/ lunes 21 de diciembre de 2020

El 2020

El año 2020 quedará marcado como un año de tragedia. Un mal año, por el lado que se quiera ver. Nadie pudo prever en diciembre de 2019, que se venía un drama de semejantes proporciones. Querido lector, lo bueno es que acaba el 2020 y comienza el 2021. Pero hagamos un pequeño recuento de cómo transcurrió este año.

En diciembre de 2019, se escuchaba que venía una pandemia. Sin embargo, todo mundo (en sentido literal) hizo caso omiso de cualquier cantidad de señales o advertencias, pues la Organización Mundial de la Salud no fue muy clara al inicio de este desastre. A finales de febrero de 2020, la pandemia había causado estragos en Europa. Semanas después, el COVID llegó y comenzó el calvario en América y, en especial, en nuestro país. No hubo fórmula mágica ni estrategia perfecta. En Argentina se llevó el gran confinamiento de meses interminables, que tampoco tuvo el mejor de los resultados. En Estados Unidos de América se cerraron aeropuertos y hubo países que apostaron por la inmunidad de rebaño. Por desgracia, esta generación de habitantes del planeta tierra no supo de prudencia ni cautela, la pandemia dejó en claro lo frágiles que somos frente a la naturaleza y nuestra debilidad en contra de un virus. Hay quienes piensan que la tierra es plana (terraplanistas), no sé cómo se podría llamar a quienes todavía niegan la existencia del virus.

En Mayo de 2020, comenzaron los estragos económicos del confinamiento. Ahora estábamos en la peor recesión económica desde la llamada Gran Depresión. Lo anterior, con una diferencia. Ésta había sido una recesión económica previsible y con posibilidades de diseño de Estado. La economía caía, se perdían empleos, bajaba el consumo y ahora había una pandemia en términos económicos. Las cosas no estaban caminando bien.

En términos generales, no existe un país en el mundo que haya lidiado a la perfección con el COVID 19 y sus efectos sobre la economía. Los Estados Unidos de América lo hicieron pésimo, Europa tuvo y tiene estragos terribles, tal vez algunos lugares en Asia y pocos países de Europa supieron afrontar la pandemia. Los sistemas de salud del mundo han quedado desnudos y llaman a reflexionar en el cómo se invierte en salud y quiénes pueden acceder a la misma. También han quedado exhibidas las grandes desigualdades económicas y la debilidad de lo que llamamos comunidad política.

En estos días, cualquier presupuesto quedo rebasado. El número de fallecidos es interminable, las pérdidas económicas incuantificables y la desgracia no se puede narrar. Si bien, entramos a un terreno sin cartografiar, una vez que teníamos un mapa no lo supimos utilizar. El cubre-bocas, la sana distancia, la intervención del Estado en la economía y la solidaridad quedaron en el olvido. Las siguientes generaciones narrarán este año, como una anualidad de imprudencias, torpeza, soberbia e impertinencia. Falta ver los estragos psicológicos y el fin de esta pandemia. La vacuna es la gran luz que clarea la salida, pero no es el final de todo esto.

Ahora bien, las elecciones en Estados Unidos de América, los homicidios de odio en Francia, la consolidación de los populismos, las caídas económicas, las diferencias raciales y la falta de unidad son un síntoma de una enfermedad que no hemos diagnosticado, esto es lo más grave. A la mitad de una pandemia de salud, surgen otros síntomas que no sabemos que están indicando y el daño que pueden causar. Esperemos averiguar y curar esto en 2021.

El año 2020 quedará marcado como un año de tragedia. Un mal año, por el lado que se quiera ver. Nadie pudo prever en diciembre de 2019, que se venía un drama de semejantes proporciones. Querido lector, lo bueno es que acaba el 2020 y comienza el 2021. Pero hagamos un pequeño recuento de cómo transcurrió este año.

En diciembre de 2019, se escuchaba que venía una pandemia. Sin embargo, todo mundo (en sentido literal) hizo caso omiso de cualquier cantidad de señales o advertencias, pues la Organización Mundial de la Salud no fue muy clara al inicio de este desastre. A finales de febrero de 2020, la pandemia había causado estragos en Europa. Semanas después, el COVID llegó y comenzó el calvario en América y, en especial, en nuestro país. No hubo fórmula mágica ni estrategia perfecta. En Argentina se llevó el gran confinamiento de meses interminables, que tampoco tuvo el mejor de los resultados. En Estados Unidos de América se cerraron aeropuertos y hubo países que apostaron por la inmunidad de rebaño. Por desgracia, esta generación de habitantes del planeta tierra no supo de prudencia ni cautela, la pandemia dejó en claro lo frágiles que somos frente a la naturaleza y nuestra debilidad en contra de un virus. Hay quienes piensan que la tierra es plana (terraplanistas), no sé cómo se podría llamar a quienes todavía niegan la existencia del virus.

En Mayo de 2020, comenzaron los estragos económicos del confinamiento. Ahora estábamos en la peor recesión económica desde la llamada Gran Depresión. Lo anterior, con una diferencia. Ésta había sido una recesión económica previsible y con posibilidades de diseño de Estado. La economía caía, se perdían empleos, bajaba el consumo y ahora había una pandemia en términos económicos. Las cosas no estaban caminando bien.

En términos generales, no existe un país en el mundo que haya lidiado a la perfección con el COVID 19 y sus efectos sobre la economía. Los Estados Unidos de América lo hicieron pésimo, Europa tuvo y tiene estragos terribles, tal vez algunos lugares en Asia y pocos países de Europa supieron afrontar la pandemia. Los sistemas de salud del mundo han quedado desnudos y llaman a reflexionar en el cómo se invierte en salud y quiénes pueden acceder a la misma. También han quedado exhibidas las grandes desigualdades económicas y la debilidad de lo que llamamos comunidad política.

En estos días, cualquier presupuesto quedo rebasado. El número de fallecidos es interminable, las pérdidas económicas incuantificables y la desgracia no se puede narrar. Si bien, entramos a un terreno sin cartografiar, una vez que teníamos un mapa no lo supimos utilizar. El cubre-bocas, la sana distancia, la intervención del Estado en la economía y la solidaridad quedaron en el olvido. Las siguientes generaciones narrarán este año, como una anualidad de imprudencias, torpeza, soberbia e impertinencia. Falta ver los estragos psicológicos y el fin de esta pandemia. La vacuna es la gran luz que clarea la salida, pero no es el final de todo esto.

Ahora bien, las elecciones en Estados Unidos de América, los homicidios de odio en Francia, la consolidación de los populismos, las caídas económicas, las diferencias raciales y la falta de unidad son un síntoma de una enfermedad que no hemos diagnosticado, esto es lo más grave. A la mitad de una pandemia de salud, surgen otros síntomas que no sabemos que están indicando y el daño que pueden causar. Esperemos averiguar y curar esto en 2021.

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