/ viernes 10 de abril de 2020

Dos millones de empleos

El mensaje que emitió López Obrador el pasado domingo dejó mucho que desear; en lo personal, lo catalogaría como un acto anticlimático.

El principal consenso que actualmente permea en la opinión pública es que el Presidente no está a la altura de las crisis que vivimos. El rechazo social crece, su popularidad sigue a la baja y su gestión no genera ninguna expectativa. Como en algún momento lo señalé, quien “conduce” el destino del país vive otra realidad.

En medio de la pandemia y ante la amenaza del estancamiento que arrastrará a nuestra frágil economía, AMLO actúa a contracorriente, dinamitando la confianza e incertidumbre de millones de mexicanos; desde trabajadores, empresarios, inversionistas, pequeños y medianos emprendedores, hasta servidores públicos y varios sectores de la sociedad.

El Presidente prometió la creación de dos millones de empleos de abril a diciembre de este año. En realidad es una meta ambiciosa que ojalá se cumpla en estos nueve meses. Sin embargo, para ubicarnos mejor, basta que consideremos que durante los doce meses de 2019, solamente se crearon cerca de 350 mil empleos y en un contexto económico totalmente diferente al actual.

La promesa de AMLO respecto a la creación de esos empleos no abunda nada más. Lo comento porque precisamente hace unas semanas, en el contexto de la pandemia mundial, la Organización Internacional del Trabajo anticipó que el empleo será otro de los sectores más castigados como consecuencia del Covid-19. Esto significa que los diferentes países, inevitablemente, transitaremos por alguno de los tres escenarios que vislumbra la OIT: incidencia baja, media y alta.

Cada escenario involucra a millones y millones de desempleados, ya que en mayor o menor medida, todas las naciones registrarán la pérdida de fuentes de trabajo, lo cual es terrible porque no se trata solamente de hombres y mujeres sin empleo, sino también, de las repercusiones que esto tendrá para sus respectivas familias, por lo que las estimaciones se incrementarían sustancialmente.

Pero la OIT plantea otro gran riesgo de lo que hasta ahora se ha dicho muy poco, pero que llama mi atención por la simplicidad del mensaje presidencial. El organismo internacional advierte de un proceso hacia el incremento del empleo precario; esto es, más pobreza laboral.

Dadas las restricciones para aumentar sustancialmente la inversión pública, los problemas que muchas empresas tendrán para subsistir durante y después de la pandemia, así como las amenazas de una recesión económica, por una parte; con empleos mal pagados y trabajadores pobres, por la otra, la reactivación económica se ve muy cuesta arriba. No habrá forma de incentivar el consumo de bienes y servicios.

En este sentido, tampoco hay manera de imaginar que esos nuevos empleos prometidos por AMLO serán de calidad y con salarios dignos. Tal parece que seguiremos, como ya también lo había yo señalado recientemente, en la ruta de la pauperización del empleo.

Esto, finalmente se traduce en el deterioro de la calidad de vida de los trabajadores y en la reproducción de las desigualdades sociales, características propias de los países subdesarrollados.

La propuesta del Presidente también resulta contradictoria. Por un lado, propone la creación de empleos; pero por el otro, está en riesgo la viabilidad de miles de pequeñas y medianas empresas que, ante la falta de apoyos e incentivos para garantizar su funcionamiento, se verán en la necesidad de aplicar despidos ante una situación de insolvencia.

Esta situación contrasta con aquellos países que sí están preocupados y ocupados por respaldar a sus sectores productivos y contribuyentes. Las experiencias son bastantes: Francia, Alemania, Reino Unido, España, Corea del Sur, China, Estados Unidos, Colombia, Brasil, Argentina, etc.

La apuesta de la 4T de arribar a un futuro próspero y con bienestar, puede terminar siendo una falacia. Al menos, este gobierno cada vez cuenta con tiempos más reducidos para convertir sus promesas en realidad.

Por si algo más hiciera falta, está el anuncio presidencial de ajustar –aún más– los salarios de funcionarios y eliminación de aguinaldos. De cierta forma, también estaríamos hablando no sólo de una tendencia hacia a la precarización de los sueldos de los servidores públicos, sino también de un impacto en sus condiciones de vida y la de sus familias.

En realidad, tal parece que el escenario tendencial será la configuración de dos grandes polos: de una parte, millones de mexicanos que seguirán subsistiendo a través del dinero que se les entrega a través de los programas sociales; de la otra, millones de mexicanos que teniendo empleo o, si logran conseguir uno de aquí a diciembre, contarán con un salario precario y con una seguridad social endeble.

Fuera de esto, la Cuarta Transformación no ofrece nada más.

