/ miércoles 9 de diciembre de 2020

Covid: una ola de dolor

Extraordinaria la edición del pasado domingo de El Sol de México, que nos dio un panorama completo del Covid 19. Hacía falta concientizar de la realidad de esta pandemia, que tiene a la humanidad de rodillas.

Todos tenemos una anécdota. Conozco a Alfredo hace varios años. Es un joven, que no llega a los cuarenta y que representa a un sector que se las ha visto negras, para salir adelante.

Su padre, de oficio taxista, lleva la vida detrás del volante. Sobrevivieron con muchas carencias y gracias al esfuerzo personal de los retoños y el buen ejemplo recibido, la van llevando.

Alfredo, al fin, después de años de tesón, consiguió su primera gran oportunidad, como segundo en la producción de una película. Creyó ver el faro de esperanza para su futuro. Empieza la filmación y hete aquí que, el actor protagónico sale positivo al indeseable virus. De inmediato tuvo que cuarentenarse, con el prejuicio en el tiempo de rodaje. Lo terrible fue que ya había contagiado a varios compañeros, entre ellos a mi amigo

Vino el calvario. Su desgracia es ser obeso, lo que se sabe agrava el mal. Empezó con algo de fiebre, pero al paso de los días le fue aumentando, a la vez que le bajaba el índice de oxigenación a 75. Recién recibió los primeros sueldos, que apenas le alcanzaron para ponerse al día, así que, imposible acudir a la medicina privada.

Buscó en las redes los hospitales y las clínicas públicas, que podían atenderlo. Una a una le negó el auxilio, porque le decían que todavía aguantaba su medida de oxigenación. Sus compañeros de trabajo intentaron ayudarle –aunque a ellos tampoco les sobra-, hasta que pudo consultar a un doctor particular, en línea, por la “módica” cantidad de mil 500 pesos.

Las medicinas, carísimas –lo que endrogó a toda la familia- aunque para su fortuna, va mejorando. Cuando se recupere tendrá que empezar por ver cómo paga la deuda.

La jefa de gobierno de la CDMX insiste en que tooodos los que soliciten atención, la recibirán. Que se lo digan a Alfredo, que no sólo no es el único caso, sino que, a lo largo de los días te enteras de muchísimas más personas en la misma circunstancia.

Lo niegan, pero están rebasados. En los hospitales particulares ya no hay lugar, a pesar de que los obligaron a meter más camas. El implacable crecimiento de contagios y de número de muertes (Más de cien mil), remiten de nuevo, al fracaso de las políticas públicas de contención.

Con un tlatoani, que sigue empeñado en no usar el cubrebocas, no obstante la última reconvención de la OMS, el ejemplo es desastroso. Sus seguidores le copian hasta el modo de andar, más sus consejas y como está empeñado en que “no es científico el que ayude a detener el contagio”, el pueblo lo sigue. El “cachafastes” de Hugo López Gatell, declaró que el regaño no era para la “clase gobernante”, sino para los mexicanos en general.

Sigue habiendo legiones de incrédulos, que niegan a lo idiota, hasta que exista la enfermedad. Los segmentos pensantes se indignan frente a la inconciencia de quienes continúan como si no pasara nada, organizan fiestas, atiborran centros comerciales y lo hacen sin mascarillas ni sana distancia.

Miles de familias lloran a sus muertos. Otros muchos miles pasan las de Caín con el virus y sufren terribles secuelas. En vista de que a las autoridades parece no importarles lo que sucede con sus desgobernados, está en nosotros cuidarnos y hacer lo imposible, por librarla.

catalinanq@hotmail.com

@catalinanq

Extraordinaria la edición del pasado domingo de El Sol de México, que nos dio un panorama completo del Covid 19. Hacía falta concientizar de la realidad de esta pandemia, que tiene a la humanidad de rodillas.

Todos tenemos una anécdota. Conozco a Alfredo hace varios años. Es un joven, que no llega a los cuarenta y que representa a un sector que se las ha visto negras, para salir adelante.

Su padre, de oficio taxista, lleva la vida detrás del volante. Sobrevivieron con muchas carencias y gracias al esfuerzo personal de los retoños y el buen ejemplo recibido, la van llevando.

Alfredo, al fin, después de años de tesón, consiguió su primera gran oportunidad, como segundo en la producción de una película. Creyó ver el faro de esperanza para su futuro. Empieza la filmación y hete aquí que, el actor protagónico sale positivo al indeseable virus. De inmediato tuvo que cuarentenarse, con el prejuicio en el tiempo de rodaje. Lo terrible fue que ya había contagiado a varios compañeros, entre ellos a mi amigo

Vino el calvario. Su desgracia es ser obeso, lo que se sabe agrava el mal. Empezó con algo de fiebre, pero al paso de los días le fue aumentando, a la vez que le bajaba el índice de oxigenación a 75. Recién recibió los primeros sueldos, que apenas le alcanzaron para ponerse al día, así que, imposible acudir a la medicina privada.

Buscó en las redes los hospitales y las clínicas públicas, que podían atenderlo. Una a una le negó el auxilio, porque le decían que todavía aguantaba su medida de oxigenación. Sus compañeros de trabajo intentaron ayudarle –aunque a ellos tampoco les sobra-, hasta que pudo consultar a un doctor particular, en línea, por la “módica” cantidad de mil 500 pesos.

Las medicinas, carísimas –lo que endrogó a toda la familia- aunque para su fortuna, va mejorando. Cuando se recupere tendrá que empezar por ver cómo paga la deuda.

La jefa de gobierno de la CDMX insiste en que tooodos los que soliciten atención, la recibirán. Que se lo digan a Alfredo, que no sólo no es el único caso, sino que, a lo largo de los días te enteras de muchísimas más personas en la misma circunstancia.

Lo niegan, pero están rebasados. En los hospitales particulares ya no hay lugar, a pesar de que los obligaron a meter más camas. El implacable crecimiento de contagios y de número de muertes (Más de cien mil), remiten de nuevo, al fracaso de las políticas públicas de contención.

Con un tlatoani, que sigue empeñado en no usar el cubrebocas, no obstante la última reconvención de la OMS, el ejemplo es desastroso. Sus seguidores le copian hasta el modo de andar, más sus consejas y como está empeñado en que “no es científico el que ayude a detener el contagio”, el pueblo lo sigue. El “cachafastes” de Hugo López Gatell, declaró que el regaño no era para la “clase gobernante”, sino para los mexicanos en general.

Sigue habiendo legiones de incrédulos, que niegan a lo idiota, hasta que exista la enfermedad. Los segmentos pensantes se indignan frente a la inconciencia de quienes continúan como si no pasara nada, organizan fiestas, atiborran centros comerciales y lo hacen sin mascarillas ni sana distancia.

Miles de familias lloran a sus muertos. Otros muchos miles pasan las de Caín con el virus y sufren terribles secuelas. En vista de que a las autoridades parece no importarles lo que sucede con sus desgobernados, está en nosotros cuidarnos y hacer lo imposible, por librarla.

catalinanq@hotmail.com

@catalinanq

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