/ domingo 30 de agosto de 2020

Cuando el mundo dejó de ser

“Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás”, declararon Karl Marx y Federico Engels en el primer apartado de su “Manifiesto del Partido Comunista”, comenzaba 1848, pero tal parecería un escrito visionario que estuviera describiendo al mundo de 2020.

Piero Bevilacqua ha recomendado que la historia sea enseñada no desde la colección de hechos, sino como forma de conocimiento para responder a las preguntas de nuestro tiempo. Cuando Marx y Engels escribieron su obra, los principales enemigos eran los burgueses, sobre todo aquellos a los que la revolución industrial favoreció al acelerar la acumulación de capital. Hoy, confirmando la tesis de Bevilacqua, es evidente que otros son los enemigos. Lo es el temible coronavirus, lo siguen siendo las grandes desigualdades estructurales, pero principalmente la fragilidad social, el avasallante proceso de individualización y la temible deshumanización que enfrentamos. Y esto es alarmante, porque el devenir humano a través de la historia determina la conciencia social y detona la “deconstrucción”.

Un ejemplo: la modernidad. En las primeras décadas del siglo XX el modernismo, que tuvo como fundamento a la cultura europea desde la que se irradió al resto del mundo, provocó la transformación de la mentalidad social al sacudir la visión tradicional imperante. Su naturaleza fue democratizadora y favoreció lo sensorial y lo sonoro sobre lo real. Sin embargo, hacia la década de los 50 y 60, expresionismo y existencialismo comenzaron su declive y con ellos el del modernismo. Nació entonces el posmodernismo -así denominado por Jean-François Lyotard a finales de los 70-, en gran medida ante el arribo de los valores de la nueva cultura, de enorme influencia norteamericana. Derivado de ello, toda esperanza en un mundo mejor fue sofocada: el posmodernismo robusteció una gran sensación de duda y desmoralización, además de un evidente repudio a la tradición clásica, la ciencia, la religión, el marxismo, en suma, a lo real, lo que propició el despertar de la fascinación por lo degradante, shlock, kitsch y obscuro. Era un desafío para todos los órdenes, comprendidos el social, ideológico y político.

Fue entonces necesario acudir a un nuevo concepto para denominar todo lo no asociado con la modernidad y lo posmoderno. A Rosa María Rodríguez, seguidora de Jean Baudrillard, debemos la “transmodernidad”, no solo como nueva categoría para designar a lo hiperreal, sino como nuevo paradigma. A su vez, hacia los 90, a Enrique Dussel debemos otra interpretación, al aplicar dicho concepto a todo lo que se había gestado más allá de la modernidad, es decir, en su exterior a partir de la lucha por la liberación y de la reflexión por cuanto al encuentro con la identidad, en especial latinoamericana. La época era propicia para esta visión, tanto que se popularizó el recurrir al uso de conceptos tales como multiculturalismo, policulturalismo y transculturalismo, entre otros. Sí, de una u otra forma, la deconstrucción de la modernidad se había consumado. Y es que ésta, en su esencia de enorme contenido liberal, al igual que el socialismo, el comunismo y el anarquismo, se habíá fincado en una búsqueda utópica y revolucionaria. Allí los grandes utopistas sociales como Saint-Simon, Fourier, Cabet, Owen y más tarde a Babeuf, Buonarroti, Blanqui, entre otros. Pero también sobrevino la deconstrucción del posmodernismo que en la expresión propia, en la redención personal, en la idolatría de la técnica y en la libertad sexual a ultranza, creyó en algún momento encontrar su razón.

No hace mucho que Gilles Lipovetzky afirmaba que estábamos en “la era del vacío”, un momento histórico en el que imperaba el narcisimo colectivo, lo efímero, lo cool, lo vano, el hiperconsumo, pero también la más profunda depresión, hasta que en 2004 reconoció que estábamos en plena hipermodernidad, pero faltaba también Zygmunt Bauman, en aportar su interpretación conceptual de “sociedad líquida”, aquélla en la que privan incertidumbre, relatividad, movilidad, deshumanización.

La cuestión es ¿dónde nos encontramos hoy? El Covid-19 fue detonante de lo que podríamos calificar como una de las más grandes crisis que ha enfrentado la humanidad. Lo que estaba escrito en los registros de la historia se volvió un doloroso presente. Lo que nunca creímos vivir, lo estamos padeciendo. Lo que leímos en las más audaces novelas de ficción, se volvió realidad.

El mundo dejó de ser el que estudiamos y conocimos. Actualmente estamos atrapados en plena distopía, de alcance mundial. Santiago Alba reconoce que las utopías nacen en los malos tiempos y las distopías en los buenos. Es cierto, porque todo es cíclico. Por eso creo que nuestro desafío será deconstruir la distopía y construir el nuevo mundo, solo que éste dependerá de la humanidad que queramos ser.


bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli


“Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás”, declararon Karl Marx y Federico Engels en el primer apartado de su “Manifiesto del Partido Comunista”, comenzaba 1848, pero tal parecería un escrito visionario que estuviera describiendo al mundo de 2020.

