/ jueves 2 de septiembre de 2021

El amor en tiempos de pandemia (I)

He leído dos cartas maravillosas, soberbias, de Albert Einstein -entre las mil cuatrocientas escritas por él-, la primera sobre el amor y la segunda dirigida a un padre cuyo hijo murió. Las mismas me han hecho recordar, parafraseándolo un poco, a Gabriel García Márquez en su admirable novela El Amor en los Tiempos del Cólera; pandemia la de hoy que causa en el mundo mayores estragos que los que en su momento causó el cólera. Señalo aquí el amor porque la de Einstein es una idea que rebasando lo meramente sexual o sensual, y obviamente sin descartarlo, llega hasta lo trascendente volviéndose una fuerza extraordinariamente poderosa para la cual la ciencia física no ha encontrado una explicación formal; fuerza que incluye y gobierna a todas las otras y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo, fuerza universal que es el amor. Es una fuerza unificadora, es luz porque ilumina a quien lo da y a quien lo recibe. El amor es gravedad porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras, es potencia porque multiplica lo mejor que tenemos y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo; el amor revela y desvela y por amor se vive y se muere. El amor es Dios y Dios es amor. Esta fuerza lo explica todo e impregna de sentido mayúsculo a la vida; lo cierto es que la hemos olvidado porque tal vez nos da miedo ya que es la única energía del universo que el ser humano no ha aprendido a manejar a su antojo. Einstein le pidió a su hija que custodiara su carta y que no la publicara sino hasta diez años después de su muerte, cuando la Humanidad estuviera preparada para recibirla. Se trata de una energía para salvar al mundo y que no tiene límites. Si queremos salvarlo el amor es la última respuesta. Quizá no estemos preparados todavía para fabricar una bomba de amor, un artefacto lo suficientemente potente que destruya el odio y la avaricia que asolan al planeta. Sin embargo cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de amor cuya energía espera ser liberada; y cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede. Porque el amor es la quinta esencia de la vida. Para finalizar su carta Einstein le dice a su hija que ha llegado a “la última respuesta”.

La pregunta es si la Humanidad se halla preparada ahora para recibir y conocer esa carta. Por eso evoco a Werner Jaeger, el célebre autor de la Paideia, los Ideales de la Cultura Griega (educación o formación integral), y que es también el autor de un libro extraordinario, Alabanza de la Ley, los Orígenes de la Filosofía del Derecho y los Griegos (Instituto de Estudios Políticos, Colección Civitas, Madrid, 1953), donde cita el Protágoras de Platón en que se narran los orígenes de la cultura humana. En el diálogo platónico se atribuyen los comienzos de la civilización, dice Jaeger, a la obra del titán Prometeo. Lo que sucedió es que su hermano Epimeteo, a quien los dioses asignaron la tarea de configurar la naturaleza de los animales y del hombre, y proveerlos para su supervivencia, terminado que hubo su labor comprobó que había dedicado a los animales la mayor parte de lo que disponía, por lo que el hombre carecía de muchas de sus fuerzas naturales: la fuerza del león, la astucia del tigre, la velocidad y facultad de volar del halcón. Entonces aparece en escena Prometeo que roba el fuego de la fragua de Hefaistos y se lo entrega al hombre para ayudarlo a crear la civilización ante la insuficiencia de sus dotes naturales.

¿Pero qué ha sucedido?


PROFESOR EMÉRITO DE LA UNIVERSIDAD

Sígueme en Twitter: @RaulCarranca

Y Facebook: www.facebook.com/despacho raulcarranca


He leído dos cartas maravillosas, soberbias, de Albert Einstein -entre las mil cuatrocientas escritas por él-, la primera sobre el amor y la segunda dirigida a un padre cuyo hijo murió. Las mismas me han hecho recordar, parafraseándolo un poco, a Gabriel García Márquez en su admirable novela El Amor en los Tiempos del Cólera; pandemia la de hoy que causa en el mundo mayores estragos que los que en su momento causó el cólera. Señalo aquí el amor porque la de Einstein es una idea que rebasando lo meramente sexual o sensual, y obviamente sin descartarlo, llega hasta lo trascendente volviéndose una fuerza extraordinariamente poderosa para la cual la ciencia física no ha encontrado una explicación formal; fuerza que incluye y gobierna a todas las otras y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo, fuerza universal que es el amor. Es una fuerza unificadora, es luz porque ilumina a quien lo da y a quien lo recibe. El amor es gravedad porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras, es potencia porque multiplica lo mejor que tenemos y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo; el amor revela y desvela y por amor se vive y se muere. El amor es Dios y Dios es amor. Esta fuerza lo explica todo e impregna de sentido mayúsculo a la vida; lo cierto es que la hemos olvidado porque tal vez nos da miedo ya que es la única energía del universo que el ser humano no ha aprendido a manejar a su antojo. Einstein le pidió a su hija que custodiara su carta y que no la publicara sino hasta diez años después de su muerte, cuando la Humanidad estuviera preparada para recibirla. Se trata de una energía para salvar al mundo y que no tiene límites. Si queremos salvarlo el amor es la última respuesta. Quizá no estemos preparados todavía para fabricar una bomba de amor, un artefacto lo suficientemente potente que destruya el odio y la avaricia que asolan al planeta. Sin embargo cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de amor cuya energía espera ser liberada; y cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede. Porque el amor es la quinta esencia de la vida. Para finalizar su carta Einstein le dice a su hija que ha llegado a “la última respuesta”.

La pregunta es si la Humanidad se halla preparada ahora para recibir y conocer esa carta. Por eso evoco a Werner Jaeger, el célebre autor de la Paideia, los Ideales de la Cultura Griega (educación o formación integral), y que es también el autor de un libro extraordinario, Alabanza de la Ley, los Orígenes de la Filosofía del Derecho y los Griegos (Instituto de Estudios Políticos, Colección Civitas, Madrid, 1953), donde cita el Protágoras de Platón en que se narran los orígenes de la cultura humana. En el diálogo platónico se atribuyen los comienzos de la civilización, dice Jaeger, a la obra del titán Prometeo. Lo que sucedió es que su hermano Epimeteo, a quien los dioses asignaron la tarea de configurar la naturaleza de los animales y del hombre, y proveerlos para su supervivencia, terminado que hubo su labor comprobó que había dedicado a los animales la mayor parte de lo que disponía, por lo que el hombre carecía de muchas de sus fuerzas naturales: la fuerza del león, la astucia del tigre, la velocidad y facultad de volar del halcón. Entonces aparece en escena Prometeo que roba el fuego de la fragua de Hefaistos y se lo entrega al hombre para ayudarlo a crear la civilización ante la insuficiencia de sus dotes naturales.

¿Pero qué ha sucedido?


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