritos de las tribunas a medida que los motores se imponen en el ambiente, pero ya habrá tiempo para eso.