Piero Bevilacqua ha recomendado que la historia sea enseñada no desde la colección de hechos, sino como forma de conocimiento para responder a las preguntas de nuestro tiempo. Cuando Marx y Engels escribieron su obra, los principales enemigos eran los burgueses, sobre todo aquellos a los que la revolución industrial favoreció al acelerar la acumulación de capital. Hoy, confirmando la tesis de Bevilacqua, es evidente que otros son los enemigos. Lo es el temible coronavirus, lo siguen siendo las grandes desigualdades estructurales, pero principalmente la fragilidad social, el avasallante proceso de individualización y la temible deshumanización que enfrentamos. Y esto es alarmante, porque el devenir humano a través de la historia determina la conciencia social y detona la “deconstrucción”.

Un ejemplo: la modernidad. En las primeras décadas del siglo XX el modernismo, que tuvo como fundamento a la cultura europea desde la que se irradió al resto del mundo, provocó la transformación de la mentalidad social al sacudir la visión tradicional imperante. Su naturaleza fue democratizadora y favoreció lo sensorial y lo sonoro sobre lo real. Sin embargo, hacia la década de los 50 y 60, expresionismo y existencialismo comenzaron su declive y con ellos el del modernismo. Nació entonces el posmodernismo -así denominado por Jean-François Lyotard a finales de los 70-, en gran medida ante el arribo de los valores de la nueva cultura, de enorme influencia norteamericana. Derivado de ello, toda esperanza en un mundo mejor fue sofocada: el posmodernismo robusteció una gran sensación de duda y desmoralización, además de un evidente repudio a la tradición clásica, la ciencia, la religión, el marxismo, en suma, a lo real, lo que propició el despertar de la fascinación por lo degradante, shlock, kitsch y obscuro. Era un desafío para todos los órdenes, comprendidos el social, ideológico y político.

Fue entonces necesario acudir a un nuevo concepto para denominar todo lo no asociado con la modernidad y lo posmoderno. A Rosa María Rodríguez, seguidora de Jean Baudrillard, debemos la “transmodernidad”, no solo como nueva categoría para designar a lo hiperreal, sino como nuevo paradigma. A su vez, hacia los 90, a Enrique Dussel debemos otra interpretación, al aplicar dicho concepto a todo lo que se había gestado más allá de la modernidad, es decir, en su exterior a partir de la lucha por la liberación y de la reflexión por cuanto al encuentro con la identidad, en especial latinoamericana. La época era propicia para esta visión, tanto que se popularizó el recurrir al uso de conceptos tales como multiculturalismo, policulturalismo y transculturalismo, entre otros. Sí, de una u otra forma, la deconstrucción de la modernidad se había consumado. Y es que ésta, en su esencia de enorme contenido liberal, al igual que el socialismo, el comunismo y el anarquismo, se habíá fincado en una búsqueda utópica y revolucionaria. Allí los grandes utopistas sociales como Saint-Simon, Fourier, Cabet, Owen y más tarde a Babeuf, Buonarroti, Blanqui, entre otros. Pero también sobrevino la deconstrucción del posmodernismo que en la expresión propia, en la redención personal, en la idolatría de la técnica y en la libertad sexual a ultranza, creyó en algún momento encontrar su razón.

No hace mucho que Gilles Lipovetzky afirmaba que estábamos en “la era del vacío”, un momento histórico en el que imperaba el narcisimo colectivo, lo efímero, lo cool, lo vano, el hiperconsumo, pero también la más profunda depresión, hasta que en 2004 reconoció que estábamos en plena hipermodernidad, pero faltaba también Zygmunt Bauman, en aportar su interpretación conceptual de “sociedad líquida”, aquélla en la que privan incertidumbre, relatividad, movilidad, deshumanización.

La cuestión es ¿dónde nos encontramos hoy? El Covid-19 fue detonante de lo que podríamos calificar como una de las más grandes crisis que ha enfrentado la humanidad. Lo que estaba escrito en los registros de la historia se volvió un doloroso presente. Lo que nunca creímos vivir, lo estamos padeciendo. Lo que leímos en las más audaces novelas de ficción, se volvió realidad.

El mundo dejó de ser el que estudiamos y conocimos. Actualmente estamos atrapados en plena distopía, de alcance mundial. Santiago Alba reconoce que las utopías nacen en los malos tiempos y las distopías en los buenos. Es cierto, porque todo es cíclico. Por eso creo que nuestro desafío será deconstruir la distopía y construir el nuevo mundo, solo que éste dependerá de la humanidad que queramos ser.


bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli