/ domingo 2 de febrero de 2020

Corresponsales de guerra

La guerra, tan antigua como la propia humanidad, ha ejercido desde los tiempos más remotos una poderosa fascinación sobre el hombre. Griegos como Tucídides o Xenofonte, romanos como Julio César, orientales como el mítico Sun Tzu, para quien ésta era "la base de la vida y la muerte, el Tao de la supervivencia y extinción", lo mismo que trovadores y heraldos medievales que recogían las gestas de los grandes caballeros, como Ricardo Corazón de León o el Mio Cid, y cronistas militares que dieron fe de la Conquista del Nuevo Mundo como Bernal Díaz del Castillo o el propio Hernán Cortés, todos ellos contribuyeron a su inmortalización en la literatura.

Sin embargo, fue solo en la época contemporánea, con la aparición formal de los primeros periódicos y el envío de civiles para cubrir los conflictos armados, cuando la figura del “corresponsal de guerra” adquirió personalidad propia. La Guerra de Crimea, ocurrida entre 1853 y 1856, en la que se confrontó el Imperio ruso contra el Reino Unido, Francia, el Imperio otomano y el Reino de Cerdeña y Piamonte, podría considerarse uno de los primeros combates de la historia en los que un corresponsal de guerra participó reseñando la conflagración bélica. Fue el caso del periodista irlandés William Howard Russell, cuyas crónicas desde el lugar de la conflagración publicó The Times, en tanto que personajes como Carol Popp de Szathmari, Roger Fenton, Marcus Sparling, James Robertson y el italiano Felice Beato, podrían ser considerados los primeros fotógrafos bélicos de la historia contemporánea.

En la última década del siglo XIX, nuevos personajes aparecieron, principalmente en Norteamérica, como Stephen Crane que, enviado por The New York Joumal, cubrirá la guerra Greco-Turca de 1897 y en 1898 la sostenida entre España y Estados Unidos por Cuba. Sin embargo, fue la Revolución Mexicana la contienda en la que la corresponsalía de guerra adquirió un rol protagónico. Entre los periodistas que llegaron entonces a México sobresalen John Reed, Ambrose Bierce y Jack London. Reed, con apenas 23 años de edad, será el primero en arribar y lo hará en 1911 por parte del Metropolitan Magazine. Unido a las tropas de Francisco Villa, su trabajo se centrará en realizar entrevistas y reportajes con combatientes revolucionarios al norte del país. Un lustro después, dejará México para cubrir la Primera Guerra Mundial y, más tarde, la Revolución Rusa. Fruto de su trabajo periodístico será su célebre obra “Diez días que estremecieron al mundo”.

Bierce, en esos momentos el más connotado periodista de la costa oeste de los EU, partió desde Washington en octubre de 1913 rumbo a Chihuahua. Vía El Paso, se une como observador a las tropas también de Villa en Ciudad Juárez y llega hasta la capital del estado. No obstante, pronto su voz calló. Su última misiva recibida declara: “Adiós, si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!'”.

El último en esta época será el controvertido escritor californiano Jack London, quien firmó un contrato con Randolph Hearst, dueño del semanario Colliers Weekle, para escribir reportajes en torno a la intervención norteamericana a través de la costa del Golfo. Zarpó del puerto de Galveston con los marines y, ya en territorio mexicano, escribió seis artículos desde Veracruz y uno desde Tampico. Sus reseñas, laudatorias de los marines, no tuvieron impacto en el público mexicano, pero en el norteamericano fueron muy apreciadas.

No obstante, aún antes que estos periodistas norteamericanos llevaran a cabo labores de corresponsalía en el campo de batalla revolucionario, lo hizo un mexicano: Ignacio Herrerías, el primer corresponsal de guerra nacional y uno de los primeros fotógrafos que atestiguó en Puebla el movimiento abortado de los hermanos Serdán. Pero el precio que pagó por serlo fue muy alto. Él y su compañero Humberto Strauss, fueron los primeros periodistas en ser asesinados del siglo XX en México. Con el paso del tiempo, la lista de los corresponsales y fotógrafos de guerra crecerá y nuevos personajes se sumarán, como la pareja conformada por los húngaros Endre Ernő Friedmann y Gerda Taro, mejor conocidos bajo el pseudónimo de Robert Capa, la italiana Oriana Fallaci y el polaco Ryszard Kapuściński, quien cubrió decenas de los principales frentes de batalla en el siglo XX.

