/ domingo 5 de abril de 2020

El Covid-19, ¿castigo de Dios?

VER.- No faltan quienes así lo consideran. Que Dios nos puede castigar por tantos pecados de la humanidad, lo puede hacer. Que mereceríamos su castigo, es indudable. Que muchos se han olvidado de Dios y se han endiosado a sí mismos, es cierto. Que en la Biblia se narran castigos enviados por Dios, es verdad.

Basta recordar el diluvio, la destrucción de Sodoma y Gomorra, las plagas de Egipto, las serpientes venenosas en el desierto contra los rebeldes israelitas, etc. Recuerdo que el primer obispo de Toluca, allá por el año 1952, decía frecuentemente:¡Qué tiempos tan calamitosos nos ha tocado vivir… Si viviera hoy, se infartaría al ver tanto pecado, tanta apostasía, tanto libertinaje, tanto crimen…

Mereceríamos un escarmiento de parte de Dios, a ver si recapacitamos; pero afirmar que esta pandemia es castigo divino, sólo El nos lo podría revelar, o darnos señales claras de que El la mandó. ¿Quiénes somos nosotros para conocer a profundidad los designios de Dios, para atribuirle directamente a El lo que nos está pasando? Ni el Papa se atreve a afirmar esto. Dios conoce todo y permite que sucedan las cosas, porque respeta nuestra libertad, también para equivocarnos. En esto hay irresponsabilidades humanas, y no tenemos por qué culpar a Dios. Entonces, ¿por qué lo permite? Para nuestro bien, para que reflexionemos y enderecemos el rumbo, nunca para nuestro mal. Dios nos ama y nos lo ha manifestado claramente en Jesús.

Te puedes acercar a Dios, aunque sea por medios electrónicos. El llega a ti dondequiera que estés, siempre y cuando tengas el corazón dispuesto. Así es nuestro Dios, todo amor.

PENSAR

El Evangelio del domingo pasado nos ilustra muy bien cómo quiere Dios proceder con nosotros: ya no como en el Antiguo Testamento, sino como se nos manifiesta en Jesús. En vez de sumarse a quienes exigían matar a pedradas a una adúltera, como estaba escrito en la ley de Moisés para otros tiempos, él la perdona misericordiosamente, indicándole que ya no vuelva a pecar, que cambie de vida (cf Jn 8,2-11).

Cuando le platican a Jesús que Pilato había asesinado a unos galileos, y él trae a colación los 18 aplastados por la torre de Siloé, no califica esos hechos como castigo de Dios, sino que son acontecimientos que nos deben servir de advertencia para convertirnos, para recapacitar, para enderezar lo que tengamos que modificar (cf Lc 13,1-5).

Así se expresaba el Papa Francisco en su meditación del viernes pasado: Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás(27-III-2020).

Obispo Emérito de San Cristobal de las Casas Veamos la pandemia como una oportunidad de reflexionar, de parar.

VER.- No faltan quienes así lo consideran. Que Dios nos puede castigar por tantos pecados de la humanidad, lo puede hacer. Que mereceríamos su castigo, es indudable. Que muchos se han olvidado de Dios y se han endiosado a sí mismos, es cierto. Que en la Biblia se narran castigos enviados por Dios, es verdad.

Basta recordar el diluvio, la destrucción de Sodoma y Gomorra, las plagas de Egipto, las serpientes venenosas en el desierto contra los rebeldes israelitas, etc. Recuerdo que el primer obispo de Toluca, allá por el año 1952, decía frecuentemente:¡Qué tiempos tan calamitosos nos ha tocado vivir… Si viviera hoy, se infartaría al ver tanto pecado, tanta apostasía, tanto libertinaje, tanto crimen…

Mereceríamos un escarmiento de parte de Dios, a ver si recapacitamos; pero afirmar que esta pandemia es castigo divino, sólo El nos lo podría revelar, o darnos señales claras de que El la mandó. ¿Quiénes somos nosotros para conocer a profundidad los designios de Dios, para atribuirle directamente a El lo que nos está pasando? Ni el Papa se atreve a afirmar esto. Dios conoce todo y permite que sucedan las cosas, porque respeta nuestra libertad, también para equivocarnos. En esto hay irresponsabilidades humanas, y no tenemos por qué culpar a Dios. Entonces, ¿por qué lo permite? Para nuestro bien, para que reflexionemos y enderecemos el rumbo, nunca para nuestro mal. Dios nos ama y nos lo ha manifestado claramente en Jesús.

Te puedes acercar a Dios, aunque sea por medios electrónicos. El llega a ti dondequiera que estés, siempre y cuando tengas el corazón dispuesto. Así es nuestro Dios, todo amor.

PENSAR

El Evangelio del domingo pasado nos ilustra muy bien cómo quiere Dios proceder con nosotros: ya no como en el Antiguo Testamento, sino como se nos manifiesta en Jesús. En vez de sumarse a quienes exigían matar a pedradas a una adúltera, como estaba escrito en la ley de Moisés para otros tiempos, él la perdona misericordiosamente, indicándole que ya no vuelva a pecar, que cambie de vida (cf Jn 8,2-11).

Cuando le platican a Jesús que Pilato había asesinado a unos galileos, y él trae a colación los 18 aplastados por la torre de Siloé, no califica esos hechos como castigo de Dios, sino que son acontecimientos que nos deben servir de advertencia para convertirnos, para recapacitar, para enderezar lo que tengamos que modificar (cf Lc 13,1-5).

Así se expresaba el Papa Francisco en su meditación del viernes pasado: Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás(27-III-2020).

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