/ domingo 2 de febrero de 2020

Desarrollo con Crecimiento 

En un país de desigualdades, el equilibrio entre el crecimiento y el desarrollo siempre es precario. Por un lado, hablamos de las necesidades de millones de personas y, por el otro, de los indicadores que señalan la salud de las finanzas, la riqueza y el comercio, para que los inversionistas decidan apostar su dinero en el país.

No necesariamente caminan juntos y eso crea, además de debates interminables, una percepción que afecta las proyecciones a futuro de quienes manejan capitales que son un requisito para poder crear empleo y oportunidades para la mayoría.

La clave es una mejor distribución de la riqueza, al mismo tiempo que el pago de las obligaciones que hemos llamado impuestos (que son así, porque de lo contrario se denominarían “opcionales” y dudo que alguien los pagaría) para que el Estado cubra el costo de los servicios públicos y las necesidades sociales que cualquier nación.

México es un ejemplo claro de que el crecimiento económico no es un indicador de mejores condiciones de vida para su población -seguimos en la parte alta de la lista de países con mayor desigualdad en el continente-, aunque tampoco tener una disminución del PIB es una buena noticia o la antesala de una recuperación en el ingreso por persona.

Por eso una mejor repartición, tanto del dinero que ingresa como de los impuestos que deben aportarse, es la solución para que una economía empiece a funcionar y siente las bases de un desarrollo sostenido.

Sin embargo, en este tema las noticias falsas, o a medias, han hecho muy complicado entender que todos los presupuestos, públicos y privados, son finitos y deben corresponder a una realidad que se aplica, incluso desde nuestra casa: no se debe gastar más de lo que se ingresa.

Es ahí que nuestra contribución como ciudadanos es indispensable. A nadie le gusta pagar impuestos, pero no existe otra opción si queremos construir un sistema que cumpla con los servicios que demandamos y apoye a quienes se han quedado atrás en ese desarrollo que hoy se persigue y que el crecimiento económico nunca tomó en cuenta, más allá de las estadísticas.

No obstante, pagar impuestos es un acto también de confianza en las instituciones y, en nuestro caso, éstas no han gozado nunca de ella por completo. La corrupción y la idea clara de que nuestras contribuciones eran dilapidadas lo hace todavía más difícil.

Olvidemos las rifas, las subastas y cualquier otra forma en que un gobierno puede allegarse de recursos que necesita (y necesitamos) el tema que nos debe ocupar es la manera en que vamos a arreglar este sistema que no ayudar a quienes menos tiene y ahora no manda señales de certidumbre para que la inversión fluya.

Nuestra tarea debe enfocarse en participar no sólo en lo político, sino también en lo económico, impulsando medidas que permitan un piso parejo y posibilidades de desarrollo para quien busca ganarse la vida de manera honesta.

En los años 80 la válvula de escape fue el comercio informal, pero estamos en la segunda década del siglo XXI y éste sigue siendo la vía para que miles de mexicanas y mexicanos lleven el sustento a su hogar.

Uno de los mejores negocios que inventamos ha sido el gasto público en educación, con resultados mínimos en aquellos que hoy tienen menos ingresos, oportunidades y expectativas que sus padres y sus abuelos. Y son las y los jóvenes de nuestro país la última oportunidad que tendremos para relanzar al país hacia un primer mundo que parece más una ilusión que una realidad.

Este dilema no es exclusivo de México. Reino Unido completó esta semana su salida de la Unión Europea, uno de los modelos económicos entre naciones más sólidos que se han diseñado; a pesar del crecimiento económico sostenido, comprobable en casi cualquier indicador, esta prosperidad no bajó a los segmentos de mayor precariedad, ni le dio mejores opciones a la población joven. El resultado fue aprovechar el descontento para enviar a una de las economías más fuertes del planeta al aislamiento, aunque poco importa si una mujer o un hombre en su etapa productiva, con hijos, no encuentra un trabajo estable y bien pagado; para ella o él, la unidad comercial de naciones no significa nada.

Lo mismo puede aplicar a nuestro país, necesitamos brindarle a las y los jóvenes las razones por las cuales vale la pena trabajar, contribuir y apostarle a su propia tierra. Elegir entre seguir esforzándonos para crecer o mantenernos en las alternativas que ha promocionado el crimen, la corrupción y el capitalismo de cuates.

Este es el segundo año de un gobierno que trata de ir en otra dirección, pero tiene que ir acompañado de la mayor parte de la sociedad, convencida de que el sistema que teníamos medía el crecimiento todo el tiempo sin fijarse mucho en las personas de carne y hueso, lo que implica irnos hacia el otro extremo en donde llueva dinero que no existe para dar soluciones de un día.

