/ lunes 4 de junio de 2018

Desafío 2018: reconstruir México

El contexto global y regional se ha modificado. La política comercial impuesta por el presidente de Estados Unidos ha trastocado los equilibrios con América del Norte, la Unión Europea, Japón y China.

“No tenemos aliados eternos ni enemigos perpetuos”, afirmó Lord Palmerston, en referencia a la estrategia de la Gran Bretaña como potencia hegemónica. “Sólo nuestros intereses son eternos”, sentenció a mediados del siglo XIX.

“Estados Unidos no tiene amigos, sólo tiene intereses”, afirmó John Foster Dulles, secretario de Estado de Dwight Eisenhower en los años 50 del siglo pasado.

En México se debe ser claro: será necesario entender que el marco global se ha modificado y que la Guerra Comercial desatada por EU obliga a tomar decisiones que probablemente no se habían vislumbrado hace unos años.

La coyuntura reclama liderazgos basados en encontrar soluciones a los desafíos que enfrenta México, no en dogmas económicos que han generado el modesto crecimiento de 2.5%. Además, esa débil dinámica llegará a su fin si los desacuerdos con EU siguen en aumento.

Para quienes aspiran a la Presidencia de México, para el gobierno saliente y para los ciudadanos en general debe ser claro: no hay espacio para más confrontaciones internas.

En un mes habrá terminado el proceso electoral, las descalificaciones políticas no servirán para enfrentar los desafíos reales. Será momento, para quien triunfe en la elección y para el gobierno saliente, de actuar con responsabilidad, serenidad, conocimiento, diligencia y eficacia.

No hay espacio para promesas sin sustento, para posturas medianas o liderazgos dubitativos. Los candidatos deben voltear hacia sus equipos y preguntarse seriamente si se tiene la amplitud de visión, capacidad estratégica, de negociación, técnica, libertad de acción y pensamiento y de temple para enfrentar el cambio que viene.

No es tiempo para adeptos, es tiempo para aptos. Ello reclamará un gobierno que en la práctica sea de coalición y orientado a resultados. No hay espacio para divisiones ni aprendizajes.

México no puede llegar dividido a enfrentar desafíos tan diversos como la renegociación del TLCAN, el cambio de gobierno, la desaceleración económica, el incremento de la inseguridad y el combate a la corrupción.

Se requiere un liderazgo que aglutine lo mejor de México. Más importante: comprender que un mes de elecciones no vale el destino de México y que ninguna posición política tiene todas las respuestas.

Falta poco más de un mes para la elección, pero la presión de Donald Trump y los problemas estructurales del país (pobreza, bajo crecimiento, inseguridad, corrupción, principalmente) reclaman acciones y liderazgos comprometidos desde hoy. Será una obligación, no una opción.

El contexto global y regional se ha modificado. La política comercial impuesta por el presidente de Estados Unidos ha trastocado los equilibrios con América del Norte, la Unión Europea, Japón y China.

“No tenemos aliados eternos ni enemigos perpetuos”, afirmó Lord Palmerston, en referencia a la estrategia de la Gran Bretaña como potencia hegemónica. “Sólo nuestros intereses son eternos”, sentenció a mediados del siglo XIX.

“Estados Unidos no tiene amigos, sólo tiene intereses”, afirmó John Foster Dulles, secretario de Estado de Dwight Eisenhower en los años 50 del siglo pasado.

En México se debe ser claro: será necesario entender que el marco global se ha modificado y que la Guerra Comercial desatada por EU obliga a tomar decisiones que probablemente no se habían vislumbrado hace unos años.

La coyuntura reclama liderazgos basados en encontrar soluciones a los desafíos que enfrenta México, no en dogmas económicos que han generado el modesto crecimiento de 2.5%. Además, esa débil dinámica llegará a su fin si los desacuerdos con EU siguen en aumento.

Para quienes aspiran a la Presidencia de México, para el gobierno saliente y para los ciudadanos en general debe ser claro: no hay espacio para más confrontaciones internas.

En un mes habrá terminado el proceso electoral, las descalificaciones políticas no servirán para enfrentar los desafíos reales. Será momento, para quien triunfe en la elección y para el gobierno saliente, de actuar con responsabilidad, serenidad, conocimiento, diligencia y eficacia.

No hay espacio para promesas sin sustento, para posturas medianas o liderazgos dubitativos. Los candidatos deben voltear hacia sus equipos y preguntarse seriamente si se tiene la amplitud de visión, capacidad estratégica, de negociación, técnica, libertad de acción y pensamiento y de temple para enfrentar el cambio que viene.

No es tiempo para adeptos, es tiempo para aptos. Ello reclamará un gobierno que en la práctica sea de coalición y orientado a resultados. No hay espacio para divisiones ni aprendizajes.

México no puede llegar dividido a enfrentar desafíos tan diversos como la renegociación del TLCAN, el cambio de gobierno, la desaceleración económica, el incremento de la inseguridad y el combate a la corrupción.

Se requiere un liderazgo que aglutine lo mejor de México. Más importante: comprender que un mes de elecciones no vale el destino de México y que ninguna posición política tiene todas las respuestas.

Falta poco más de un mes para la elección, pero la presión de Donald Trump y los problemas estructurales del país (pobreza, bajo crecimiento, inseguridad, corrupción, principalmente) reclaman acciones y liderazgos comprometidos desde hoy. Será una obligación, no una opción.

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