/ jueves 30 de julio de 2020

Coronavirus y deporte | Los viejos caminos a la redacción

Elevaba poco más de cuatro meses encerrado en mi casa. No todos los días estuve encerrado, por supuesto, pero son contados los días en lo que salí e hice cosas parecidas a las que hacía antes, cuando eso que hacía carecía de la menor importancia, porque era parte de la rutina. El tiempo, que casi siempre es un misterio, lo ha sido más en esta cuarentena, que ya ni es cuarentena, más bien es la vida que se impone disfrazada de un momento que suponemos finito, pero que en realidad no sabemos cuánto durará.

Ayer volví a salir de mi casa para ir trabajar. Es decir, salí de mi casa para ir a la redacción del periódico. Fue después de cuatro meses y aunque parezca lo mismo, no es lo mismo salir a trabajar que salir a hacer las compras o salir a ver a las personas que uno quiere después de varios meses. Porque la memoria evoca otras costumbres. Y los días que fueron rutina por tantos y tantos años, y que se perdieron entre una pausa de cuatro meses, terminan por imponerse.

Cuando me subí al carro, y emprendí ese camino que solía recorrer a diario desde hace más de cinco años, con su debida y forzada pausa, por supuesto, pensé que durante cuatro meses me dediqué a pensar en lo que sería este día. Luego me puse a pensar, también, en que pasé todo ese tiempo viendo cómo los deportistas debían de adaptar sus costumbres, muchas de ellas arraigadas en los más profundo de su ser, en otras nuevas costumbres, sin pensar que tarde o temprano me llegaría ese momento. El momento de enfrentar esa nueva normalidad que hasta ese momento solo veía en los deportes.

El camino, que fue el mismo, tuvo sus cosas distintas. Al principio todo parecía como parte de un sueño, con esa velocidad que tienen los sueños en los que todo se ve lento, como una película en cámara lenta.

El paso del tiempo, pero no el que se ve lento sino el que pasa sin detenerse y sin medir las consecuencias también se notaba en las calles, porque ahora había baches donde antes no los había. Porque ahora había locales que antes estaban atiborrados y esta vez parecían verdaderas postales de pueblos abandonados, porque no soportaron la fuerza con la que irrumpió la pandemia.

Me alegró ver, sin embargo, que el pequeño café a unas cuadras del periódico sigue dando servicio. Que la avenida de la repavimentación eterna finalmente está terminada. Que doña Eli, la señora que vende quesadillas en Serapio Rendón sigue amasando la masa y dándole vida a su comal. Que el olor de los tacos dorados de la esquina aún me anuncia que estoy cerca de llegar. Que la tienda de la esquina también sigue abierta y que en general la vida sigue su marcha.

Luego el día impuso sus sus nuevas costumbres, como si fuéramos deportistas. Así como los técnicos sufren en plena banda para dar sus indicaciones, nosotros tuvimos que llevar el cubrebocas en plena junta. Es la nueva forma de comunicarnos. La nueva normalidad es el nuevo presente.

Elevaba poco más de cuatro meses encerrado en mi casa. No todos los días estuve encerrado, por supuesto, pero son contados los días en lo que salí e hice cosas parecidas a las que hacía antes, cuando eso que hacía carecía de la menor importancia, porque era parte de la rutina. El tiempo, que casi siempre es un misterio, lo ha sido más en esta cuarentena, que ya ni es cuarentena, más bien es la vida que se impone disfrazada de un momento que suponemos finito, pero que en realidad no sabemos cuánto durará.

Ayer volví a salir de mi casa para ir trabajar. Es decir, salí de mi casa para ir a la redacción del periódico. Fue después de cuatro meses y aunque parezca lo mismo, no es lo mismo salir a trabajar que salir a hacer las compras o salir a ver a las personas que uno quiere después de varios meses. Porque la memoria evoca otras costumbres. Y los días que fueron rutina por tantos y tantos años, y que se perdieron entre una pausa de cuatro meses, terminan por imponerse.

Cuando me subí al carro, y emprendí ese camino que solía recorrer a diario desde hace más de cinco años, con su debida y forzada pausa, por supuesto, pensé que durante cuatro meses me dediqué a pensar en lo que sería este día. Luego me puse a pensar, también, en que pasé todo ese tiempo viendo cómo los deportistas debían de adaptar sus costumbres, muchas de ellas arraigadas en los más profundo de su ser, en otras nuevas costumbres, sin pensar que tarde o temprano me llegaría ese momento. El momento de enfrentar esa nueva normalidad que hasta ese momento solo veía en los deportes.

El camino, que fue el mismo, tuvo sus cosas distintas. Al principio todo parecía como parte de un sueño, con esa velocidad que tienen los sueños en los que todo se ve lento, como una película en cámara lenta.

El paso del tiempo, pero no el que se ve lento sino el que pasa sin detenerse y sin medir las consecuencias también se notaba en las calles, porque ahora había baches donde antes no los había. Porque ahora había locales que antes estaban atiborrados y esta vez parecían verdaderas postales de pueblos abandonados, porque no soportaron la fuerza con la que irrumpió la pandemia.

Me alegró ver, sin embargo, que el pequeño café a unas cuadras del periódico sigue dando servicio. Que la avenida de la repavimentación eterna finalmente está terminada. Que doña Eli, la señora que vende quesadillas en Serapio Rendón sigue amasando la masa y dándole vida a su comal. Que el olor de los tacos dorados de la esquina aún me anuncia que estoy cerca de llegar. Que la tienda de la esquina también sigue abierta y que en general la vida sigue su marcha.

Luego el día impuso sus sus nuevas costumbres, como si fuéramos deportistas. Así como los técnicos sufren en plena banda para dar sus indicaciones, nosotros tuvimos que llevar el cubrebocas en plena junta. Es la nueva forma de comunicarnos. La nueva normalidad es el nuevo presente.