/ sábado 14 de julio de 2018

Cuchillito de palo | Crece el clamor: ¡Fuera!

Con la medida que midas, serás medido. Un fuerte sector del Partido Acción Nacional, exige la salida de Ricardo Anaya y la de su actual dirigente, Damián Zepeda, de su cúpula.

Convocan a nombrar a un presidente interino, a la brevedad y demandan una reestructuración del organismo, o de lo que de él, queda. El excandidato presidencial calla y, a lo que se ve, no piensa dar la cara para justificar la aplastante derrota.

Tras su “hazaña” de dividir al que fue la oposición más consistente en la República y dar al traste con la democracia interna, que tanto pregonaban, el exjoven maravilla se hace ojo de hormiga y evade el pago de facturas.

El blanquiazul sufrió una pérdida vergonzosa y humillante. Su alianza con el PRD indignó a quienes siempre rechazaron esa mezcla del agua y el aceite. Para conseguir el que, tanto el Sol Azteca como Movimiento Ciudadano se aliaran, los cabecillas les cedieron un exagerado número de escaños –y otras candidaturas de representación popular-, que tendrían que haber sido para sus propios militantes.

La generosa dádiva no redituó la votación que suponían. Ni las huestes del PRD ni las del Naranja, sufragaron por Anaya. En el conteo se constató que lo hicieron, en un buen porcentaje por López Obrador; otros por Meade, mientras sí cruzaron la boleta a favor de los suspirantes a diputados y senadores, de sus siglas.

El rechazo, desde el punto de vista numérico, acabó de cerrar el muro contra el que ahora se considera un traidor. Así lo ven, cuando menos, políticos jaliscienses; sin pelos en la lengua declaran que así se califica a quien apoyó al triunfador Enrique Alfaro (MC).

En su ambición, el bisoño politiquillo creyó que, en razón de lo que les ofertaba, las bases perredista lo seguirían incondicionalmente. Falto de visión no calculó que las tribus son difíciles de encauzar y peor frente a la imposición de un candidato conservador.

Así como fuertes sectores del PAN renegaron del acuerdo, lo mismo sucedió en las filas de lo que queda del PRD. Bajo esa tesitura, ninguno de sus líderes podía obligarlos a cruzar la boleta, por el que consideraban la antítesis de su ideología.

El declive de Acción Nacional, viene de años. La injerencia directa del Calderonato y su autoritarismo para colocar presidentes a su gusto, acabó por provocar un éxodo, acentuado a la llegada de Anaya.

Empezó por traicionar a su propio mentor –Gustavo Madero-, mientras incrustaba a sus cercanos en el tronco que sostenía al organismo. Rompieron con los tradicionales, para dar paso a una ola de viles advenedizos, ajenos a sus principios.

Intentar recomponerlo requiere del regreso a su médula, a los de pura cepa; a aquellos que se sostuvieron fieles y lo consideran destino. Seguir con la idea, como la tiene Anaya y su grupo, de que ellos levantarán de las cenizas los cimientos, es una utopía.

En esta escisión y mientras no haya un rumbo definido, se ve difícil que, quienes consiguieron el milagro de un cargo, puedan servir de contrapeso al poder absoluto, que detentará AMLO:

Por mucho que argumenten los pocos legisladores que tendrán, la mayoría morenista, aguerrida y brava como es, dominará el cotarro. La fracción panista, si encima queda con un coordinador al gusto del Anayismo, vivirá el fracaso cotidiano en el Congreso.

De tragedia, que volvamos a la demencial hegemonía, en razón de las ambiciones del grupúsculo cavador de la tumba de Acción Nacional.

catalinanq@hotmail.com

@catalinanq


Con la medida que midas, serás medido. Un fuerte sector del Partido Acción Nacional, exige la salida de Ricardo Anaya y la de su actual dirigente, Damián Zepeda, de su cúpula.

Convocan a nombrar a un presidente interino, a la brevedad y demandan una reestructuración del organismo, o de lo que de él, queda. El excandidato presidencial calla y, a lo que se ve, no piensa dar la cara para justificar la aplastante derrota.

Tras su “hazaña” de dividir al que fue la oposición más consistente en la República y dar al traste con la democracia interna, que tanto pregonaban, el exjoven maravilla se hace ojo de hormiga y evade el pago de facturas.

El blanquiazul sufrió una pérdida vergonzosa y humillante. Su alianza con el PRD indignó a quienes siempre rechazaron esa mezcla del agua y el aceite. Para conseguir el que, tanto el Sol Azteca como Movimiento Ciudadano se aliaran, los cabecillas les cedieron un exagerado número de escaños –y otras candidaturas de representación popular-, que tendrían que haber sido para sus propios militantes.

La generosa dádiva no redituó la votación que suponían. Ni las huestes del PRD ni las del Naranja, sufragaron por Anaya. En el conteo se constató que lo hicieron, en un buen porcentaje por López Obrador; otros por Meade, mientras sí cruzaron la boleta a favor de los suspirantes a diputados y senadores, de sus siglas.

El rechazo, desde el punto de vista numérico, acabó de cerrar el muro contra el que ahora se considera un traidor. Así lo ven, cuando menos, políticos jaliscienses; sin pelos en la lengua declaran que así se califica a quien apoyó al triunfador Enrique Alfaro (MC).

En su ambición, el bisoño politiquillo creyó que, en razón de lo que les ofertaba, las bases perredista lo seguirían incondicionalmente. Falto de visión no calculó que las tribus son difíciles de encauzar y peor frente a la imposición de un candidato conservador.

Así como fuertes sectores del PAN renegaron del acuerdo, lo mismo sucedió en las filas de lo que queda del PRD. Bajo esa tesitura, ninguno de sus líderes podía obligarlos a cruzar la boleta, por el que consideraban la antítesis de su ideología.

El declive de Acción Nacional, viene de años. La injerencia directa del Calderonato y su autoritarismo para colocar presidentes a su gusto, acabó por provocar un éxodo, acentuado a la llegada de Anaya.

Empezó por traicionar a su propio mentor –Gustavo Madero-, mientras incrustaba a sus cercanos en el tronco que sostenía al organismo. Rompieron con los tradicionales, para dar paso a una ola de viles advenedizos, ajenos a sus principios.

Intentar recomponerlo requiere del regreso a su médula, a los de pura cepa; a aquellos que se sostuvieron fieles y lo consideran destino. Seguir con la idea, como la tiene Anaya y su grupo, de que ellos levantarán de las cenizas los cimientos, es una utopía.

En esta escisión y mientras no haya un rumbo definido, se ve difícil que, quienes consiguieron el milagro de un cargo, puedan servir de contrapeso al poder absoluto, que detentará AMLO:

Por mucho que argumenten los pocos legisladores que tendrán, la mayoría morenista, aguerrida y brava como es, dominará el cotarro. La fracción panista, si encima queda con un coordinador al gusto del Anayismo, vivirá el fracaso cotidiano en el Congreso.

De tragedia, que volvamos a la demencial hegemonía, en razón de las ambiciones del grupúsculo cavador de la tumba de Acción Nacional.

catalinanq@hotmail.com

@catalinanq