/ viernes 25 de octubre de 2019

Culiacán: el territorio es de ellos

Como muy pocas veces sucede, los hechos violentos ocurridos la semana pasada en la ciudad de Culiacán, Sinaloa, dieron lugar a las más fuertes críticas en contra del Gobierno de López Obrador. En círculos de análisis y opinión, la inmensa mayoría de comentarios coincidieron -con justa razón- en que nos encontramos ante un Estado -y un gobierno- derrotado, acorralado, humillado y sometido por el crimen organizado.

En lo económico, lo social y en los objetivos de este gobierno, en nada nos ayuda que en México y en el mundo se tenga esta imagen de nuestro país. Lo sucedido ha sido un duro golpe para López Obrador y para el Proyecto de la Cuarta Transformación y, muy probablemente, anticipe escenarios mucho más complejos en el tema de la inseguridad y la violencia.

La semana pasada el país retrocedió en varios sentidos. En todos estos años de ninguna manera se le ha ganado espacio al crimen organizado; por el contrario, tal parece que lo estamos perdiendo y a un precio muy alto, pues en medio de todo se encuentra el temor en que viven millones de mexicanos. El tema de la seguridad sigue figurando como el problema más importante para el 67.2 % de la población.

La estrategia de “pacificación” de este gobierno, la vigencia del “Estado de Derecho”, el llamado “punto de inflexión” en la tendencia de crecimiento del crimen, los “abrazos y no balazos”, el “cambio de paradigma en seguridad”, las sesiones diarias del Gabinete de Seguridad, todo, absolutamente todo se vino abajo en cuestión de unas cuántas horas.

Lo único cierto es que, los cárteles de la droga, se mantienen bien organizados no sólo para seguir operando en las distintas regiones del país que están bajo su control, sino para reaccionar de manera inmediata, coordinada y con una estrategia perfectamente articulada ante cualquier amenaza a sus territorios.

En el caso del Cártel de Sinaloa, el encarcelamiento del “Chapo Guzmán” no bastó para debilitar a este grupo; por el contrario, ya demostró parte de su poderío -armamento, comunicación, coordinación, despliegue en redes sociales y movilización de sus distintas células- para confrontar al Estado Mexicano.

Si esto ocurre al interior del Cártel de Sinaloa, que ha sido uno de los más perseguidos desde hace ya varios años, no podemos dejar de imaginar la posición en que se encuentran otros grupos hegemónicos del crimen organizado, como es el caso del Cártel Jalisco Nueva Generación, los Zetas, del Golfo, entre otros, que tienen bajo su control distintas regiones del país y que además se caracterizan por los altos niveles de violencia con que llegan a actuar.

Pero bueno, el Cártel de Sinaloa no sólo generó una de las -hasta ahora- más graves crisis al gobierno de López Obrador; sino que también provocó que este último mostrara todas sus contradicciones, errores y limitaciones.

La cuestión es que, en términos de seguridad y gobernabilidad, Culiacán es territorio del Cártel de Sinaloa y así lo van a seguir defendiendo, como muy seguramente lo harán aquellos grupos del crimen que controlan regiones de Tamaulipas, Guanajuato, Guerrero, Morelos, Michoacán y muchas entidades más.

La 4T se encuentra ante una paradoja: recuperar el terreno perdido en Culiacán -lo mismo que en otras regiones- pero dentro de los márgenes que el mismo gobierno se ha propuesto: sin violencia y sin el despliegue de la fuerza militar, lo cual se antoja muy cuesta arriba.

En esta perspectiva, el envío de tropas de élite a la capital de Sinaloa no pasará de ser una mera demostración -tardía- de fuerza. Si en todo este tiempo la premisa de AMLO ha sido evitar la confrontación, no veo como se pueda neutralizar la capacidad de respuesta de este y otros cárteles, y cómo recuperar el terreno que se está perdiendo, literalmente.

Indudablemente, Culiacán fue una fuerte llamada de atención más para el gobierno; sin embargo, en vez de asumir esta dura experiencia como una oportunidad para realizar ajustes y reorientar la estrategia en materia de seguridad, el Presidente regresó muy rápido a su tradicional estilo triunfalista y de tomar las cosas a la ligera.

Tal parece que la declaración “me hicieron lo que el viento a Juárez” hecha por el Presidente en estos días, tendría más razón si proviniera de los miembros del Cártel de Juárez, éstos si tienen argumentos de sobra para calificar de esta manera lo que ha ocurrido.

