/ jueves 5 de abril de 2018

¿Dialogar con el narco?

¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?

Groucho Marx

1. Acuerdos en los oscurito. Durante largos años personeros del gobierno del PRI, y no dudo que del PAN y tampoco de otros partidos que han dirigido municipios o estados, pudieron establecer diálogos con delincuentes de distintas dimensiones y de variada influencia. Mucha documentación pública lo corrobora; libros enteros han descrito los puntos de contacto entre segmentos de la clase política y empresarial con el narcotráfico. Me viene a la mente el texto “Los señores del narco” de Anabel Hernández (a quien conocí en la Asamblea Legislativa siendo una jovencita inteligente e intuitiva), donde describe como se establecieron relaciones de complicidad entre miembros del gobierno de Felipe Calderón y el Cartel de Sinaloa. Relata días, lugares y contenido de los acuerdos. Nadie, que yo recuerde, de los involucrados salió a desmentir estas crónicas.

Aunque ya mucho antes la clase política priista acordó vías de convivencia con los diversos cárteles y grupos que fueron creciendo al amparo del poder. Las reglas implicaban trueques económicos a cambio de impunidad e inmunidad. Recordemos que Rafael Caro Quintero, otrora líder del cártel de Guadalajara, repartía entre sus cómplices credenciales de la tenebrosa Dirección Federal de Seguridad; pagaba con dinero y ostentosos, en esa época, automóviles marca Ford Galaxie. Sólo como un breve ejemplo.

2. Pacto y estabilidad. El PRI y sus personeros no se andaban por las ramas, establecían reglas del juego, podían ofrecer secrecía y privilegios a los narcotraficantes, puesto que eran partido único y gobierno avasallante; modulaban el ritmo de la violencia y de la operación delictiva; distribuían territorios y espacios para actuar. Este mecanismo de acuerdos se “normalizó” durante largo tiempo. Nadie se oponía y hasta los gringos mostraban su complacencia. Eran parte de los acuerdos. Los contextos cambiaron y el actual panorama es distinto.

3. Curas en acción. Junto con el gobierno, también algunos miembros de la Iglesia Católica jugaban su papel conciliador. Ahora ha reaparecido dicho vinculo, y no clandestinamente, a través del obispo de la diócesis Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel, quien anunció que recientemente se reunió con un “alto jefe de la droga” y le “dijeron que respetarán a los candidatos y a quien elija el pueblo” (La Jornada, 2/4/18 p.13).

¿Sera acaso que vienen nuevos tiempos en donde algunos personeros de las iglesias podrán aminorar las violencias que pueblan el país? ¿Es la renuncia del Estado a su función primigenia de brindar seguridad? Con todas las salvedades, dadas las anémicas propuestas de los candidatos, todo indica que así podría ser. Amén.

pedropenaloza@yahoo.com/Twitter: @pedro_penaloz

¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?

Groucho Marx

1. Acuerdos en los oscurito. Durante largos años personeros del gobierno del PRI, y no dudo que del PAN y tampoco de otros partidos que han dirigido municipios o estados, pudieron establecer diálogos con delincuentes de distintas dimensiones y de variada influencia. Mucha documentación pública lo corrobora; libros enteros han descrito los puntos de contacto entre segmentos de la clase política y empresarial con el narcotráfico. Me viene a la mente el texto “Los señores del narco” de Anabel Hernández (a quien conocí en la Asamblea Legislativa siendo una jovencita inteligente e intuitiva), donde describe como se establecieron relaciones de complicidad entre miembros del gobierno de Felipe Calderón y el Cartel de Sinaloa. Relata días, lugares y contenido de los acuerdos. Nadie, que yo recuerde, de los involucrados salió a desmentir estas crónicas.

Aunque ya mucho antes la clase política priista acordó vías de convivencia con los diversos cárteles y grupos que fueron creciendo al amparo del poder. Las reglas implicaban trueques económicos a cambio de impunidad e inmunidad. Recordemos que Rafael Caro Quintero, otrora líder del cártel de Guadalajara, repartía entre sus cómplices credenciales de la tenebrosa Dirección Federal de Seguridad; pagaba con dinero y ostentosos, en esa época, automóviles marca Ford Galaxie. Sólo como un breve ejemplo.

2. Pacto y estabilidad. El PRI y sus personeros no se andaban por las ramas, establecían reglas del juego, podían ofrecer secrecía y privilegios a los narcotraficantes, puesto que eran partido único y gobierno avasallante; modulaban el ritmo de la violencia y de la operación delictiva; distribuían territorios y espacios para actuar. Este mecanismo de acuerdos se “normalizó” durante largo tiempo. Nadie se oponía y hasta los gringos mostraban su complacencia. Eran parte de los acuerdos. Los contextos cambiaron y el actual panorama es distinto.

3. Curas en acción. Junto con el gobierno, también algunos miembros de la Iglesia Católica jugaban su papel conciliador. Ahora ha reaparecido dicho vinculo, y no clandestinamente, a través del obispo de la diócesis Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel, quien anunció que recientemente se reunió con un “alto jefe de la droga” y le “dijeron que respetarán a los candidatos y a quien elija el pueblo” (La Jornada, 2/4/18 p.13).

¿Sera acaso que vienen nuevos tiempos en donde algunos personeros de las iglesias podrán aminorar las violencias que pueblan el país? ¿Es la renuncia del Estado a su función primigenia de brindar seguridad? Con todas las salvedades, dadas las anémicas propuestas de los candidatos, todo indica que así podría ser. Amén.

pedropenaloza@yahoo.com/Twitter: @pedro_penaloz

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