/ viernes 31 de julio de 2020

El diente frío

Dentro de unos días, el próximo 30 de julio de 2020 recordaremos la gesta independentista que dejó acéfalo al movimiento insurgente. En esta fecha se estarán cumpliendo exactamente 209 años del fusilamiento del Padre de la Patria, el cura Miguel Hidalgo y Costilla. Este prócer mexicano fue la figura más importante del movimiento libertario, generador de circunstancias y convocante permanente a la lucha contra el mal gobierno.

La historia de México es grande y vasta; de esta vastedad han hablado cientos, miles de historiadores, cronistas, actuarios, narradores, pregoneros, trovadores, decidores y escribanos.

Muchas narraciones son iguales y posiblemente respondan a la realidad; otras crean crisis y confusiones en el devenir de los acontecimientos de las cuales se aprovechan los malos mexicanos para externar lo que creen su verdad. Esos malos mexicanos que nos han llevado al pozo de la sumisión por su incapacidad, por su codicia, por su corrupción. Son 35 o 40 años de soportar opresión y agobio.

Pero la verdad yace en el fondo de las conciencias del pueblo mexicano y es la verdad que ilumina tenuemente el sendero de esta Patria mía tan denostada y vituperada durante los últimos 35 años. Se dice fácil, pero son muchos años de socavar las conciencias de los mexicanos. Tanto lo ha sido que México es hoy un pueblo dividido, y más que eso, confundido, sin un horizonte cierto hacia el cual dirigirse. Somos una nave al garete. 35 años de una verdadera corrupción son mucho. Y si a ello le agregamos una malhadada pandemia, estamos acogotados al grado de que no sabemos hacia donde mirar.

Pero vuelvo al tema de Hidalgo. Y me refiero concretamente al magnífico libro que -en memoria del caudillo- escribiera, allá por 1996, el político, diplomático e historiador, hoy desaparecido, Mario Moya Palencia, bajo el título de El Zorro Enjaulado. Dice Moya Palencia que “Hidalgo fue apodado por sus compañeros del Colegio de San Nicolás en Valladolid -hoy Morelia- con el mote de El Zorro, a causa de su inocultable astucia, de su hábil manejo del lenguaje y también porque de sus labios se asomaba el protuberante canino derecho, que incluso aparece en uno de sus retratos al óleo que quedaron para la posteridad”. Este retrato fue titulado por su autor como “El Diente Frío”.

Este cura, este líder, este zorro estuvo enjaulado; pero la jaula a la que se refiere el autor no es la prisión que sufriera en las Norias de Baján en Coahuila en donde fue traicionado por el general Ignacio Elizondo, ni en Chihuahua donde fue degradado, fusilado y en donde le cortaron “su hermosa cabeza blanca” como refiere Justo Sierra.

El Virrey ordenó que les cortaran las cabezas a Hidalgo, a los capitanes Allende, Aldama y Jiménez y que fuesen colocadas ¡durante diez años! en jaulas o escarpias en las cuatro esquinas del edificio que almacenaba el abasto guanajuatense, la Alhóndiga de Granaditas. Así pues, el título de la novela alude tanto al ambiente en el cual vivió nuestro Libertador antes del Grito de Dolores, como a la cruel e inhumana exhibición de la que fue víctima su cabeza convertida en una calavera descarnada.

Refiere Moya Palencia que: “…de la investigación hecha y del manejo de la vastísima bibliografía sobre el zorruno cura, además de la rica personalidad humana que tuvo Hidalgo como intelectual, como sacerdote, como padre amoroso y responsable de por lo menos cinco hijos habidos con tres mujeres, se desprende su franco papel de continuador de la utopía creadora de don Vasco de Quiroga para dotar a los indígenas y las castas de su región de artes, oficios, industrias y medios de vida para su desarrollo, lo que convirtió el curato de Dolores en una gran fuente de trabajo y un ejemplo para todo el país, que haríamos bien en revivir”.

Gabina Natera, lugarteniente de Hidalgo en la lucha insurgente, fue degradada de rango por Ignacio Allende cuando éste y otros cercanos al cura, lo desconocieron como cabeza del movimiento. Gabina perdió su sombrero de mando y solo conservaba sus botas de campaña.

Entre los cientos de incrédulos asistentes al fusilamiento del cura, se hallaba una mujer harapienta que apenas podía sostenerse en pie. Desde lejos vio por fin a Miguel Hidalgo. Estaba muy delgado, menos moreno por la falta de sol y pelado casi a rape. Gabina captó desde lejos el destello espiritual del hombre que cumple su destino y está seguro de sí mismo. Cuando se dio cuenta que Hidalgo no sufría, Gabina Natera dejó de llorar. Se sentía orgullosa del Generalísimo de América, del padre de su hijo.

Cuando Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla, Gallaga, Mandarte y Villaseñor rodó por el suelo en medio de un gran charco de sangre, Gabina Natera perdió el sentido y se desplomó también.

Eran las siete de la mañana del 30 de julio de 1811.