El mensaje que emitió López Obrador el pasado domingo dejó mucho que desear; en lo personal, lo catalogaría como un acto anticlimático.

El principal consenso que actualmente permea en la opinión pública es que el Presidente no está a la altura de las crisis que vivimos. El rechazo social crece, su popularidad sigue a la baja y su gestión no genera ninguna expectativa. Como en algún momento lo señalé, quien “conduce” el destino del país vive otra realidad.

En medio de la pandemia y ante la amenaza del estancamiento que arrastrará a nuestra frágil economía, AMLO actúa a contracorriente, dinamitando la confianza e incertidumbre de millones de mexicanos; desde trabajadores, empresarios, inversionistas, pequeños y medianos emprendedores, hasta servidores públicos y varios sectores de la sociedad.

El Presidente prometió la creación de dos millones de empleos de abril a diciembre de este año. En realidad es una meta ambiciosa que ojalá se cumpla en estos nueve meses. Sin embargo, para ubicarnos mejor, basta que consideremos que durante los doce meses de 2019, solamente se crearon cerca de 350 mil empleos y en un contexto económico totalmente diferente al actual.

La promesa de AMLO respecto a la creación de esos empleos no abunda nada más. Lo comento porque precisamente hace unas semanas, en el contexto de la pandemia mundial, la Organización Internacional del Trabajo anticipó que el empleo será otro de los sectores más castigados como consecuencia del Covid-19. Esto significa que los diferentes países, inevitablemente, transitaremos por alguno de los tres escenarios que vislumbra la OIT: incidencia baja, media y alta.

Cada escenario involucra a millones y millones de desempleados, ya que en mayor o menor medida, todas las naciones registrarán la pérdida de fuentes de trabajo, lo cual es terrible porque no se trata solamente de hombres y mujeres sin empleo, sino también, de las repercusiones que esto tendrá para sus respectivas familias, por lo que las estimaciones se incrementarían sustancialmente.

Pero la OIT plantea otro gran riesgo de lo que hasta ahora se ha dicho muy poco, pero que llama mi atención por la simplicidad del mensaje presidencial. El organismo internacional advierte de un proceso hacia el incremento del empleo precario; esto es, más pobreza laboral.

Dadas las restricciones para aumentar sustancialmente la inversión pública, los problemas que muchas empresas tendrán para subsistir durante y después de la pandemia, así como las amenazas de una recesión económica, por una parte; con empleos mal pagados y trabajadores pobres, por la otra, la reactivación económica se ve muy cuesta arriba. No habrá forma de incentivar el consumo de bienes y servicios.

En este sentido, tampoco hay manera de imaginar que esos nuevos empleos prometidos por AMLO serán de calidad y con salarios dignos. Tal parece que seguiremos, como ya también lo había yo señalado recientemente, en la ruta de la pauperización del empleo.

Esto, finalmente se traduce en el deterioro de la calidad de vida de los trabajadores y en la reproducción de las desigualdades sociales, características propias de los países subdesarrollados.

La propuesta del Presidente también resulta contradictoria. Por un lado, propone la creación de empleos; pero por el otro, está en riesgo la viabilidad de miles de pequeñas y medianas empresas que, ante la falta de apoyos e incentivos para garantizar su funcionamiento, se verán en la necesidad de aplicar despidos ante una situación de insolvencia.

Esta situación contrasta con aquellos países que sí están preocupados y ocupados por respaldar a sus sectores productivos y contribuyentes. Las experiencias son bastantes: Francia, Alemania, Reino Unido, España, Corea del Sur, China, Estados Unidos, Colombia, Brasil, Argentina, etc.

La apuesta de la 4T de arribar a un futuro próspero y con bienestar, puede terminar siendo una falacia. Al menos, este gobierno cada vez cuenta con tiempos más reducidos para convertir sus promesas en realidad.

Por si algo más hiciera falta, está el anuncio presidencial de ajustar –aún más– los salarios de funcionarios y eliminación de aguinaldos. De cierta forma, también estaríamos hablando no sólo de una tendencia hacia a la precarización de los sueldos de los servidores públicos, sino también de un impacto en sus condiciones de vida y la de sus familias.

En realidad, tal parece que el escenario tendencial será la configuración de dos grandes polos: de una parte, millones de mexicanos que seguirán subsistiendo a través del dinero que se les entrega a través de los programas sociales; de la otra, millones de mexicanos que teniendo empleo o, si logran conseguir uno de aquí a diciembre, contarán con un salario precario y con una seguridad social endeble.

Fuera de esto, la Cuarta Transformación no ofrece nada más.

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