*Presidente de la Academia Mexicana de Educación.

Como muy pocas veces sucede, los hechos violentos ocurridos la semana pasada en la ciudad de Culiacán, Sinaloa, dieron lugar a las más fuertes críticas en contra del Gobierno de López Obrador. En círculos de análisis y opinión, la inmensa mayoría de comentarios coincidieron -con justa razón- en que nos encontramos ante un Estado -y un gobierno- derrotado, acorralado, humillado y sometido por el crimen organizado.

En lo económico, lo social y en los objetivos de este gobierno, en nada nos ayuda que en México y en el mundo se tenga esta imagen de nuestro país. Lo sucedido ha sido un duro golpe para López Obrador y para el Proyecto de la Cuarta Transformación y, muy probablemente, anticipe escenarios mucho más complejos en el tema de la inseguridad y la violencia.

La semana pasada el país retrocedió en varios sentidos. En todos estos años de ninguna manera se le ha ganado espacio al crimen organizado; por el contrario, tal parece que lo estamos perdiendo y a un precio muy alto, pues en medio de todo se encuentra el temor en que viven millones de mexicanos. El tema de la seguridad sigue figurando como el problema más importante para el 67.2 % de la población.

La estrategia de “pacificación” de este gobierno, la vigencia del “Estado de Derecho”, el llamado “punto de inflexión” en la tendencia de crecimiento del crimen, los “abrazos y no balazos”, el “cambio de paradigma en seguridad”, las sesiones diarias del Gabinete de Seguridad, todo, absolutamente todo se vino abajo en cuestión de unas cuántas horas.

Lo único cierto es que, los cárteles de la droga, se mantienen bien organizados no sólo para seguir operando en las distintas regiones del país que están bajo su control, sino para reaccionar de manera inmediata, coordinada y con una estrategia perfectamente articulada ante cualquier amenaza a sus territorios.

En el caso del Cártel de Sinaloa, el encarcelamiento del “Chapo Guzmán” no bastó para debilitar a este grupo; por el contrario, ya demostró parte de su poderío -armamento, comunicación, coordinación, despliegue en redes sociales y movilización de sus distintas células- para confrontar al Estado Mexicano.

Si esto ocurre al interior del Cártel de Sinaloa, que ha sido uno de los más perseguidos desde hace ya varios años, no podemos dejar de imaginar la posición en que se encuentran otros grupos hegemónicos del crimen organizado, como es el caso del Cártel Jalisco Nueva Generación, los Zetas, del Golfo, entre otros, que tienen bajo su control distintas regiones del país y que además se caracterizan por los altos niveles de violencia con que llegan a actuar.

Pero bueno, el Cártel de Sinaloa no sólo generó una de las -hasta ahora- más graves crisis al gobierno de López Obrador; sino que también provocó que este último mostrara todas sus contradicciones, errores y limitaciones.

La cuestión es que, en términos de seguridad y gobernabilidad, Culiacán es territorio del Cártel de Sinaloa y así lo van a seguir defendiendo, como muy seguramente lo harán aquellos grupos del crimen que controlan regiones de Tamaulipas, Guanajuato, Guerrero, Morelos, Michoacán y muchas entidades más.

La 4T se encuentra ante una paradoja: recuperar el terreno perdido en Culiacán -lo mismo que en otras regiones- pero dentro de los márgenes que el mismo gobierno se ha propuesto: sin violencia y sin el despliegue de la fuerza militar, lo cual se antoja muy cuesta arriba.

En esta perspectiva, el envío de tropas de élite a la capital de Sinaloa no pasará de ser una mera demostración -tardía- de fuerza. Si en todo este tiempo la premisa de AMLO ha sido evitar la confrontación, no veo como se pueda neutralizar la capacidad de respuesta de este y otros cárteles, y cómo recuperar el terreno que se está perdiendo, literalmente.

Indudablemente, Culiacán fue una fuerte llamada de atención más para el gobierno; sin embargo, en vez de asumir esta dura experiencia como una oportunidad para realizar ajustes y reorientar la estrategia en materia de seguridad, el Presidente regresó muy rápido a su tradicional estilo triunfalista y de tomar las cosas a la ligera.

Tal parece que la declaración “me hicieron lo que el viento a Juárez” hecha por el Presidente en estos días, tendría más razón si proviniera de los miembros del Cártel de Juárez, éstos si tienen argumentos de sobra para calificar de esta manera lo que ha ocurrido.

*Presidente de la Academia Mexicana de Educación.

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