/ jueves 10 de mayo de 2018

Dichos y ficciones

Se tiende a poner palabras allí donde faltan las ideas

Goethe

1. El arte de mentir. A estas alturas, donde el bombardeo de mensajes y la metralla de propaganda electoral inunda y abruma al ciudadano de a pie, los candidatos presidenciales están diciendo lo que se les acurre. No importa que el contenido de sus discursos nada tengan que ver con las plataformas electorales, ni sus programas de acción, se trata de impactar y de responder para satisfacer a la tribuna, la cual oscila entre el hastío y la esperanza.

2. AMLO: el eclecticismo como recurso. El tabasqueño se dice juarista y se alía con la ultra derecha clerical y propone a un cura para dirigir la CNDH; se dice liberal y pretende una constitución moral; se dice cardenista y entrega a una fracción de la burguesía la concesión del estratégico nuevo aeropuerto; se dice demócrata y busca imponer el modelo del presidencialismo autoritario, donde el titular del ejecutivo decide todo; propone amnistía y no está en la plataforma de MORENA y además es un galimatías; se dice defensor de causas y se opone al ejercicio de los derechos de las minorías y de la legalización del uso de las drogas. Su poderío está en la capitalización de la ira social.

3. Anaya: de mascara en mascara. El imberbe candidato se presenta como promotor del cambio, sin embargo, fue animador y apoyador de las reformas peñistas; habla de un nuevo proyecto de país, pero reivindica el mismo modelo económico neoliberal; se ostenta como abanderado de las causas de los asalariados; se dice instrumentador del cambio y es grotescamente conservador en los derechos de los matrimonios del mismo sexo y del aborto libre; se muestra antipriista, pero explora una alianza con el tricolor para enfrentar al puntero.

4. Meade: defensor de lo indefendible. El “ciudadano” tecnócrata deambula, agitándose sin agitar, desmarcándose para hundirse. Su discurso es circular y no alcanza a romper con la inercia impresentable del PRI; se asume como promotor del cambio, aunque representa lo mismo que sus jefes inmediatos; intenta construir un discurso diferente y cae en las arenas movedizas de la incredulidad; le resulta imposible desmarcarse de Peña y hasta lo presenta como honesto; su candidatura es de la simpatía de los círculos financieros y de Washington, no obstante que su perfil no emociona a los electores mexicanos. Su principal enemigo es el hartazgo social.

Epílogo. Está claro: Los candidatos son simples marcas que venden lo que no son y lo que tampoco pueden cumplir. El resultado electoral podría abrir otra brecha de desencanto y de traumatismo social.

pedropenaloza@yahoo.com / Twitter:@pedro_penaloz

Se tiende a poner palabras allí donde faltan las ideas

Goethe

1. El arte de mentir. A estas alturas, donde el bombardeo de mensajes y la metralla de propaganda electoral inunda y abruma al ciudadano de a pie, los candidatos presidenciales están diciendo lo que se les acurre. No importa que el contenido de sus discursos nada tengan que ver con las plataformas electorales, ni sus programas de acción, se trata de impactar y de responder para satisfacer a la tribuna, la cual oscila entre el hastío y la esperanza.

2. AMLO: el eclecticismo como recurso. El tabasqueño se dice juarista y se alía con la ultra derecha clerical y propone a un cura para dirigir la CNDH; se dice liberal y pretende una constitución moral; se dice cardenista y entrega a una fracción de la burguesía la concesión del estratégico nuevo aeropuerto; se dice demócrata y busca imponer el modelo del presidencialismo autoritario, donde el titular del ejecutivo decide todo; propone amnistía y no está en la plataforma de MORENA y además es un galimatías; se dice defensor de causas y se opone al ejercicio de los derechos de las minorías y de la legalización del uso de las drogas. Su poderío está en la capitalización de la ira social.

3. Anaya: de mascara en mascara. El imberbe candidato se presenta como promotor del cambio, sin embargo, fue animador y apoyador de las reformas peñistas; habla de un nuevo proyecto de país, pero reivindica el mismo modelo económico neoliberal; se ostenta como abanderado de las causas de los asalariados; se dice instrumentador del cambio y es grotescamente conservador en los derechos de los matrimonios del mismo sexo y del aborto libre; se muestra antipriista, pero explora una alianza con el tricolor para enfrentar al puntero.

4. Meade: defensor de lo indefendible. El “ciudadano” tecnócrata deambula, agitándose sin agitar, desmarcándose para hundirse. Su discurso es circular y no alcanza a romper con la inercia impresentable del PRI; se asume como promotor del cambio, aunque representa lo mismo que sus jefes inmediatos; intenta construir un discurso diferente y cae en las arenas movedizas de la incredulidad; le resulta imposible desmarcarse de Peña y hasta lo presenta como honesto; su candidatura es de la simpatía de los círculos financieros y de Washington, no obstante que su perfil no emociona a los electores mexicanos. Su principal enemigo es el hartazgo social.

Epílogo. Está claro: Los candidatos son simples marcas que venden lo que no son y lo que tampoco pueden cumplir. El resultado electoral podría abrir otra brecha de desencanto y de traumatismo social.

pedropenaloza@yahoo.com / Twitter:@pedro_penaloz

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