/ martes 13 de octubre de 2020

Después del Covid-19

El nuevo coronavirus ha provocado decenas de miles de muertes. La economía ha tenido el retroceso más importante desde la primera mitad del siglo veinte. Nuestra forma de vivir se ha transformado. Y, mientras todo eso está sucediendo: el enojo aumenta, las confrontaciones se acentúan, la violencia está a la alza, las visiones dicotómicas se arraigan, sin que se vea luz al final del año 2020.

La pandemia ya cobró más vidas que todos los terremotos juntos del siglo XX en nuestro país. Ahora, esta enfermedad ha entrado en una nueva etapa con la llegada de la influenza, y los tiempos de frio. La cifra de vidas perdidas es escandalosa, pero hemos normalizado que todos los días se anuncien más contagios y más muertos. El tiempo presente siempre deja que desear. Sin embargo, en este caso, la discusión cotidiana nos queda mucho, pero mucho a deber. Y, el Estado mexicano no cambia de manera radical ni discreta la estrategia contra el virus. La confrontación, la falta de coordinación y la confusión reinan en el cómo seguiremos hacia el futuro. Un virus es neutro, sin ideología, no es de izquierda ni de derecha, por ello, no genera encendidas discusiones ni amplios debates, hay que mezclarlo con política para hablar de él.

La economía pasa su peor momento desde hace décadas. Millones de personas han sido lanzadas a las calles. Millones de personas se han quedado sin techo en cuestión de meses. Los precios de productos y servicios han subido de manera sigilosa. Miles de negocios quebrados y en el abandono. Miles de patrimonios se han perdido, y se ha demostrado lo difícil que es emprender un negocio en México. En nuestro país poner un negocio es un deporte de alto riesgo, los problemas van desde la burocracia hasta la seguridad pública. Como desde hace varios siglos, los más ricos siguen haciendo negocios, y los más pequeños luchan por sobrevivir en estos tiempos.

Suena ridículo pero el uso del cubre bocas es un tema político. Es la única herramienta de salud que tiene un cariz de izquierda o de derecha, y cuyo uso obligatorio se identifica con el respeto al ejercicio de los derechos humanos o con la violación a los mismos. La presunta estabilidad de las sociedades contemporáneas nos permite ponernos a discutir tonterías. Las normas de salud que obligan a desechar las jeringas nunca se abordaron de esta forma, pero aquí los políticos decidieron polemizar el asunto, y ahora resulta que el uso obligatorio del cubre bocas podría constituir una grave violación a los derechos humanos (en un país con miles de desaparecidos y ejecuciones extrajudiciales).

Algún día en el futuro, después de que el alud de malas noticias, peores decisiones y falta de claridad nos permitan meditar sobre todo lo que pasó, tal vez, es que veamos todo lo antes dicho en su justa dimensión. Al día de hoy, no sabemos cuál es el futuro que está allá en el 2021. Nos han pedido que nos acostumbremos a la nueva normalidad (sea esto, lo que quiera decir). Todo mundo habla sobre la vacuna que nos regresará a noviembre de 2019, para que sigamos como si nada hubiera pasado. Se antoja complicado que vaya a ser así (por lo menos alguna reflexión deberíamos de llevarnos). En 2022 o 2023, posiblemente es que tengamos mejor juicio para analizar qué sucedió en 2020. Mientras sigamos en twitter con las mentadas de madre, la sordera colectiva y un examen poco estricto sobre el dónde estamos parados.

Doctor en derecho

@jangulonobara

El nuevo coronavirus ha provocado decenas de miles de muertes. La economía ha tenido el retroceso más importante desde la primera mitad del siglo veinte. Nuestra forma de vivir se ha transformado. Y, mientras todo eso está sucediendo: el enojo aumenta, las confrontaciones se acentúan, la violencia está a la alza, las visiones dicotómicas se arraigan, sin que se vea luz al final del año 2020.

La pandemia ya cobró más vidas que todos los terremotos juntos del siglo XX en nuestro país. Ahora, esta enfermedad ha entrado en una nueva etapa con la llegada de la influenza, y los tiempos de frio. La cifra de vidas perdidas es escandalosa, pero hemos normalizado que todos los días se anuncien más contagios y más muertos. El tiempo presente siempre deja que desear. Sin embargo, en este caso, la discusión cotidiana nos queda mucho, pero mucho a deber. Y, el Estado mexicano no cambia de manera radical ni discreta la estrategia contra el virus. La confrontación, la falta de coordinación y la confusión reinan en el cómo seguiremos hacia el futuro. Un virus es neutro, sin ideología, no es de izquierda ni de derecha, por ello, no genera encendidas discusiones ni amplios debates, hay que mezclarlo con política para hablar de él.

La economía pasa su peor momento desde hace décadas. Millones de personas han sido lanzadas a las calles. Millones de personas se han quedado sin techo en cuestión de meses. Los precios de productos y servicios han subido de manera sigilosa. Miles de negocios quebrados y en el abandono. Miles de patrimonios se han perdido, y se ha demostrado lo difícil que es emprender un negocio en México. En nuestro país poner un negocio es un deporte de alto riesgo, los problemas van desde la burocracia hasta la seguridad pública. Como desde hace varios siglos, los más ricos siguen haciendo negocios, y los más pequeños luchan por sobrevivir en estos tiempos.

Suena ridículo pero el uso del cubre bocas es un tema político. Es la única herramienta de salud que tiene un cariz de izquierda o de derecha, y cuyo uso obligatorio se identifica con el respeto al ejercicio de los derechos humanos o con la violación a los mismos. La presunta estabilidad de las sociedades contemporáneas nos permite ponernos a discutir tonterías. Las normas de salud que obligan a desechar las jeringas nunca se abordaron de esta forma, pero aquí los políticos decidieron polemizar el asunto, y ahora resulta que el uso obligatorio del cubre bocas podría constituir una grave violación a los derechos humanos (en un país con miles de desaparecidos y ejecuciones extrajudiciales).

Algún día en el futuro, después de que el alud de malas noticias, peores decisiones y falta de claridad nos permitan meditar sobre todo lo que pasó, tal vez, es que veamos todo lo antes dicho en su justa dimensión. Al día de hoy, no sabemos cuál es el futuro que está allá en el 2021. Nos han pedido que nos acostumbremos a la nueva normalidad (sea esto, lo que quiera decir). Todo mundo habla sobre la vacuna que nos regresará a noviembre de 2019, para que sigamos como si nada hubiera pasado. Se antoja complicado que vaya a ser así (por lo menos alguna reflexión deberíamos de llevarnos). En 2022 o 2023, posiblemente es que tengamos mejor juicio para analizar qué sucedió en 2020. Mientras sigamos en twitter con las mentadas de madre, la sordera colectiva y un examen poco estricto sobre el dónde estamos parados.

Doctor en derecho

@jangulonobara

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