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En un país de desigualdades, el equilibrio entre el crecimiento y el desarrollo siempre es precario. Por un lado, hablamos de las necesidades de millones de personas y, por el otro, de los indicadores que señalan la salud de las finanzas, la riqueza y el comercio, para que los inversionistas decidan apostar su dinero en el país.

No necesariamente caminan juntos y eso crea, además de debates interminables, una percepción que afecta las proyecciones a futuro de quienes manejan capitales que son un requisito para poder crear empleo y oportunidades para la mayoría.

La clave es una mejor distribución de la riqueza, al mismo tiempo que el pago de las obligaciones que hemos llamado impuestos (que son así, porque de lo contrario se denominarían “opcionales” y dudo que alguien los pagaría) para que el Estado cubra el costo de los servicios públicos y las necesidades sociales que cualquier nación.

México es un ejemplo claro de que el crecimiento económico no es un indicador de mejores condiciones de vida para su población -seguimos en la parte alta de la lista de países con mayor desigualdad en el continente-, aunque tampoco tener una disminución del PIB es una buena noticia o la antesala de una recuperación en el ingreso por persona.

Por eso una mejor repartición, tanto del dinero que ingresa como de los impuestos que deben aportarse, es la solución para que una economía empiece a funcionar y siente las bases de un desarrollo sostenido.

Sin embargo, en este tema las noticias falsas, o a medias, han hecho muy complicado entender que todos los presupuestos, públicos y privados, son finitos y deben corresponder a una realidad que se aplica, incluso desde nuestra casa: no se debe gastar más de lo que se ingresa.

Es ahí que nuestra contribución como ciudadanos es indispensable. A nadie le gusta pagar impuestos, pero no existe otra opción si queremos construir un sistema que cumpla con los servicios que demandamos y apoye a quienes se han quedado atrás en ese desarrollo que hoy se persigue y que el crecimiento económico nunca tomó en cuenta, más allá de las estadísticas.

No obstante, pagar impuestos es un acto también de confianza en las instituciones y, en nuestro caso, éstas no han gozado nunca de ella por completo. La corrupción y la idea clara de que nuestras contribuciones eran dilapidadas lo hace todavía más difícil.

Olvidemos las rifas, las subastas y cualquier otra forma en que un gobierno puede allegarse de recursos que necesita (y necesitamos) el tema que nos debe ocupar es la manera en que vamos a arreglar este sistema que no ayudar a quienes menos tiene y ahora no manda señales de certidumbre para que la inversión fluya.

Nuestra tarea debe enfocarse en participar no sólo en lo político, sino también en lo económico, impulsando medidas que permitan un piso parejo y posibilidades de desarrollo para quien busca ganarse la vida de manera honesta.

En los años 80 la válvula de escape fue el comercio informal, pero estamos en la segunda década del siglo XXI y éste sigue siendo la vía para que miles de mexicanas y mexicanos lleven el sustento a su hogar.

Uno de los mejores negocios que inventamos ha sido el gasto público en educación, con resultados mínimos en aquellos que hoy tienen menos ingresos, oportunidades y expectativas que sus padres y sus abuelos. Y son las y los jóvenes de nuestro país la última oportunidad que tendremos para relanzar al país hacia un primer mundo que parece más una ilusión que una realidad.

Este dilema no es exclusivo de México. Reino Unido completó esta semana su salida de la Unión Europea, uno de los modelos económicos entre naciones más sólidos que se han diseñado; a pesar del crecimiento económico sostenido, comprobable en casi cualquier indicador, esta prosperidad no bajó a los segmentos de mayor precariedad, ni le dio mejores opciones a la población joven. El resultado fue aprovechar el descontento para enviar a una de las economías más fuertes del planeta al aislamiento, aunque poco importa si una mujer o un hombre en su etapa productiva, con hijos, no encuentra un trabajo estable y bien pagado; para ella o él, la unidad comercial de naciones no significa nada.

Lo mismo puede aplicar a nuestro país, necesitamos brindarle a las y los jóvenes las razones por las cuales vale la pena trabajar, contribuir y apostarle a su propia tierra. Elegir entre seguir esforzándonos para crecer o mantenernos en las alternativas que ha promocionado el crimen, la corrupción y el capitalismo de cuates.

Este es el segundo año de un gobierno que trata de ir en otra dirección, pero tiene que ir acompañado de la mayor parte de la sociedad, convencida de que el sistema que teníamos medía el crecimiento todo el tiempo sin fijarse mucho en las personas de carne y hueso, lo que implica irnos hacia el otro extremo en donde llueva dinero que no existe para dar soluciones de un día.

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