La gran paradoja es que en la actualidad, gracias a los avances tecnológicos, al poder de penetración de las redes sociales y ante la urgente necesidad de comunicarse, es la ciudadanía en pleno la que se ha convertido en la nueva corresponsal de guerra, sobre todo en las zonas donde la criminalidad gobierna como la más cruel tirana. Los riesgos son los mismos, acaso mayores, pero quien asume como principio y mística el informar, nunca podrá callar.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli


La guerra, tan antigua como la propia humanidad, ha ejercido desde los tiempos más remotos una poderosa fascinación sobre el hombre. Griegos como Tucídides o Xenofonte, romanos como Julio César, orientales como el mítico Sun Tzu, para quien ésta era "la base de la vida y la muerte, el Tao de la supervivencia y extinción", lo mismo que trovadores y heraldos medievales que recogían las gestas de los grandes caballeros, como Ricardo Corazón de León o el Mio Cid, y cronistas militares que dieron fe de la Conquista del Nuevo Mundo como Bernal Díaz del Castillo o el propio Hernán Cortés, todos ellos contribuyeron a su inmortalización en la literatura.

Sin embargo, fue solo en la época contemporánea, con la aparición formal de los primeros periódicos y el envío de civiles para cubrir los conflictos armados, cuando la figura del “corresponsal de guerra” adquirió personalidad propia. La Guerra de Crimea, ocurrida entre 1853 y 1856, en la que se confrontó el Imperio ruso contra el Reino Unido, Francia, el Imperio otomano y el Reino de Cerdeña y Piamonte, podría considerarse uno de los primeros combates de la historia en los que un corresponsal de guerra participó reseñando la conflagración bélica. Fue el caso del periodista irlandés William Howard Russell, cuyas crónicas desde el lugar de la conflagración publicó The Times, en tanto que personajes como Carol Popp de Szathmari, Roger Fenton, Marcus Sparling, James Robertson y el italiano Felice Beato, podrían ser considerados los primeros fotógrafos bélicos de la historia contemporánea.

En la última década del siglo XIX, nuevos personajes aparecieron, principalmente en Norteamérica, como Stephen Crane que, enviado por The New York Joumal, cubrirá la guerra Greco-Turca de 1897 y en 1898 la sostenida entre España y Estados Unidos por Cuba. Sin embargo, fue la Revolución Mexicana la contienda en la que la corresponsalía de guerra adquirió un rol protagónico. Entre los periodistas que llegaron entonces a México sobresalen John Reed, Ambrose Bierce y Jack London. Reed, con apenas 23 años de edad, será el primero en arribar y lo hará en 1911 por parte del Metropolitan Magazine. Unido a las tropas de Francisco Villa, su trabajo se centrará en realizar entrevistas y reportajes con combatientes revolucionarios al norte del país. Un lustro después, dejará México para cubrir la Primera Guerra Mundial y, más tarde, la Revolución Rusa. Fruto de su trabajo periodístico será su célebre obra “Diez días que estremecieron al mundo”.

Bierce, en esos momentos el más connotado periodista de la costa oeste de los EU, partió desde Washington en octubre de 1913 rumbo a Chihuahua. Vía El Paso, se une como observador a las tropas también de Villa en Ciudad Juárez y llega hasta la capital del estado. No obstante, pronto su voz calló. Su última misiva recibida declara: “Adiós, si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!'”.

El último en esta época será el controvertido escritor californiano Jack London, quien firmó un contrato con Randolph Hearst, dueño del semanario Colliers Weekle, para escribir reportajes en torno a la intervención norteamericana a través de la costa del Golfo. Zarpó del puerto de Galveston con los marines y, ya en territorio mexicano, escribió seis artículos desde Veracruz y uno desde Tampico. Sus reseñas, laudatorias de los marines, no tuvieron impacto en el público mexicano, pero en el norteamericano fueron muy apreciadas.

No obstante, aún antes que estos periodistas norteamericanos llevaran a cabo labores de corresponsalía en el campo de batalla revolucionario, lo hizo un mexicano: Ignacio Herrerías, el primer corresponsal de guerra nacional y uno de los primeros fotógrafos que atestiguó en Puebla el movimiento abortado de los hermanos Serdán. Pero el precio que pagó por serlo fue muy alto. Él y su compañero Humberto Strauss, fueron los primeros periodistas en ser asesinados del siglo XX en México. Con el paso del tiempo, la lista de los corresponsales y fotógrafos de guerra crecerá y nuevos personajes se sumarán, como la pareja conformada por los húngaros Endre Ernő Friedmann y Gerda Taro, mejor conocidos bajo el pseudónimo de Robert Capa, la italiana Oriana Fallaci y el polaco Ryszard Kapuściński, quien cubrió decenas de los principales frentes de batalla en el siglo XX.

La gran paradoja es que en la actualidad, gracias a los avances tecnológicos, al poder de penetración de las redes sociales y ante la urgente necesidad de comunicarse, es la ciudadanía en pleno la que se ha convertido en la nueva corresponsal de guerra, sobre todo en las zonas donde la criminalidad gobierna como la más cruel tirana. Los riesgos son los mismos, acaso mayores, pero quien asume como principio y mística el informar, nunca podrá callar.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli


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