Fundador de Notimex

Premio Nacional de Periodismo 2018

pacofonn@yahoo.com.mx

Dentro de unos días, el próximo 30 de julio de 2020 recordaremos la gesta independentista que dejó acéfalo al movimiento insurgente. En esta fecha se estarán cumpliendo exactamente 209 años del fusilamiento del Padre de la Patria, el cura Miguel Hidalgo y Costilla. Este prócer mexicano fue la figura más importante del movimiento libertario, generador de circunstancias y convocante permanente a la lucha contra el mal gobierno.

La historia de México es grande y vasta; de esta vastedad han hablado cientos, miles de historiadores, cronistas, actuarios, narradores, pregoneros, trovadores, decidores y escribanos.

Muchas narraciones son iguales y posiblemente respondan a la realidad; otras crean crisis y confusiones en el devenir de los acontecimientos de las cuales se aprovechan los malos mexicanos para externar lo que creen su verdad. Esos malos mexicanos que nos han llevado al pozo de la sumisión por su incapacidad, por su codicia, por su corrupción. Son 35 o 40 años de soportar opresión y agobio.

Pero la verdad yace en el fondo de las conciencias del pueblo mexicano y es la verdad que ilumina tenuemente el sendero de esta Patria mía tan denostada y vituperada durante los últimos 35 años. Se dice fácil, pero son muchos años de socavar las conciencias de los mexicanos. Tanto lo ha sido que México es hoy un pueblo dividido, y más que eso, confundido, sin un horizonte cierto hacia el cual dirigirse. Somos una nave al garete. 35 años de una verdadera corrupción son mucho. Y si a ello le agregamos una malhadada pandemia, estamos acogotados al grado de que no sabemos hacia donde mirar.

Pero vuelvo al tema de Hidalgo. Y me refiero concretamente al magnífico libro que -en memoria del caudillo- escribiera, allá por 1996, el político, diplomático e historiador, hoy desaparecido, Mario Moya Palencia, bajo el título de El Zorro Enjaulado. Dice Moya Palencia que “Hidalgo fue apodado por sus compañeros del Colegio de San Nicolás en Valladolid -hoy Morelia- con el mote de El Zorro, a causa de su inocultable astucia, de su hábil manejo del lenguaje y también porque de sus labios se asomaba el protuberante canino derecho, que incluso aparece en uno de sus retratos al óleo que quedaron para la posteridad”. Este retrato fue titulado por su autor como “El Diente Frío”.

Este cura, este líder, este zorro estuvo enjaulado; pero la jaula a la que se refiere el autor no es la prisión que sufriera en las Norias de Baján en Coahuila en donde fue traicionado por el general Ignacio Elizondo, ni en Chihuahua donde fue degradado, fusilado y en donde le cortaron “su hermosa cabeza blanca” como refiere Justo Sierra.

El Virrey ordenó que les cortaran las cabezas a Hidalgo, a los capitanes Allende, Aldama y Jiménez y que fuesen colocadas ¡durante diez años! en jaulas o escarpias en las cuatro esquinas del edificio que almacenaba el abasto guanajuatense, la Alhóndiga de Granaditas. Así pues, el título de la novela alude tanto al ambiente en el cual vivió nuestro Libertador antes del Grito de Dolores, como a la cruel e inhumana exhibición de la que fue víctima su cabeza convertida en una calavera descarnada.

Refiere Moya Palencia que: “…de la investigación hecha y del manejo de la vastísima bibliografía sobre el zorruno cura, además de la rica personalidad humana que tuvo Hidalgo como intelectual, como sacerdote, como padre amoroso y responsable de por lo menos cinco hijos habidos con tres mujeres, se desprende su franco papel de continuador de la utopía creadora de don Vasco de Quiroga para dotar a los indígenas y las castas de su región de artes, oficios, industrias y medios de vida para su desarrollo, lo que convirtió el curato de Dolores en una gran fuente de trabajo y un ejemplo para todo el país, que haríamos bien en revivir”.

Gabina Natera, lugarteniente de Hidalgo en la lucha insurgente, fue degradada de rango por Ignacio Allende cuando éste y otros cercanos al cura, lo desconocieron como cabeza del movimiento. Gabina perdió su sombrero de mando y solo conservaba sus botas de campaña.

Entre los cientos de incrédulos asistentes al fusilamiento del cura, se hallaba una mujer harapienta que apenas podía sostenerse en pie. Desde lejos vio por fin a Miguel Hidalgo. Estaba muy delgado, menos moreno por la falta de sol y pelado casi a rape. Gabina captó desde lejos el destello espiritual del hombre que cumple su destino y está seguro de sí mismo. Cuando se dio cuenta que Hidalgo no sufría, Gabina Natera dejó de llorar. Se sentía orgullosa del Generalísimo de América, del padre de su hijo.

Cuando Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla, Gallaga, Mandarte y Villaseñor rodó por el suelo en medio de un gran charco de sangre, Gabina Natera perdió el sentido y se desplomó también.

Eran las siete de la mañana del 30 de julio de 1811.

Fundador de Notimex

Premio Nacional de Periodismo 2018

pacofonn@yahoo.com.mx

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