/ miércoles 1 de diciembre de 2021

El abrazo de Alessandra

En 1987, previo a la marcha por los 19 años de la matanza de Tlaltelolco, un estudiante de canto de la Escuela Superior de Música al que apodábamos Pavarotti dio la vuelta a la manzana y escribió en el muro posterior “2 de octubre no se olvida, INBA presente”. El grafiti permaneció varios meses en la calle de Vallarta. Fue la primera pinta que me penetró el corazón.

Vandalismo es una palabra fuerte. Alguna época la escribía, por error, con “b”, como si vandalizar tuviera que ver con algún tipo de asociación delictuosa. Banda, pandilla. No deja de ser polémico rayar un monumento, las cortinas de un negocio, escribir consignas en un muro, o incluso más profundo, cambiar el nombre de una calle, de un auditorio o rayar por completo una Facultad, para protestar contra algo que nos lastima.

Hoy, en nuestra sociedad, están balanceándose, todo el tiempo, la protección a los símbolos y la protección a las personas. Nuestra sociedad no protege a las mujeres, a los indígenas, ni a los jóvenes. Por el contrario, violenta de múltiples formas, desde el lenguaje hasta la falta de apego a los protocolos contra la violencia. El único recurso que ha quedado es poner todo el coraje sobre los monumentos.

Hoy, mujeres de todas las corrientes políticas han hecho énfasis en que a nuestra sociedad le preocupan más los mármoles que la integridad y la vida de las miles de víctimas de la violencia de género. La reflexión es válida, pero no por ello deja de estar libre de un conflicto: es difícil imaginar un México con vidrios rotos que respeta a las mujeres; pero es mucho más difícil imaginar que las mujeres sean escuchadas sin que rompan cristales y canteras.

Somos parte de una sociedad dividida. La política se partió en dos. Y con ella los lenguajes. Desde el poder y contra el poder. Desde los privilegios y contra los privilegios. Aún en el feminismo hay dos Méxicos, irreconciliables por el momento.

El pasado 25 de noviembre las mujeres marcharon contra la violencia. Como ya se ha hecho costumbre en muchas manifestaciones, una mayoría pacífica y una minoría encapuchada comparten el espacio. Esta vez, una encapuchada gritó “No marchamos con diputadas”, a lo que una ex diputada, Alessandra Rojo de la Vega, respondió “Ya dejé de ser diputada” y de inmediato les pidió un abrazo. La escena terminó con un “abrazo sororario” entre Alessandra y las mujeres que llevaban el rostro cubierto.

Desde la cueva machista del C5, reprodujeron el abrazo, lo descontextualizaron y lo distribuyeron en redes sociales con sus aliados. Literal, usaron los recursos públicos para denostar a una persona. Acusaron a Rojo de la Vega de estar detrás del vandalismo, usaron a sus aliados políticos para irse contra ella.

El abrazo de Alessandra nos deja una poderosa lección. Los abrazos son justamente la solución. Nuestra sociedad necesita la reconciliación, encontrarnos unos con otros, dialogar las diferencias, reconocernos mexicanas y mexicanos con nuestras múltiples individualidades. El abrazo fue emotivo, como lo demostró el video en el que se escuchan las voces de las protagonistas de la escena. Ese es el abrazo que nos hace falta a todas.


En 1987, previo a la marcha por los 19 años de la matanza de Tlaltelolco, un estudiante de canto de la Escuela Superior de Música al que apodábamos Pavarotti dio la vuelta a la manzana y escribió en el muro posterior “2 de octubre no se olvida, INBA presente”. El grafiti permaneció varios meses en la calle de Vallarta. Fue la primera pinta que me penetró el corazón.

Vandalismo es una palabra fuerte. Alguna época la escribía, por error, con “b”, como si vandalizar tuviera que ver con algún tipo de asociación delictuosa. Banda, pandilla. No deja de ser polémico rayar un monumento, las cortinas de un negocio, escribir consignas en un muro, o incluso más profundo, cambiar el nombre de una calle, de un auditorio o rayar por completo una Facultad, para protestar contra algo que nos lastima.

Hoy, en nuestra sociedad, están balanceándose, todo el tiempo, la protección a los símbolos y la protección a las personas. Nuestra sociedad no protege a las mujeres, a los indígenas, ni a los jóvenes. Por el contrario, violenta de múltiples formas, desde el lenguaje hasta la falta de apego a los protocolos contra la violencia. El único recurso que ha quedado es poner todo el coraje sobre los monumentos.

Hoy, mujeres de todas las corrientes políticas han hecho énfasis en que a nuestra sociedad le preocupan más los mármoles que la integridad y la vida de las miles de víctimas de la violencia de género. La reflexión es válida, pero no por ello deja de estar libre de un conflicto: es difícil imaginar un México con vidrios rotos que respeta a las mujeres; pero es mucho más difícil imaginar que las mujeres sean escuchadas sin que rompan cristales y canteras.

Somos parte de una sociedad dividida. La política se partió en dos. Y con ella los lenguajes. Desde el poder y contra el poder. Desde los privilegios y contra los privilegios. Aún en el feminismo hay dos Méxicos, irreconciliables por el momento.

El pasado 25 de noviembre las mujeres marcharon contra la violencia. Como ya se ha hecho costumbre en muchas manifestaciones, una mayoría pacífica y una minoría encapuchada comparten el espacio. Esta vez, una encapuchada gritó “No marchamos con diputadas”, a lo que una ex diputada, Alessandra Rojo de la Vega, respondió “Ya dejé de ser diputada” y de inmediato les pidió un abrazo. La escena terminó con un “abrazo sororario” entre Alessandra y las mujeres que llevaban el rostro cubierto.

Desde la cueva machista del C5, reprodujeron el abrazo, lo descontextualizaron y lo distribuyeron en redes sociales con sus aliados. Literal, usaron los recursos públicos para denostar a una persona. Acusaron a Rojo de la Vega de estar detrás del vandalismo, usaron a sus aliados políticos para irse contra ella.

El abrazo de Alessandra nos deja una poderosa lección. Los abrazos son justamente la solución. Nuestra sociedad necesita la reconciliación, encontrarnos unos con otros, dialogar las diferencias, reconocernos mexicanas y mexicanos con nuestras múltiples individualidades. El abrazo fue emotivo, como lo demostró el video en el que se escuchan las voces de las protagonistas de la escena. Ese es el abrazo que nos hace falta a todas.


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