/ jueves 29 de noviembre de 2018

El desencanto y las urnas

Los datos del Latinobarómetro 2018 muestran que el llamando desencanto con la democracia se incrementó del 51 al 71% en el conjunto de los países que habitan la región. América Latina padece contextos de minúsculo crecimiento económico, entornos de pobreza -y pobreza extrema-, violencia, corrupción e impunidad.

En buena medida ahí está la nuez del escepticismo o malestar con la democracia que registran las mediciones del ánimo social y no puede esperarse conformidad o felicidad frente a los sistemas políticos cuando no se reflejan beneficios concretos en amplios sectores de la sociedad (en la mayoría), cuando la desigualdad es la regla y las injusticias se vuelven habituales.

Concluye el estudio que para el 35% de las y los latinoamericanos el problema más relevante que perciben en su entorno es el económico, el segundo es la delincuencia (19%) y hasta el tercer sitio se menciona la situación política o la corrupción como motivaciones del desencanto (9% de los entrevistados).

Ya focalizado el tema de ingreso y desigualdad, hay un dato más que significativo: El 48% de las familias latinoamericanas considera que el principal problema es la economía.

Esa realidad de nuestras sociedades no debe ignorarse porque México no es ajeno a ella y así lo consignan los registros que año tras año difunde Latinobarómetro y otros estudios, aunque también hay que apuntar que en los hechos, el desencanto no refleja la vocación por las urnas y esa no expresa lejanía o ausencia de votantes e incluso, hay un incremento constante de electores que participan y votan, sigue siendo la mayoría de ciudadanas y ciudadanos quienes sí participan en nuestro país, pese a que, a diferencia de lo que ocurre en modelos como el argentino, aquí no hay sanción que convierta al ejercicio del voto en una obligación sancionable.

El 1 de julio tuvimos una participación del 63.4% de votantes; 1.4 millones de personas, nuestros vecinos sorteados, aceptaron hacerse cargo de casillas como funcionarios el día de la jornada que disputó 18 mil 299 cargos de elección popular.

No hubo en México una sola entidad federativa en donde quienes decidieron acudir a las urnas fueran menos frente a quienes optaron por no hacerlo. La democracia electoral no es la solución automática para modificar los malestares sociales que son amplios y profundos en nuestro continente, pero es un punto de partida un instrumento efectivo para dar golpes de timón e incidir pacíficamente en las medidas para recomponer los caminos que sentimos equivocados o refrendar los que vemos adecuados en términos políticos.

Es mayor la apuesta por las urnas y las geografías políticas deben apostar también por no divorciarse de la población a la que representan ni despreciar a las minorías a las que también deben atender, deben escuchar sus malestares cotidianos y reflejar en acciones y decisiones sus conclusiones y mandatos.

*Consejero del INE

@MarcoBanos

Los datos del Latinobarómetro 2018 muestran que el llamando desencanto con la democracia se incrementó del 51 al 71% en el conjunto de los países que habitan la región. América Latina padece contextos de minúsculo crecimiento económico, entornos de pobreza -y pobreza extrema-, violencia, corrupción e impunidad.

En buena medida ahí está la nuez del escepticismo o malestar con la democracia que registran las mediciones del ánimo social y no puede esperarse conformidad o felicidad frente a los sistemas políticos cuando no se reflejan beneficios concretos en amplios sectores de la sociedad (en la mayoría), cuando la desigualdad es la regla y las injusticias se vuelven habituales.

Concluye el estudio que para el 35% de las y los latinoamericanos el problema más relevante que perciben en su entorno es el económico, el segundo es la delincuencia (19%) y hasta el tercer sitio se menciona la situación política o la corrupción como motivaciones del desencanto (9% de los entrevistados).

Ya focalizado el tema de ingreso y desigualdad, hay un dato más que significativo: El 48% de las familias latinoamericanas considera que el principal problema es la economía.

Esa realidad de nuestras sociedades no debe ignorarse porque México no es ajeno a ella y así lo consignan los registros que año tras año difunde Latinobarómetro y otros estudios, aunque también hay que apuntar que en los hechos, el desencanto no refleja la vocación por las urnas y esa no expresa lejanía o ausencia de votantes e incluso, hay un incremento constante de electores que participan y votan, sigue siendo la mayoría de ciudadanas y ciudadanos quienes sí participan en nuestro país, pese a que, a diferencia de lo que ocurre en modelos como el argentino, aquí no hay sanción que convierta al ejercicio del voto en una obligación sancionable.

El 1 de julio tuvimos una participación del 63.4% de votantes; 1.4 millones de personas, nuestros vecinos sorteados, aceptaron hacerse cargo de casillas como funcionarios el día de la jornada que disputó 18 mil 299 cargos de elección popular.

No hubo en México una sola entidad federativa en donde quienes decidieron acudir a las urnas fueran menos frente a quienes optaron por no hacerlo. La democracia electoral no es la solución automática para modificar los malestares sociales que son amplios y profundos en nuestro continente, pero es un punto de partida un instrumento efectivo para dar golpes de timón e incidir pacíficamente en las medidas para recomponer los caminos que sentimos equivocados o refrendar los que vemos adecuados en términos políticos.

Es mayor la apuesta por las urnas y las geografías políticas deben apostar también por no divorciarse de la población a la que representan ni despreciar a las minorías a las que también deben atender, deben escuchar sus malestares cotidianos y reflejar en acciones y decisiones sus conclusiones y mandatos.

*Consejero del INE

@MarcoBanos

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